miércoles, 18 de julio de 2018

El día de las ánimas


REMINISCENCIA CRIOLLA

Hace cerca de medio siglo, allá por el año 50, alcanzamos a ver en un pueblo de campaña, las ceremonias que entonces se celebraban en sufragio de las bendi­tas ánimas del purgatorio, y es curioso parangonarlas con las que ahora se usan en ese mismo dia, en conmemora­ción de los fieles difuntos. Por aquella época, en que todavía la higiene no se había inmiscuido en asun­tos de entierros, los cementerios eran parte integrante de las iglesias, y como éstas se ubicaban con frente á las plazas principales, es claro que los cadáveres se depositaban en el centro de las poblaciones, si bien á mayor profundidad, por­que los enterradores cumplían con más conciencia que ahora, la consigna de  los nueve palmos bajo tierra. Cuando los muertos o sus deudos eran personas pudientes, se colocaban sobre las losas  sencillos monumentos de la­drillo, algunos de ellos con verja, pero por lo común de un gusto arquitectónico detestable; y eso sucedía en el cementerio del cuento. 

La iglesia del pueblo era un rancho con paredes de material y un campana­rio formado por cuatro palos clavados en el suelo y unos atravesamos de que col­gaban las campanas, ocupaba, junto con el cementerio, una media manzana con frente a la plaza principal, y a la casa del cura, que era un excelente vasco es­pañol, llamado don Cosme, a quien ser­vía de sacristán un paisano suyo, don Pascual, muy amigo de los muchachos que ayudaban á misa, y muy enemigo de los perros que perseguía con un arreador cuando levantaban la pata para profanar el templo o la mansión de los muertos. Era, pues,como decíamos, el día de las ánimas y próximamente las diez de la mañana. Las campanas de la iglesia tocaban a muerto y la gente de los alrededores y campaña iba cayendo al cementerio en pelotones, con cargueros de aves y cereales, de quesos y manteca, de corderos, lechones y cabritos.

A manera que llegaban, maneaban sus caballos y transportaban la carga a los sepulcros o al pie de las cruces de made­ra que señalaban los lugares donde ya­cían sus deudos, dejando a poco andar convertido en feria dominguera aquel lugar del silencio. De cuando en cuando Don Pascual, que vestía ese día su chaqueta y pantalón de parada, recorría el cementerio saludando con aire protector a los  que con sus dá­divas y las velas de sebo que encendían al pie de las sepulturas, buscaban el alivio de  las ánimas del purgatorio. Los cabritos y los corderos maniatados entonaban sobre las tumbas un coro de balidos, como el canto de las víctimas destinadas al sacrificio; y las aves, como presintiendo también un fin idéntico, de­positaban sobre las lápidas mortuorias, entre aleteos y graznidos, algo que no exhalaba olor a flores. De repente las campanas doblaron con insistencia; se oyeron murmullos de rezos a la puerta del templo y apareció nuestro cura don Cosme, escoltado por el sacristán y dos ó tres monacillos. 

Los responsos comenzaron a menudearse que era un gusto, prolongándose más o menos en cada sepultura, según la importancia de las dádivas en ella co­locadas, y los monacillos, a manera que se iban terminando, recogían a una seña de don Pascual las ofrendas de los devo­tos, que transportaban enseguida a la casa del cura, para volver por las otras. Aquello era sencillamente monstruoso, bajo el punto de vista de la civilización, por más que demostrara la sencillez y buena fe de los pobres paisanos a  quienes im­presionaba de una  manera increíble las pinturas de aquellos cuadros de ánimas que por entonces se exhibían en los tem­plos, representando mujeres y hombres desnudos sumergidos entre mares de lla­mas. Poco a  poco la antorcha  del  progreso ha ido borrando con su luz las sombras del pasado y hoy se celebra de una ma­nera bien distinta la conmemoración de los difuntos.

Verdad que siempre hay personas (que no criticamos ni aplaudimos porque es cuestión de creencias y nosotros pen­samos que cada cual puede tenerlas como mejor le  parezca) pero ya no hay cuadrúpedos que balen sobre las tumbas, ni aves que las ensucien. Ahora en vez de todo eso, que llevaba el paisano, con la conciencia de aliviar á sus deudos los tormentos del purgatorio, hay profusión de cruces y coronas de flores, más o menos lujosas, que la vanidad, incitada por el comercio, arroja sobre las tumbas, con mucho menos fer­vor que aquellos gauchos de antaño depositaban  sus quesos y sus aves. Si las sensaciones de la vida se sintieran a través del sepulcro, y yo estuviera durmiendo  el sueño eterno, preferiría el sentimiento de piedad de los primeros a la pompa mundana de los últimos. En el fondo, aquello era pura ignorancia, perfumada con las aromas del amor y el recuerdo. Lo de ahora es vanidad sin perfume. La reforma es evidentemente meritoria pero desacertada la elección de los  me­dios.

Si las preces del hombre pueden llegar al eterno en favor de los muertos, deben volar hasta él como nubes de aroma des­prendidas del incensario del alma, y no como ecos perdidos de instrumentos metálicos que suenan en los altares de los cultos externos. El paisano de hace medio siglo profa­naba las tumbas sin saberlo, inducido por el engaño de los que debían ense­ñarlo. Y lo respecto a otras cuestiones sociales, porque la luz  de  la civilización  alumbra  pocas  veces los  fo­gones de los  párias de  nuestra campaña.La  masa del  paisano  se  amolda  fácil­mente á  las  costumbres  que  tienen  por base la moral y el cariño; lo que falta son obreros espertes y concienzudos que pre­paren los moldes. Cuando  eso  suceda,  ya  no  habrá  cementerios al aire libre guarnecidos por co­rrales de piedra en las cumbres de  nues­tros  campos,  ni  cruces diseminadas  que señalen  las tumbas de las víctimas  de  la guerra  civil ó las venganzas.

El Viejo Calisto

Del semanario criollo "El Fogón", N° 9. Montevideo. Año I, 3 de noviembre de1895.

NOTA: El "Viejo Calisto" es el seudónimo que utilizaba el escritor y poeta gauchesco uruguayo Alcides de María (1839-1908), redactor responsable del semanario El Fogón, publicado en Montevideo entre 1895 y 1913.                                       

miércoles, 11 de julio de 2018

La tragedia de Cabeza de Tigre: el fusilamiento de Liniers


En 1810, la Revolución de Mayo había abatido al último virrey del Río de la Plata. En su lugar, la Primera Junta, presidida por Cornelio Saavedra, discurría los medios para lograr la independencia y establecere un régimen político basado en la soberanía popular. Expediciones salían de prisa, hacia las provincias interiores, para afianzar los principios de la revolución y desbaratar los planes contrarrevolucionarios de los realistas. En Córdoba, en secretos conciliábulos, el gobernador Gutiérrez de la Concha y otros personajes fraguaban un plan de resistencia para desbaratar la revolución. Estaba con ellos el ex virrey Santiago de Liniers, que tendría a su cargo las operaciones.

Conociendo estas maquinaciones, la Primera Junta apresuró la partida de un contingente expedicionario al mando del coronel Francisco Ortíz del Campo, con esta terrible orden: que los cabecillas de la confabulación de Córdoba fueran fusilados "en el momento en que todos o cada uno de ellos fueran pillados, sean cuales fueren las circunstancias, sin dar lugar a minutos que proporcionasen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden...". Los jefes realistas fueron, en efecto, capturados; pero en vez de fusilarlos se los remitió a Buenos Aires, para posibilitar una conmutación de la pena, cediendo a las súplicas de Córdoba.

Se cuenta que, al saberlo, el doctor Mariano Moreno -inspirador de aquella extrema medida- envió al doctor Castelli con orden de fusilar a los prisioneros donde los encontrase. "Espero que no incurrirá en la misma debilidad de nuestro general -le dijo-; pero si aún así la determinación tomada no se cumple, irá el vocal Larrea; y por último iré yo mismo si fuere necesario". La severa medida se cumplió el 26 de agosto de 1810 entre las postas de Lobatón y Cabeza de Tigre, a cuyo efecto los prisioneros fueron internados en el bosquecillo de los Papagayos. Antes de la descarga, Liniers se quitó la venda de los ojos y se arrodilló. Después de la ejecución, los cuerpos fueron llevados al pueblo de Cruz Alta.

Liniers había cometido la imprudencia de querer retener el torrente de la revolución, y éste lo arrastró. Su sacrificio puso en evidencia su lealtad a España; esa lealtad de la que tanto había dudado. Sus despojos fueron exhumados en 1861 con el objeto de llevarlos a la capital, donde se erigiría un monumento alusivo. Pero fueron cedidos a España, a pedido de la reina Isabel; y desde entonces descansan en el panteón de los marinos ilustres, cerca de Cádiz.

De la "Enciclopedia Estudiantil" N° 163, Editorial Codex, Buenos Aires, 8 de agosto de 1863.

sábado, 16 de junio de 2018

La mortalidad y sus causas


Nos cabe hoy el deber de llenar una triste misión: la de descubrir las llagas que sufre nuestro cuerpo. Esas llagas nos desacreditan y nos deshonran; pero si no se descubren nos matarán. Descubrámolas pues á los ojos de todos, porque el horror y la vergüenza del espectáculo hagan comprender la  necesidad y urgencia  del remedio. Ha llegado un momento en que no puede  haber otra cuestión del día que la salubridad de Buenos Aires. El mejor gobierno, las mejores cámaras,  los mejores partidos serán los que los realicen. Los gobernantes, las asambleas, los políticos que nos  hablen de ferrocarriles, de  exposiciones, de educación no sirven para nada, si no son capaces de curar el cáncer que nos devora. La salubrificacion de Buenos Aires debe ser el pensamiento de sus mandatarios, el programa de sus partidos, el tema de los proyectos de sus cámaras, la condición impuesta a los electos, la labor constante de las municipalidades y la preocupación primera de  todos y cada uno de sus habitantes. Estamos rodeados por una  conspiración invisible, que estrecha  su sitio todos los días  y que combatiendo los elementos de salud y de vida que prevalecían en estas regiones, amenazan  extinguirlos y fundar  en ellas un vade  envenenado  de  Java  habitado por la muerte y donde la presa que huye y el tigre que se arroja sobre ella sucumben al mismo tiempo tocados por el aliento de la tierra. Démonos cuenta ahora de nuestra situación. 

En Francia muere un habitante al año sobre 45. En Inglaterra uno sobre. 46. En Prusia uno sobre 38. En Austria, considerado el país mas insalubre de Europa, mueren como en Roma y Constantinopla uno sobre 33. Entendemos que la mortalidad de Prusia y Austria, es hoy menor que la designada. Y nótese que estos cálculos comprenden las muertes causadas por las epidemias. ¿Cuáles entretanto el  término medio de mortalidad entre nosotros? No nos atrevemos a revelar la cifra espantosa que  resultarla si, sumando todas las defunciones de los últimos cuatro años, comprendidas las epidemias, buscásemos un término medio de mortalidad. Debemos pues, reducirnos a calcular como si  tales epidemias no hubieran ocurrido y entonces, siendo la  mortalidad de los tiempos normales de 19 a 26 tomando el término medio de 22, resultan 8.030 defunciones en el año. La relación de esta suma con el número de  doscientos  mil habitantes, da una proporción de uno a 24. Quiere decir que en Buenos Aires, muere un habitante por cada 24, o sea así una mitad mas que en Constantinopla y en Roma y el doble que en Francia y en Inglaterra. 

Excusamos hacer comentarios sobre este resultado terrible de las cifras que tan fúnebre desmentido dan al  nombre, en otro tiempo cierto, de nuestra ciudad. Comparemos lo que hoy sucede con lo que  tenia lugar algún tiempo atrás. Hace como once o doce años que la prensa de Buenos Aires estableció constancia de un hecho que nadie pudo mirar con indiferencia. Los encargados de las secciones noticiosas habían ido a los cementerios en busca de las defunciones del día. No pudieron obtener esos datos, porque no existían  ¡Aquel día no había muerto  nadie en la populosa  ciudad de Buenos Aires! El término medio de la mortalidad sería entonces de seis a ocho defunciones diarias. Cinco o seis años mas tarde,  recordamos que fue el señor Cantifo quien  hizo notar en El Siglo un día en que solo tuvieron lugar dos o tres defunciones en Buenos Aires. Durante el tiempo que precedió y el siguiente, las defunciones eran de ocho o diez. Desearíamos que se nos rectificase si es equivocado nuestro  recuerdo.

¿Qué es entonces lo que hoy está matando un hombre sobre 24, sin tomar en cuenta los  que mueren  de epidemia y limitándonos a la cifra de la mortalidad ordinaria? No hay que vacilar en decirlo: lo que nos mata es la inmundicia, es el desaseo. La violación de las leyes del aseo tiene pena de muerte en el código de la higiene pública. Estamos pagando la pena de esa violación. Y es singular el contraste original y doloroso que tiene lugar en Buenos Aires. Donde está la acción individual está el aseo en todo su escrupuloso esmero; mientras que, donde está la acción pública ó del Estado, está  la mas repugnante manifestación de la  barbarie. No se crea que queremos culpar a nadie con estas palabras ni menos a las autoridades actuales que han manifestado un verdadero interés  en la  cuestión  que nos ocupa. Es que una necesidad fatal lo ha querido así. Nuestros gobiernos bárbaros  no han hecho sino  robar y matar. Nuestros gobiernos liberales apenas han  tenido tiempo de llevar a cabo la  regeneración política argentina. Las guerras continuas han hecho  que solo  conozcamos  al  Gobierno bajo su faz militar y política. Su faz municipal no ha sido propiamente conocida. 

Llévese a un extranjero con los ojos vendados, no digamos a los lujosos salones de nuestro mundo elegante pero aun a la ignorada de una familia modesta. Todo lo encontrará allí  brillante de aseo y  de buen gusto. Los muebles, como las personas, las ropas como los adornos, los patios, como los jardines, lodo mostrará el orden, el cuidado, la limpieza y la salud. Desde el brillante  llamador de  bronce hasta la flor que la belleza juvenil cultiva con sus propias manos, todo podrá mirarse y escudriñarse sin rubor del dueño. Pero salgamos a la calle, en donde empieza la acción de la autoridad. Si llueve las calles están llenas de fango para tres o cuatro días. Si sale el sol, la evaporación de aquella humedad nauseabunda se aspira con temor y repugnancia. Al lado de los pisos de mármol, cerca de las ventanas por donde se escapan las armonías del piano, hay una cosa asquerosa, que o se sabe lo que es, pero que fermenta con el calor y vuelve pestilente la atmósfera. Son los cajones de la basura, que forman en primera línea delante de las puertas de la calle, con asombro y asco de propios y extraños.

La autoridad no ha hecho ni siquiera un grande albañal para que salgan esas basuras y ellas están  esperando que vengan a buscarlas entre 10 de la mañana y dos de la tarde los basureros que las pasean por toda la ciudad. Teníamos un río interior, con buena agua, que podía ser un  gran puerto de cabotaje. Pero los saladeristas lo necesitaban. También una vez por haber saladeros afuera se robaron muchos cueros,  en tiempo del sitio. Así, el Riachuelo se regaló a los saladeristas para que lo  envenenasen. Envenenado el Riachuelo, sus aguas se ensayan en matar  los pescados del Rio de la Plata mientras sus miasmas, incorporados a la atmósfera propagan la fiebre amarilla. Teníamos una corriente subterránea que daba muy regular agua. También la hemos envenenado. La elaboración de lo inmundo, durante siglos, ha sido arrojado dentro de la tierra, justamente á la  profundidad  del agua. Durante siglos se han abierto y llenado así las letrinas y resumideros. 

Cuando unos se obstruían, se cavan otros  ya para servirse de ellos directamente, ya para que fuesen  el receptáculo de lo que sobraba a los demás. Teníamos un río magnífico, verdadera bendición de Dios, con aguas de virtudes medicinales, y lo hemos contaminado frente a la ciudad con ]a corriente envenenada del Riachuelo que la derrama en él precisamente en el sentido que más le daña. Si una mano poderosa levantase el piso de nuestras casas, sus habitantes caerían muertos como por el rayo. La corriente subterránea está envenenada también, porque ha absorbido la infiltración de las letrinas y resumideros. El aljibe es él único depósito que se defiende por el estuco que lo cubre y sobre todo, por su  poca profundidad. Antiguamente, el cavar pozos era una industria sin peligro. Hoy el pocero va a su trabajo  como pudiera ir al campo de batalla. Va a desafiar a la muerte, que más de una vez le ha sorprendido en su tarea. Otra ciudad subterránea y asquerosa vive y muere a nuestros  pies. Minada de enormes ratones, que cruzan la ciudad en todos sentidos, entran y salen por los albañales, reducidos a una casi domesticidad. Su número ha acobardado a los perezosos gatos,  que ya no los ofenden, y así crecen, se multiplican con  profusión  horrible y  mueren  aumentando con sus restos infectos el capital de lo inmundo. Nuestras calles eran antes pantanos. ¿Con que ha sido levantado su nivel? ¡Con basuras!

Con basuras se han rellenado las barrancas del paseo de Julio, con basuras se han rellenado todos los puntos bajos del oeste y del sud, basuras hay hasta debajo del adoquinado de la calle de Rivadavia. Nuestros empedrados son la losa de un sepulcro. Debajo de ella está la corrupción, y la muerte se escapa de sus grietas, para visitar la ciudad con su aliento letal, cada vez que la humedad afloja la tierra y cada vez que entreabren su seno los ardores del sol. Nuestras infiltraciones de agua están envenenadas; nuestro bajo suelo son las basuras y las letrinas, nuestra atmósfera es una infiltración invisible de todas esas corrupciones. Nuestros cementerios están de a pares, en los  barrios poblados. El cementerio del Norte es el paso preciso de los que salen a pasear fuera de la ciudad y está entre las casas y quintas de su costado derecho. Los vivos y los muertos cohabitan allí en una promiscuidad aterrante y tomando filosóficamente el hecho, han hecho del cementerio un paseo puesto que enfrente se había colocado la estación de un tramways!

Y como si este no bastara, el cementerio tiene sus prácticas especiales. Los cadáveres, puestos dentro de un cajón de plomo y otro de madera, se colocan generalmente en nichos practicados al aire, en el interior del mausoleo, que solo está cerrado por una reja de fierro. Cuando viene la fermentación pútrida, los gases que despide al cadáver, no encontrando salida, suelen hacer explosión, abriendo las junturas del plomo. Entonces quedan en libre comunicación con el aire. Al  lado de la iglesia del Socorro, hay otro cementerio. Es preciso poner el  fuego en todas partes!Como si los  cadáveres  humanos no  bastasen,  tenemos encima los restos de los primales  que  se matan  para el consumo. La sangre y las entrañas de todo lo que se come en  Buenos Aires, se pudre sobre la tierra. Si los muertos no nos inspiran horror y los tenemos tan cerca, menos zozobra deben  causarnos los enfermos. El hospital de hombres está en el centro de la parroquia de San Telmo,  agregándose este combustible  mas en un punto siempre perseguido por los flagelos. El hospital  de mujeres todos saben que está en el corazón de la ciudad, en la  calle de la Esmeralda, entre Piedad y Cangallo.

A esta multitud de focos miasmáticos se une hoy por desgracia la aglomeración en locales estrechos de centenares de personas, principalmente inmigrantes, que viven en el mas repugnaste desaseo. Un solo hecho vamos a citar para que se toque la influencia de la inmundicia sobre el desarrollo  de las pestes. Es sabido que la fiebre amarilla, estableciendo su cuartel general en la parroquia de San Telmo, ha dado verdadero asalto a otros puntos de la ciudad. Todos ellos han tenido lugar uniformemente. La fiebre ha buscado el punto  de la mayor aglomeración y desaseo y lo ha atacado sin piedad. Inmediatamente que se han  hecho cesar las causas de la propagación, la peste ha  desaparecido encerrándose  de nuevo en su guardia primera. Sabido es que un nuevo foco de peste se había  anunciado en la calle de Paraguay, entre Artes y Cerrito. Averiguando el hecho, resultó que el local atacado, teniendo apenas capacidad para cincuenta personas, alojaba trescientos veinte. Pero había algo peor, si es que algo peor puede darse. Con un objeto ¡que no es fácil adivinar, el locador  o dueño  de  una no consentía en que se sacasen las basuras  que se, hacían  diariamente en ella, que no  serian pocas ni de buena  calidad. Íbalas amontonando en el fondo de la casa donde hacia diez meses, se estacionaban, por manera que, cuando se sacaron, fue necesario ocupar diez grandes carros de los que hacen el servicio municipal.

Allí dio su asalto la fiebre amarilla, atraída sin duda por los inmundos efluvios de aquella atmósfera,  y la primera víctima que hizo fue el mismo dueño o arrendatario de la casa. En seguida fue atacada su mujer y murió. Casi simultáneamente se contagiaron los hijos y también  murieron. Entonces fue que acudió la autoridad. Los habitantes de la casa, aterrados, la desampararon, una parte espontáneamente, otra parte inducidos a ello. Limpia y despejada la casa, desapareció la fiebre  amarilla  de aquel barrio, sin que haya noticia de que volviese a aparecer por ninguna casa de las inmediaciones. Tales son las deplorables condiciones higiénicas en  que nos encontramos, tal es el desaseo, la falta de policía y  los  focos  de  corrupción que nos envuelven y que causan el alarmante incremento de mortalidad que hemos notado y que nos coloca hoy entre las ciudades mas  insalu­bres dei mundo,  habiendo sido la mas sana. Demasiado buenos son nuestros aires cuando no  tenemos la  epidemia permanente.

Sin nuestra rica vegetación, sin nuestra pampa abierta, sin los vientos que purifican la atmósfera, no sería posible vivir, como nosotros entre el Riachuelo, las corrientes subterráneas envenenadas; el  aire  corrompido, los cementerios, hospitales, los mataderos, el fango, las basuras abajo y arriba de la tierra y las acumulaciones humanas en que viven trescientos hombres en el espacio insuficiente  para diez y cuando las emanaciones de cada uno de esos cuerpos era bastante para infestar una casa entera. El Riachuelo no es pues sino una llaga que se descubre en un enfermo cuyo cuerpo está cubierto  de podredumbre interna. Si las fuerzas morales y materiales de la sociedad,  si la  opinión con su  exigencia y la autoridad con sus recursos, no concurren a  salvarlos, estamos perdidos. Por el  contrarío, si nos ponemos á la obra con energía, con perseverancia, con pasión absorbente y exclusiva,  no levantando la frente hasta terminarla, habremos salvado la crisis en uno ó dos años,  y Buenos Aires, digno de su nombre antiguo, salvando el bienestar y la vida de sus ciudadanos, podrá ser como antes, para sus  huéspedes,  el suelo de la libertad, de la salud y de la fortuna. Hoy hasta los huéspedes que venian á  buscar un  hogar en  nuestro clima salubre y hospitalario, nos vuelven la espalda:— «El ltalo Platense» ha llevado mas de 400 inmigrantes de regreso, que huyen de estas  playas habitadas por la muerte. El  mejor Ministro de Hacienda, ha dicho un economista, es el que pueda presentar una cifra mayor de inmigración. El mejor gobernante, diremos ahora, será el que  cortando la corriente de la inmigración que no vuelve, haga bajar las tablas de la mortalidad  de Buenos Aires, atacando vigorosamente las causas manifestadas que la producción. 

De "La Bandera Radical", revista semanal de intereses generales. N° 7, Montevideo, 12 de marzo de 1871.

miércoles, 13 de junio de 2018

Gómez Carrillo: su muerte en París


En París, la ciudad de las quimeras y de las miserias, la ciudad que la fantasía orla y agiganta porqué es tierra espiritual y frívola donde florecen y se agotan esperanzas, se abrió una tumba más donde fue depositado el cuerpo de Gómez Carrillo vencido por la ley inmutable que pesa sobre la existencia. "El incomparabla croniqueur de amena prosa, de sutil observador, que entre burbujas de champán" nos brindaba su lirismo y la inquietud de su alma sedienta que buscaba continuamente nuevos paisajes para embriagarse de vida, nos lega su labor, casi toda ella en interminables crónicas, que perdurarán por mucho tiempo, pues Gómez Carrillo derrochaba en sus escritos la perenne juventud de su corazón bohemio. Con Gómez Carrillo ha desaparecido una figura simpática y representativa del intelectualismo errabundo y lírico que fue toda su vida.

De: TABARÉ Magazine uruguayo Nº 2. Montevideo, noviembre de 1927.

NOTA: Enrique Gómez Carrillo (1875-1927) fue un crítico, comentarista y novelista guatemalteco vinculado al movimiento modernista. De la experiencia de sus viajes dejó crónicas impresionistas entre las que figuran: "La Rusia actual", "El Japón heroico y galante", "La sonrisa de la esfinge", "La Grecia eterna". Su novela "El evangelio del amor" se desarrolla en Bizancio, durante el siglo XIII.                                             

miércoles, 30 de mayo de 2018

Muerte y religiosidad en el Montevideo colonial


En el libro Muerte y religiosidad en el Montevideo Colonial. Una historia de temores y esperanzas, el equipo de investigación formado por Andrea Bentancor, Arturo Bentancur y Wilson González ha realizado un profundo trabajo investigativo que indaga las costumbres, las creencias y los temores más arraigados con respecto al tema de la muerte en los montevideanos durante el último cuarto de siglo de la dominación hispánica en el Río de la Plata. Se trata de un período de tiempo acotado que va de 1790 a 1814 elegido ex profeso para poder enmarcar el trabajo en un determinado período con características propias, bien definidas y singulares que serían mucho más amplias y difusas si se hubiesen elegido períodos  de tiempo más largos. De hecho, el proyecto original abarcaba el período que va de 1790 a 1860 pero debió acotarse debido a lo dicho y a las limitaciones materiales, económicas y de tiempo para realizar una investigación tan exhautiva. El trabajo fue publicado en 2008 y forma parte de de un proyecto institucional llevado adelante por el Departamento de Historia Americana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República. 

Para su realización, los autores han realizado una extensa y compleja revisión de fuentes documentales primarias consultando miles de archivos notariales y eclesiásticos. Entre los primeros se destaca un relevamiento en profundidad de 1.017 testamentos registrados en la Escribanía Pública de Montevideo durante el período que va de 1790 a 1814. En cuanto a los eclesiásticos, se ha indagado en 3.221 actas de defunción existentes en los archivos de la Iglesia Matriz. La información allí recabada tras largas jornadas es valiosísima para conocer la edad, las causas de fallecimiento, la situación socioeconómica, derechos pagados a la Curia por los difuntos y para conocer aspectos de la mentalidad de la época. También se han investigado archivos de la Capilla Maciel y del Regimiento de Infantería de Buenos Aires destacado brevemente en Montevideo y se han revisado otras fuentes documentales entre las que destaca el Archivo del Hospital de Caridad así como registros de defunciones en poder de la Dirección de Necrópolis de la Intendencia Municipal de Montevideo. También han sido consultadas obras éditas de autores eclesiásticos, cronistas, juristas y autoridades de la época que contribuyen a enriquecer el trabajo.

La obra está estructurada en dos partes: la primera está dedicada al cuerpo y la segunda al alma. A su vez, cada parte está dividida en dos capítulos. En la primera parte del libro se aborda al individuo vivo, en  pleno uso de sus facultades y luego in articulo mortis, ya en proceso de agonía. El primero de los capítulos se titula "Las formas de morir" y analiza la muerte como hecho social en sus dimensiones individual y colectiva en una sociedad habituada a convivir cotidianamente con la muerte violenta que acechaba constantemente en forma de guerras, epidemias, mortandad infantil, maternal... En esa sociedad, las personas vivían constantemente angustiadas, quizás no tanto por temor a la muerte en sí, sino más bien por el terror que causaba la eventualidad de una "mala muerte", es decir la muerte repentina, inesperada, sin preparación ni testamento, sin expiación de los pecados mortales y sin recibir los santos sacramentos previstos por la Iglesia, con el consiguiente peligro de condenación eterna del alma. 

Los primeros signos de una enfermedad incipiente, o incluso de la senectud, ya eran motivo suficiente para iniciar los preparativos para la deseada "buena muerte", preparada, con una larga agonía acompañada de parientes y amigos y asistida por un sacerdote que recibía la última confesión y administraba el Santo Viático, o sea el pasaporte hacia la salvación del alma.  Como dato anecdótico impresionante se citan casos de personas que aun en vida ya vestían su mortaja y eran tenidas como ejemplo supremo de cristianos que luchaban por ingresar puros a la eternidad. Pero también era necesario dejar arreglados los asuntos de este mundo terrenal y en consecuencia, otro aspecto de una "buena muerte" era dejar solucionada de manera solemne la cuestión de la sucesión. Por lo tanto, además del sacerdote, era necesaria la presencia del escribano público y testigos que dejaran registrada legalmente la última voluntad del agonizante. Es decir que la "buena muerte" debía ser exhibida y legitimada públicamente como testimonio de haber sido un buen cristiano y como un elemento más en el camino de la salvación.

En el segundo capítulo de la primera parte se trata la cuestión del tránsito del cadáver desde el lecho de muerte hasta su destino final en la tumba lo que también formaba parte de la buena muerte e implicaba una serie de rituales que eran similares en todo el mundo hispanoamericano y debían observarse estrictamente como símbolo de respeto y luto por parte de los familiares y amigos del difunto. El "antes" y el "después" del enterramiento eran tan importantes como este último. Ningún detalle era descuidado, nada se dejaba al azar, desde las mortajas de diferente calidad y precio hasta distintas versiones de funeral, pendones, cirios, carruajes y ataúdes acordes con las posibilidades económicas del fallecido. 

Todos estos detalles estaban previstos en el testamento ológrafo sin olvidar las debidas donaciones a órdenes religiosas, al Hospital de Caridad y a los pobres y sin descuidar dejar pagas misas para rogar por alma del difunto y por las ánimas del Purgatorio, necesitas de los auxilios de los vivos para entrar en la gloria eterna. Tampoco eran raras, entre quienes pudieran costearlas, las misas "de cuerpo presente", comunes en una época en que aun era desconocida la asepsia. Dichas misas fueron prohibidas más adelante por las autoridades cuando se tuvo conciencia del riesgo que representaban para la salud pública.  

Un apartado especial reciben los funerales de "angelitos", es decir de los niños pequeños que morían libres de pecado y a quienes se les vestía como tales, de blanco, con apliques de alas y adornos alusivos, dado que debido a su inocencia se creía que ingresaban directamente en el Paraíso, sin pasar por el Purgatorio. Era una ocasión de celebración de la que participaba todo el vecindario y el cadáver del niño pernoctaba de casa en casa, durante días, dado que se le consideraba bendito, como un "mediador" que rogaba por las almas de los pecadores en el más allá. Se trata de una antigua costumbre muy arraigada que ha perdurado varios países hispanoamericanos hasta principios del siglo XX. 

También son abordadas las ceremonias especiales para lo entierros entre los afrodescendientes en el contexto de esa sociedad esclavista. Al parecer, tales ceremonias, de la que apenas subsisten escasos testimonios documentales escritos, se caracterizaban por el sincretismo entre el culto cristiano católico y los antiguos rituales paganos africanos, lo que ocurría no sin preocupación por parte del Clero. Dado que el Derecho Canónico prohibía expresamente los enterramientos en tierra sagrada, es decir en los camposantos a cargo de la Iglesia, a personas sin bautizar se hicieron bautismos masivos a los esclavos recién llegados a Montevideo en el lugar conocido como "Caserío de Negros", localizado a orillas de la desembocadura del arroyo Miguelete, que era el lugar donde eran alojados temporalmente en cuarentena.

En cuanto a la segunda parte de la obra, dedicada al alma, los autores exploran el tránsito hacia el más allá, la angustia por el destino final y la "batalla" por la salvación. En el Capítulo III, titulado "Muerte, religiosidad y actos piadosos" los abordan el dilema entre la "religiosidad vivida" y la "religiosidad canónica". Se plantea  la cuestión de la fe a nivel popular, propia de los sectores subalternos de la sociedad con rituales que le son propios y por otro lado la fe institucionalizada, de acuerdo con los preceptos de la Iglesia Católica que imponía toda una serie de rituales rigurosamente establecidos por el Derecho Canónico y no siempre en plena sintonía con las manifestaciones arraigadas en los sectores populares. 

El último capítulo está dedicado a la lucha por la redención a nivel de las elites lo que no pocas veces se traducía en una verdadera "compra" de indulgencias en forma de donaciones a órdenes religiosas, a asociaciones de beneficiencia y a obras piadosas tales como misas en sufragio de las ánimas del Purgatorio que eran un verdadero pasaporte para la salvación del alma del oferente. Lo cierto es que la Iglesia se veía muy beneficiada económicamente por estas donaciones. El capítulo finaliza con un apéndice que incluye un esquema general con un relevamiento de 42 fundaciones piadosas existentes en Montevideo en el período de 1790 a 1814 que incluye el año, el tipo de fundación, sus fundadores, su capital inicial, las obligaciones que generaba a sus miembros, el santo patrono designado y los eventuales beneficiarios nombrados. Toda esta información tiene por fin servir de apoyo y complemento a futuras investigaciones.

A nuestro entender el gran mérito de la obra radica en que aborda en profundidad de un tema hasta el momento inexplorado de nuestra historia como lo es la muerte como hecho social en un determinado contexto histórico. Cabe destacar su carácter no solamente historiográfico, sino también antropológico y psicológico, en el marco de la historia de las mentalidades. Se ha realizado una labor formidable de relevamiento de miles de documentos existentes en los archivos notariales y eclesiásticos así como en la profusión de fuentes éditas que contribuyen a arrojar luz sobre asuntos hasta el momento invisibles. No obstante, los autores nos advierten del carácter sesgado yelitista de esa vasta documentación que virtualmente deja de lado todo lo vinculado a los sectores subalternos. Avanzar en este último sentido será la tarea de nuevas investigaciones.

Es necesario señalar que la extensa bibliografía consultada contribuye al marco teórico y abarca desde cronistas y memorialistas del medio local como Isidoro de María hasta historiadores de la "sensibilidad" como José Pedro Barrán, verdadero pionero en nuestro medio en el campo de la historia de las mentalidades. También son citados filósofos y representantes de la "nueva historia" como Pierre Chaunu, Norbert Elias, Philippe Ariès y Michel Foucault, junto a otros  historiadores de las ideas que han continuado con el legado de la Escuela de los Annales, iniciadora en el siglo XX de una corriente fecunda de investigación de temas que la historiografía tradicional no consideraba, como lo son las "pequeñas historias" de la vida cotidiana, la alimentación, la familia, la locura y, por supuesto, la muerte...

En cuanto a la redacción, hay que señalar que es muy amena, sobre todo para el lector no familiarizado con el lenguaje académico y lo mismo cabe decir de la manera como está estructurada la obra que la hace fácilmente comprensible a todo tipo de lectores. Lo cierto es que se trata de un trabajo fundancional en muchos sentidos en nuestro medio y que deja abierto el camino a futuros investigadores sobre este campo tan fascinante de nuestra historia que recién comienza a rescatarse del olvido gracias al esfuerzo emprendedor del equipo formado por Andrea Bentancor, Arturo Bentancur y Wilson González. 

Datos bibliográficos: BENTANCOR, Andrea y BENTANCUR, Arturo, GONZÁLEZ, Wilson: Muerte y religiosidad en el Montevideo Colonial. Una historia de temores y esperanzas. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo, 2008. 332 págs.

martes, 29 de mayo de 2018

El misterioso origen del paraje de las Brujas



El Arroyo de las Brujas, en el departamento de Canelones: Afluye al río Santa Lucía, curso inferior, margen izquierda, teniendo a su vez por tributario el Brujas Chico, o simplemente Brujas, sobre cuyo arroyo existe un buen puente de material que facilita el tránsito del camino del paso de Balastiquí a Montevideo, pasando por el puente de Brujas Grande y el del arroyo Colorado, todos muy importantes y muy bien construídos, particularmente el del Colorado. Nace en la cuchilla que divide las aguas que van al Santa Lucía. Según el viejo cronista uruguayo señor De María, "en el siglo pasado vivían unas chinas viejas en un ranchito sobre la costa del arroyo que se conoce con este nombre, de quienes decía la gente del lugar, que tenían parte con el diablo y que hacían brujerías, por cuyo motivo se las miraba con recelo, y no se las conocía sino por las Brujas, quedándole ese nombre al arroyo en la vulgaridad y, por consecuencia, al paraje". El arroyo daba nombre al pago de las Brujas, el cual en el año 1778 recibía ya tal denominación y contaba con 635 habitantes y unas 160 casas o ranchos.

Del "Diccionario Geográfico del Uruguay" por Orestes Araújo. Tipo-Litografía Moderna. Montevideo, 1912.

domingo, 25 de marzo de 2018

Entre la vida y la muerte...


El profesor José de Compte en su Correlato de la fuerza vital con las fuerzas físicas y químicas, se pregunta cuál será la nota diferencial entre el organismo vivo y el muerto, , constándose: "¡Ninguna! Todas las fuerzas químicas y físicas, sacadas del depósito común de la Naturaleza y encerradas en el organismo viviente, parecen existir todavía en el muerto, aunque ellas van desapareciendo a medida que avanza la descomposición. Y, sin embargo, ¿cuál será la índole de esta diferencia, expresada en fórmulas de la ciencia positiva? ¿Qué es aquello que se ha ido y dónde es dónde se ha ido ello? Hay algo aquí, en efecto, que la ciencia no ha podido todavía comprender, y la pérdida de este algo es precisamente lo que acaece en el momento de la muerte y lo que constituye en su más elevado sentido la fuerza vital."

De "Narraciones ocultistas y cuentos macabros" por Madame H. P. Blavatsky. Macagno y Landa editores, Buenos Aires, 1956.