viernes, 13 de enero de 2017

Diagnóstico de la muerte


Nada tan fácil como pretender hacer una definición de la muerte, a menos que, como nuestro Código Penal, digamos que "son los fenómenos aparecidos por la cesación de la vida", con lo cual no se satisface al lego ni al profano, dejando un inmenso campo a la discusión y al análisis, campos que hoy en día se ve muy transitado debido a que la revolución tecnológica de nuestra era ha hecho aparecer mecanismos que prolongan la vida. Dos circunstancias: la indicación de la supresión de los mecanismos de reanimación, y la posibilidad de transplantes de órganos desde dadores fallecidos, obligan a la ciencia médica a extremar esfuerzos a fin de lograr una definición concreta con la cual evitar o resolver posibles implicancias medicolegales.

Lamentablemente, la superación incesante de la tecnología, antes mencionada, hace que, todavía no aceptados algunos criterios provisorios, sean superados por otros más modernos y seguramente más arriesgados. Millones de células mueren a diario, y es justamente la labor vital el sustituirlas. Órganos enteros pueden sucumbir por diferentes noxas, sin grave compromiso para el individuo. Pero, y como se sabe desde Bichat en 1800, la alteración de la interrelación corazón-pulmón-sistema nervioso central, así como la muerte individual de alguno de ellos, lleva a la terminación del individuo.

Sostienen innumerables neurólogos de renombre internacional, que siendo la célula nerviosa, la que por un lado comanda el funcionamiento de los demás órganos y parénquimas, así como siendo la que menos tiempo soporta la caída del tenor de oxígeno en la sangre arterial, es la muerte de la misma la que señala la hora o el momento de la cesación de la vida. El diagnóstico de muerte implica el reconocimiento de signos negativos de vida, denominados abióticos, y de signos positivos de muerte o fenómenos cadavéricos.

De "Medicina Legal" de Héctor Puppo Touriz, Guillermo Mesa Figueras y otros. Librería Médica Editorial. Montevideo, 1979.

lunes, 9 de enero de 2017

Post Mortem XC


La imagen muestra la tristeza infinita del niño que despedide a su hermano pequeño, su compañero de juegos y alegrías, que se ha ido para siempre...

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Necrológicas II: Muerte de un veterano (1905)

De "El Uruguay", semanario de política, arte, letras e informaciones. N° 7. Buenos Aires, 16 de abril de 1905.

NOTA: La presente nota necrológica hace referencia al reciente fallecimiento de un veterano de filiación blanca (Partido Nacional)participante en la Revolución de 1904, bajo el mando del Gral.  Aparicio Saravia. Cabe señalar que el periódico "El Uruguay" era dirigido por el escritor Javier de Viana (1868-1926), que también había participado en dicho levantamiento y se encontraba exiliado en Buenos Aires realizando una profusa tarea periodística y literaria. Allí permaneció hasta 1918 en que pudo regresar al Uruguay.

sábado, 24 de diciembre de 2016

El fuego es un tirano peligroso


Si no mantenemos al fuego en su lugar de sirviente y subordinado, se convierte pronto en terrible tirano. ¿Qué hace entonces? Quema todo lo que toca, excepto los metales; a éstos los funde en vez de quemarlos. ¿Han visto los niños alguna casa de la que se haya apoderado el fuego? Es un espectáculo pavoroso, sobre todo si hay personas adentro. Cuando el fuego es dueño de la situación, es casi imposible salvarlas. Si el fuego se apodera de las cosas, muchas veces es debido a una falta de cuidado o a una imprudencia. Con el fuego nadie puede jugar, y mucho menos los niños, pues, aunque al arder en una vela o un fósforo parezca humilde y servicial, se convierte en una fiera devoradora en cuanto nos descuidamos. 

Muchos niños han perdido la vida por haber jugado con él. ¿Qué harías en el caso de que se prendiera fuego a tus ropas? Seguramente correrías en busca de tu madre o de tu padre, dando gritos. Esto, no obstante, es lo peor que te podría ocurrir, porque al correr harías que tus vestidos se inflamasen más de prisa. (Explíquese que el viento contribuye a que los objetos se inflamen).  En tales casos lo mejor es revolcarse por el suelo o sobre una alfombra, si hay alguna en el lugar, y envolverse con mantas o colchones.

De "Lecciones de cosas", (Libro segundo) por C. B. Nualart. I. G. Seix & Barral Herms. S. A., editores. Barcelona, 1926.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Necrológicas I: Luisito Magariños (1865)


La necrológica invita al sepelio del niño Luisito Magariños fallecido en Montevideo entre el 3 y el 4 de agosto de 1865. Por desgracia no sabemos su edad, aunque es de suponerse que era pequeño. Tampoco sabemos la causa de su temprano deceso aunque es cierto que por entonces era muy alta la mortalidad infantil. De hecho en esos momentos el puerto de Montevideo recibía continuamente barcos con mercaderías en tránsito y soldados con destino a la guerra del Paraguay y con ellos venían ratas, pulgas y toda clase de enfermedades infecciosas como el cólera, el tifus o la fiebre amarilla. Quizás los restos de Luisito aún descansan en algún nicho olvidado del Cementerio Central...

De "El Siglo" de Montevideo, (2a Epoca n.286, 04 ago. 1865)

NOTA: Con esta nota se inaugura una nueva sección de notas necrológicas que se sumará a las habituales de la fotografía post mortem, las autopsias y las obras de arte. Con mucho gusto acepto los aportes que me hagan llegar los amables lectores de Galería Nocturna para enriquecer estas secciones.     

viernes, 16 de diciembre de 2016

Ante el cadáver de Samuel Blixen

 SAMUEL BLIXEN
(1867-1909)

Hay seres indomables cuya pujanza es mucha porque nacieron fuertes, para la vida armados ; su fe es cota de malla y vencen en la lucha por la intuición que tienen de ser predestinados. Para ellos es el mundo palenque de combate, su viaje es una mezcla de Ilíadas y Odiseas ; y nunca se acobardan, y nada los abate, ya hieran las espadas o choquen las ideas. Y hay otros que llevando el faro del talento enhiesto en el cerebro, para alumbrar abismos, y músculos potentes como el discernimiento, esquivan las borrascas, son dueños de sí mismos. Y haciendo de su tiempo, tranquilos, dos mitades, sin grandes entusiasmos, ni padecer tristezas, esculpen con la pluma, que brota claridades, y gozan de la vida bohemia y sus bellezas. Samuel Blíxén fué de éstos; su atlétíca figura, en sí, no era el reflejo, la luna de Venecía de su intelecto claro, de helénica cultura, de su espíritu artístico de un hijo da la Grecia.

En cambio retrataba con precisión lo afable de su íntimo carácter, que ameno traducía, en la frase escultórica de su palabra amable, hilada de arabescos, — la más honda ironía. A nadie sombra él hizo; de nadie sintió celos, ni se alistó en las filas de tristes muchedumbres; jovial su pensamiento, volaba hacía los cielos, buscando, como el cóndor, lo alegre de las cumbres. Por eso, en su camino jamás fué detenido ; siguiera por el valle, trepara por la cuesta, de la suerte mimado, de la dicha elegido, perpetuamente estaba su corazón de fiesta. Cargó su fardo, á veces, de escepticismo sano que no tradujo en odio, ni cuando la perfidia le hizo volver los ojos hacía el sitio cercano donde ladraba agudo el lebrel de la envidia. Tan sólo fué implacable, feroz, con su persona; la castigaba siempre, creyéndose muy fuerte, y su oculto enemigo, ese que no perdona, piedad ni amor le tuvo y aceleró su muerte.


Ricardo Sánchez
Marzo  23 de 1909

Publicado en el  "Almanaque Ilustrado del Uruguay" (1912).

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Psicología de un muerto

 

Confieso francamente cómo nunca pensé morir en aquella ocasión. Cuando las llamas prendieron en mis ropas y no pude apagarlas, a pesar de los esfuerzos, me angustié mucho y hasta creo que perdí un poco la cabeza. Perdí no; no es la palabra, ya que durante el pavor del trance conservé un extraordinaria lucidez, hasta el instante en que mi conciencia se desvaneció un crepúsculo y luego cayó en la sombra. Devoradas las ropas, el fuego lamió mi carne con sus lenguas de caricias mortales. Las llamas parecían serpientes luminosas, y las serpientes cantaban, cantaban algo como una canción de exterminio. Las llamas me sirvieron de iluminación. Sin saber como, a esta luz, vi, en un momento, cuanto había visto en mi vida. Vi las personas, las cosas y las ideas. Lo vi todo como en un fresco maravilloso. No era una pesadilla. Era algo muy real; yo estaba viendo todo aquello. Fragmentos de mi vida, que no recordaba, aparecieron de súbito y distintamente a mis ojos. 

Recordé que mi madre vestía un blanco traje de muselina constelado de estrellitas azules, la noche en que mi padre murió. Recordé a la gorda maestra que me daba muchos besos detrás de las persianas y me hacía caricias en su cuarto, a solas.  Recordé una cruz rural, bajo unos mangos, en la hacienda nuestra, por donde jamás pasé de niño sin estremecerme. Allí asesinó a un borracho casi a mis ojos, un negrito sirviente de casa, de nombre Alejo. Recordé todas las dulzuras de mi vida con particular precisión. El inmenso amor de mi madre; mis viajes; sensasiones de arte; horas de triunfo; amores felices; toda la gama de impresiones de una humanidad satisfecha. Pero no sé como expresarme. También veía paisajes de amargura, caras que eran para mí representación de una contrariedad o una pesadumbre. Entre éstas, descollaba cierto rugoso, amarillento rostro lleno de cómica majestad, coronado de doctorales canas; la barba sucia, amarillosa de nicótica.

Era la cara de asno satisfecho, a quien la ingenuidad paternal presentó mis primeras rimas; del Moisés literario, cuyo reproche arcaico, fulminado desde un Sinaí de desdén y en medio de una tronitrante retórica, me hizo desde muy temprano despreciar a los pedantes y saborear como artista las primeras hieles. He dicho que también veía las ideas. Veía con una claridad sorprendente, la concreción de lo inconcreto, por un extraño modo. Así, por ejemplo, Aristóteles -un busto que había yo visto en alguna parte, en Roma- pasó a mis ojos. Advertí que pasaba la Filosofía. Mi inteligencia comprendió las cosas como si estuviese de pie sobre una montaña construida con todo el saber humano; pasó una pálida frente, ceñido el laurel. Era Dante, es decir la Poesía. Pasó otra pálida frente coronada; pero de esta corona caían gotas de sangre. Era el Cristo, es decir el Altruísmo. A la vista de estas figuras yo sentía el bienestar infinito de un momento. En mis hombros, las devorantes y mortíferas llamas, empezaron a vibrar como alas. 

Todo esto fue cosa de segundos. Lo vi, lo comprendí todo en un momento. Dios también se presentó a mi vista,. Dios era todo aquello: Cristo, Dante, Aristóteles, los paisajes, los recuerdos, todo. Después del atolondramiento del principio, y cuando comprendí que era inútil todo esfuerzo por apagar las llamas, fue cuando me vino la extraña lucidez de que hablo. Pero ni entonces, ni en la fuerza del suplicio, pensé morir; pensé que, manos piadosas y fuertes, llegarían a tiempo de salvarme, y mietras me estaba desvaneciendo, soñé que días después iba a despertarme un cuarto desconocido, entre buenas gentes que me cuidaban, hasta que por fin me recobrase poco a poco. Repito: ni un momento creí que aquella fuese mi última hora.

Del lado acá de la tumba, en la sombra, se está mejor que del otro lado, bajo la caricia del sol. Me valgo de tales frases para que se me entienda; pero aquí no existen las funciones, merced a las cuales nos cabe en lote, allá en la vida, sufrimiento o placer. Aquí no se tiene conciencia -aunque se dirá una paradoja en mis labios-; aquí el pensamiento se evapora como el perfume de una flor y va adonde van los colores del arcoiris y la luz de las estrellas y las músicas. Entretanto, los átomos imperecederos se cambian en copa de tamarindo, mañana palacio de pájaros; en hoja de laurel, mañana corona de próceres; o en veta de mineral, mañana pan de infelices. La muerte vale más que la vida para aquellos que no gustan mieles, sino dolores en el mundo. Los desgraciados deben salirse de la vida, que es un festín donde no hay puesto para ellos. El pesimismo es una cosa inútil. Pero el hombre, aún el mártir, se aferra a la vida porque duda, primero, es decir, por el miedo teológico o moral, y luego porque teme, es decir, por el dolor físico que apareja la destrucción de sí propio.

La duda quizás existirá siempre, como lo más humano del ser; cuanto al dolor físico de la muerte voluntaria, aunque el bien que se compre al precio del sacrificio es grande y valioso, parecerá al hombre siempre caro. El hombre es avaro de su vida. Si el dolor del parto se padeciera antes del placer del amor, ninguna mujer tendría prole. En esto, como en todo, es sabia la naturaleza. Cuenta una hermosa leyenda terrenal, que un profeta resucitó al hermano de dos mujeres piadosas, Si alguien pudiera, como en el relato bíblico, prender la llama de la existencia en lámparas humanas vacías de aceite vital; si alguien pudiera recoger y fundir los átomos dispersos que animaron un ser, y si este taumaturgo me infundiera la vida, yo la apostrofaría, indignado. - ¿Por qué, le diría, me arrojas al agujero luminoso adonde entro sin deseo y de dónde saldré a mi pesar? ¿Por qué me reduces de nuevo al dolor, cuando ya me había libertado de él? ¿Por qué me haces el mal de la vida, Señor, por qué?  Mas no abrigo el temor de que ningún profeta me resucite.

F. BLANCO FONBONA

De "Apolo", revista de arte. N° 1. Montevideo,01 de  febrero de 1906.