sábado, 16 de junio de 2018

La mortalidad y sus causas


Nos cabe hoy el deber de llenar una triste misión: la de descubrir las llagas que sufre nuestro cuerpo. Esas llagas nos desacreditan y nos deshonran; pero si no se descubren nos matarán. Descubrámolas pues á los ojos de todos, porque el horror y la vergüenza del espectáculo hagan comprender la  necesidad y urgencia  del remedio. Ha llegado un momento en que no puede  haber otra cuestión del día que la salubridad de Buenos Aires. El mejor gobierno, las mejores cámaras,  los mejores partidos serán los que los realicen. Los gobernantes, las asambleas, los políticos que nos  hablen de ferrocarriles, de  exposiciones, de educación no sirven para nada, si no son capaces de curar el cáncer que nos devora. La salubrificacion de Buenos Aires debe ser el pensamiento de sus mandatarios, el programa de sus partidos, el tema de los proyectos de sus cámaras, la condición impuesta a los electos, la labor constante de las municipalidades y la preocupación primera de  todos y cada uno de sus habitantes. Estamos rodeados por una  conspiración invisible, que estrecha  su sitio todos los días  y que combatiendo los elementos de salud y de vida que prevalecían en estas regiones, amenazan  extinguirlos y fundar  en ellas un vade  envenenado  de  Java  habitado por la muerte y donde la presa que huye y el tigre que se arroja sobre ella sucumben al mismo tiempo tocados por el aliento de la tierra. Démonos cuenta ahora de nuestra situación. 

En Francia muere un habitante al año sobre 45. En Inglaterra uno sobre. 46. En Prusia uno sobre 38. En Austria, considerado el país mas insalubre de Europa, mueren como en Roma y Constantinopla uno sobre 33. Entendemos que la mortalidad de Prusia y Austria, es hoy menor que la designada. Y nótese que estos cálculos comprenden las muertes causadas por las epidemias. ¿Cuáles entretanto el  término medio de mortalidad entre nosotros? No nos atrevemos a revelar la cifra espantosa que  resultarla si, sumando todas las defunciones de los últimos cuatro años, comprendidas las epidemias, buscásemos un término medio de mortalidad. Debemos pues, reducirnos a calcular como si  tales epidemias no hubieran ocurrido y entonces, siendo la  mortalidad de los tiempos normales de 19 a 26 tomando el término medio de 22, resultan 8.030 defunciones en el año. La relación de esta suma con el número de  doscientos  mil habitantes, da una proporción de uno a 24. Quiere decir que en Buenos Aires, muere un habitante por cada 24, o sea así una mitad mas que en Constantinopla y en Roma y el doble que en Francia y en Inglaterra. 

Excusamos hacer comentarios sobre este resultado terrible de las cifras que tan fúnebre desmentido dan al  nombre, en otro tiempo cierto, de nuestra ciudad. Comparemos lo que hoy sucede con lo que  tenia lugar algún tiempo atrás. Hace como once o doce años que la prensa de Buenos Aires estableció constancia de un hecho que nadie pudo mirar con indiferencia. Los encargados de las secciones noticiosas habían ido a los cementerios en busca de las defunciones del día. No pudieron obtener esos datos, porque no existían  ¡Aquel día no había muerto  nadie en la populosa  ciudad de Buenos Aires! El término medio de la mortalidad sería entonces de seis a ocho defunciones diarias. Cinco o seis años mas tarde,  recordamos que fue el señor Cantifo quien  hizo notar en El Siglo un día en que solo tuvieron lugar dos o tres defunciones en Buenos Aires. Durante el tiempo que precedió y el siguiente, las defunciones eran de ocho o diez. Desearíamos que se nos rectificase si es equivocado nuestro  recuerdo.

¿Qué es entonces lo que hoy está matando un hombre sobre 24, sin tomar en cuenta los  que mueren  de epidemia y limitándonos a la cifra de la mortalidad ordinaria? No hay que vacilar en decirlo: lo que nos mata es la inmundicia, es el desaseo. La violación de las leyes del aseo tiene pena de muerte en el código de la higiene pública. Estamos pagando la pena de esa violación. Y es singular el contraste original y doloroso que tiene lugar en Buenos Aires. Donde está la acción individual está el aseo en todo su escrupuloso esmero; mientras que, donde está la acción pública ó del Estado, está  la mas repugnante manifestación de la  barbarie. No se crea que queremos culpar a nadie con estas palabras ni menos a las autoridades actuales que han manifestado un verdadero interés  en la  cuestión  que nos ocupa. Es que una necesidad fatal lo ha querido así. Nuestros gobiernos bárbaros  no han hecho sino  robar y matar. Nuestros gobiernos liberales apenas han  tenido tiempo de llevar a cabo la  regeneración política argentina. Las guerras continuas han hecho  que solo  conozcamos  al  Gobierno bajo su faz militar y política. Su faz municipal no ha sido propiamente conocida. 

Llévese a un extranjero con los ojos vendados, no digamos a los lujosos salones de nuestro mundo elegante pero aun a la ignorada de una familia modesta. Todo lo encontrará allí  brillante de aseo y  de buen gusto. Los muebles, como las personas, las ropas como los adornos, los patios, como los jardines, lodo mostrará el orden, el cuidado, la limpieza y la salud. Desde el brillante  llamador de  bronce hasta la flor que la belleza juvenil cultiva con sus propias manos, todo podrá mirarse y escudriñarse sin rubor del dueño. Pero salgamos a la calle, en donde empieza la acción de la autoridad. Si llueve las calles están llenas de fango para tres o cuatro días. Si sale el sol, la evaporación de aquella humedad nauseabunda se aspira con temor y repugnancia. Al lado de los pisos de mármol, cerca de las ventanas por donde se escapan las armonías del piano, hay una cosa asquerosa, que o se sabe lo que es, pero que fermenta con el calor y vuelve pestilente la atmósfera. Son los cajones de la basura, que forman en primera línea delante de las puertas de la calle, con asombro y asco de propios y extraños.

La autoridad no ha hecho ni siquiera un grande albañal para que salgan esas basuras y ellas están  esperando que vengan a buscarlas entre 10 de la mañana y dos de la tarde los basureros que las pasean por toda la ciudad. Teníamos un río interior, con buena agua, que podía ser un  gran puerto de cabotaje. Pero los saladeristas lo necesitaban. También una vez por haber saladeros afuera se robaron muchos cueros,  en tiempo del sitio. Así, el Riachuelo se regaló a los saladeristas para que lo  envenenasen. Envenenado el Riachuelo, sus aguas se ensayan en matar  los pescados del Rio de la Plata mientras sus miasmas, incorporados a la atmósfera propagan la fiebre amarilla. Teníamos una corriente subterránea que daba muy regular agua. También la hemos envenenado. La elaboración de lo inmundo, durante siglos, ha sido arrojado dentro de la tierra, justamente á la  profundidad  del agua. Durante siglos se han abierto y llenado así las letrinas y resumideros. 

Cuando unos se obstruían, se cavan otros  ya para servirse de ellos directamente, ya para que fuesen  el receptáculo de lo que sobraba a los demás. Teníamos un río magnífico, verdadera bendición de Dios, con aguas de virtudes medicinales, y lo hemos contaminado frente a la ciudad con ]a corriente envenenada del Riachuelo que la derrama en él precisamente en el sentido que más le daña. Si una mano poderosa levantase el piso de nuestras casas, sus habitantes caerían muertos como por el rayo. La corriente subterránea está envenenada también, porque ha absorbido la infiltración de las letrinas y resumideros. El aljibe es él único depósito que se defiende por el estuco que lo cubre y sobre todo, por su  poca profundidad. Antiguamente, el cavar pozos era una industria sin peligro. Hoy el pocero va a su trabajo  como pudiera ir al campo de batalla. Va a desafiar a la muerte, que más de una vez le ha sorprendido en su tarea. Otra ciudad subterránea y asquerosa vive y muere a nuestros  pies. Minada de enormes ratones, que cruzan la ciudad en todos sentidos, entran y salen por los albañales, reducidos a una casi domesticidad. Su número ha acobardado a los perezosos gatos,  que ya no los ofenden, y así crecen, se multiplican con  profusión  horrible y  mueren  aumentando con sus restos infectos el capital de lo inmundo. Nuestras calles eran antes pantanos. ¿Con que ha sido levantado su nivel? ¡Con basuras!

Con basuras se han rellenado las barrancas del paseo de Julio, con basuras se han rellenado todos los puntos bajos del oeste y del sud, basuras hay hasta debajo del adoquinado de la calle de Rivadavia. Nuestros empedrados son la losa de un sepulcro. Debajo de ella está la corrupción, y la muerte se escapa de sus grietas, para visitar la ciudad con su aliento letal, cada vez que la humedad afloja la tierra y cada vez que entreabren su seno los ardores del sol. Nuestras infiltraciones de agua están envenenadas; nuestro bajo suelo son las basuras y las letrinas, nuestra atmósfera es una infiltración invisible de todas esas corrupciones. Nuestros cementerios están de a pares, en los  barrios poblados. El cementerio del Norte es el paso preciso de los que salen a pasear fuera de la ciudad y está entre las casas y quintas de su costado derecho. Los vivos y los muertos cohabitan allí en una promiscuidad aterrante y tomando filosóficamente el hecho, han hecho del cementerio un paseo puesto que enfrente se había colocado la estación de un tramways!

Y como si este no bastara, el cementerio tiene sus prácticas especiales. Los cadáveres, puestos dentro de un cajón de plomo y otro de madera, se colocan generalmente en nichos practicados al aire, en el interior del mausoleo, que solo está cerrado por una reja de fierro. Cuando viene la fermentación pútrida, los gases que despide al cadáver, no encontrando salida, suelen hacer explosión, abriendo las junturas del plomo. Entonces quedan en libre comunicación con el aire. Al  lado de la iglesia del Socorro, hay otro cementerio. Es preciso poner el  fuego en todas partes!Como si los  cadáveres  humanos no  bastasen,  tenemos encima los restos de los primales  que  se matan  para el consumo. La sangre y las entrañas de todo lo que se come en  Buenos Aires, se pudre sobre la tierra. Si los muertos no nos inspiran horror y los tenemos tan cerca, menos zozobra deben  causarnos los enfermos. El hospital de hombres está en el centro de la parroquia de San Telmo,  agregándose este combustible  mas en un punto siempre perseguido por los flagelos. El hospital  de mujeres todos saben que está en el corazón de la ciudad, en la  calle de la Esmeralda, entre Piedad y Cangallo.

A esta multitud de focos miasmáticos se une hoy por desgracia la aglomeración en locales estrechos de centenares de personas, principalmente inmigrantes, que viven en el mas repugnaste desaseo. Un solo hecho vamos a citar para que se toque la influencia de la inmundicia sobre el desarrollo  de las pestes. Es sabido que la fiebre amarilla, estableciendo su cuartel general en la parroquia de San Telmo, ha dado verdadero asalto a otros puntos de la ciudad. Todos ellos han tenido lugar uniformemente. La fiebre ha buscado el punto  de la mayor aglomeración y desaseo y lo ha atacado sin piedad. Inmediatamente que se han  hecho cesar las causas de la propagación, la peste ha  desaparecido encerrándose  de nuevo en su guardia primera. Sabido es que un nuevo foco de peste se había  anunciado en la calle de Paraguay, entre Artes y Cerrito. Averiguando el hecho, resultó que el local atacado, teniendo apenas capacidad para cincuenta personas, alojaba trescientos veinte. Pero había algo peor, si es que algo peor puede darse. Con un objeto ¡que no es fácil adivinar, el locador  o dueño  de  una no consentía en que se sacasen las basuras  que se, hacían  diariamente en ella, que no  serian pocas ni de buena  calidad. Íbalas amontonando en el fondo de la casa donde hacia diez meses, se estacionaban, por manera que, cuando se sacaron, fue necesario ocupar diez grandes carros de los que hacen el servicio municipal.

Allí dio su asalto la fiebre amarilla, atraída sin duda por los inmundos efluvios de aquella atmósfera,  y la primera víctima que hizo fue el mismo dueño o arrendatario de la casa. En seguida fue atacada su mujer y murió. Casi simultáneamente se contagiaron los hijos y también  murieron. Entonces fue que acudió la autoridad. Los habitantes de la casa, aterrados, la desampararon, una parte espontáneamente, otra parte inducidos a ello. Limpia y despejada la casa, desapareció la fiebre  amarilla  de aquel barrio, sin que haya noticia de que volviese a aparecer por ninguna casa de las inmediaciones. Tales son las deplorables condiciones higiénicas en  que nos encontramos, tal es el desaseo, la falta de policía y  los  focos  de  corrupción que nos envuelven y que causan el alarmante incremento de mortalidad que hemos notado y que nos coloca hoy entre las ciudades mas  insalu­bres dei mundo,  habiendo sido la mas sana. Demasiado buenos son nuestros aires cuando no  tenemos la  epidemia permanente.

Sin nuestra rica vegetación, sin nuestra pampa abierta, sin los vientos que purifican la atmósfera, no sería posible vivir, como nosotros entre el Riachuelo, las corrientes subterráneas envenenadas; el  aire  corrompido, los cementerios, hospitales, los mataderos, el fango, las basuras abajo y arriba de la tierra y las acumulaciones humanas en que viven trescientos hombres en el espacio insuficiente  para diez y cuando las emanaciones de cada uno de esos cuerpos era bastante para infestar una casa entera. El Riachuelo no es pues sino una llaga que se descubre en un enfermo cuyo cuerpo está cubierto  de podredumbre interna. Si las fuerzas morales y materiales de la sociedad,  si la  opinión con su  exigencia y la autoridad con sus recursos, no concurren a  salvarlos, estamos perdidos. Por el  contrarío, si nos ponemos á la obra con energía, con perseverancia, con pasión absorbente y exclusiva,  no levantando la frente hasta terminarla, habremos salvado la crisis en uno ó dos años,  y Buenos Aires, digno de su nombre antiguo, salvando el bienestar y la vida de sus ciudadanos, podrá ser como antes, para sus  huéspedes,  el suelo de la libertad, de la salud y de la fortuna. Hoy hasta los huéspedes que venian á  buscar un  hogar en  nuestro clima salubre y hospitalario, nos vuelven la espalda:— «El ltalo Platense» ha llevado mas de 400 inmigrantes de regreso, que huyen de estas  playas habitadas por la muerte. El  mejor Ministro de Hacienda, ha dicho un economista, es el que pueda presentar una cifra mayor de inmigración. El mejor gobernante, diremos ahora, será el que  cortando la corriente de la inmigración que no vuelve, haga bajar las tablas de la mortalidad  de Buenos Aires, atacando vigorosamente las causas manifestadas que la producción. 

De "La Bandera Radical", revista semanal de intereses generales. N° 7, Montevideo, 12 de marzo de 1871.

miércoles, 13 de junio de 2018

Gómez Carrillo: su muerte en París


En París, la ciudad de las quimeras y de las miserias, la ciudad que la fantasía orla y agiganta porqué es tierra espiritual y frívola donde florecen y se agotan esperanzas, se abrió una tumba más donde fue depositado el cuerpo de Gómez Carrillo vencido por la ley inmutable que pesa sobre la existencia. "El incomparabla croniqueur de amena prosa, de sutil observador, que entre burbujas de champán" nos brindaba su lirismo y la inquietud de su alma sedienta que buscaba continuamente nuevos paisajes para embriagarse de vida, nos lega su labor, casi toda ella en interminables crónicas, que perdurarán por mucho tiempo, pues Gómez Carrillo derrochaba en sus escritos la perenne juventud de su corazón bohemio. Con Gómez Carrillo ha desaparecido una figura simpática y representativa del intelectualismo errabundo y lírico que fue toda su vida.

De: TABARÉ Magazine uruguayo Nº 2. Montevideo, noviembre de 1927.

NOTA: Enrique Gómez Carrillo (1875-1927) fue un crítico, comentarista y novelista guatemalteco vinculado al movimiento modernista. De la experiencia de sus viajes dejó crónicas impresionistas entre las que figuran: "La Rusia actual", "El Japón heroico y galante", "La sonrisa de la esfinge", "La Grecia eterna". Su novela "El evangelio del amor" se desarrolla en Bizancio, durante el siglo XIII.                                             

miércoles, 30 de mayo de 2018

Muerte y religiosidad en el Montevideo colonial


En el libro Muerte y religiosidad en el Montevideo Colonial. Una historia de temores y esperanzas, el equipo de investigación formado por Andrea Bentancor, Arturo Bentancur y Wilson González ha realizado un profundo trabajo investigativo que indaga las costumbres, las creencias y los temores más arraigados con respecto al tema de la muerte en los montevideanos durante el último cuarto de siglo de la dominación hispánica en el Río de la Plata. Se trata de un período de tiempo acotado que va de 1790 a 1814 elegido ex profeso para poder enmarcar el trabajo en un determinado período con características propias, bien definidas y singulares que serían mucho más amplias y difusas si se hubiesen elegido períodos  de tiempo más largos. De hecho, el proyecto original abarcaba el período que va de 1790 a 1860 pero debió acotarse debido a lo dicho y a las limitaciones materiales, económicas y de tiempo para realizar una investigación tan exhautiva. El trabajo fue publicado en 2008 y forma parte de de un proyecto institucional llevado adelante por el Departamento de Historia Americana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República. 

Para su realización, los autores han realizado una extensa y compleja revisión de fuentes documentales primarias consultando miles de archivos notariales y eclesiásticos. Entre los primeros se destaca un relevamiento en profundidad de 1.017 testamentos registrados en la Escribanía Pública de Montevideo durante el período que va de 1790 a 1814. En cuanto a los eclesiásticos, se ha indagado en 3.221 actas de defunción existentes en los archivos de la Iglesia Matriz. La información allí recabada tras largas jornadas es valiosísima para conocer la edad, las causas de fallecimiento, la situación socioeconómica, derechos pagados a la Curia por los difuntos y para conocer aspectos de la mentalidad de la época. También se han investigado archivos de la Capilla Maciel y del Regimiento de Infantería de Buenos Aires destacado brevemente en Montevideo y se han revisado otras fuentes documentales entre las que destaca el Archivo del Hospital de Caridad así como registros de defunciones en poder de la Dirección de Necrópolis de la Intendencia Municipal de Montevideo. También han sido consultadas obras éditas de autores eclesiásticos, cronistas, juristas y autoridades de la época que contribuyen a enriquecer el trabajo.

La obra está estructurada en dos partes: la primera está dedicada al cuerpo y la segunda al alma. A su vez, cada parte está dividida en dos capítulos. En la primera parte del libro se aborda al individuo vivo, en  pleno uso de sus facultades y luego in articulo mortis, ya en proceso de agonía. El primero de los capítulos se titula "Las formas de morir" y analiza la muerte como hecho social en sus dimensiones individual y colectiva en una sociedad habituada a convivir cotidianamente con la muerte violenta que acechaba constantemente en forma de guerras, epidemias, mortandad infantil, maternal... En esa sociedad, las personas vivían constantemente angustiadas, quizás no tanto por temor a la muerte en sí, sino más bien por el terror que causaba la eventualidad de una "mala muerte", es decir la muerte repentina, inesperada, sin preparación ni testamento, sin expiación de los pecados mortales y sin recibir los santos sacramentos previstos por la Iglesia, con el consiguiente peligro de condenación eterna del alma. 

Los primeros signos de una enfermedad incipiente, o incluso de la senectud, ya eran motivo suficiente para iniciar los preparativos para la deseada "buena muerte", preparada, con una larga agonía acompañada de parientes y amigos y asistida por un sacerdote que recibía la última confesión y administraba el Santo Viático, o sea el pasaporte hacia la salvación del alma.  Como dato anecdótico impresionante se citan casos de personas que aun en vida ya vestían su mortaja y eran tenidas como ejemplo supremo de cristianos que luchaban por ingresar puros a la eternidad. Pero también era necesario dejar arreglados los asuntos de este mundo terrenal y en consecuencia, otro aspecto de una "buena muerte" era dejar solucionada de manera solemne la cuestión de la sucesión. Por lo tanto, además del sacerdote, era necesaria la presencia del escribano público y testigos que dejaran registrada legalmente la última voluntad del agonizante. Es decir que la "buena muerte" debía ser exhibida y legitimada públicamente como testimonio de haber sido un buen cristiano y como un elemento más en el camino de la salvación.

En el segundo capítulo de la primera parte se trata la cuestión del tránsito del cadáver desde el lecho de muerte hasta su destino final en la tumba lo que también formaba parte de la buena muerte e implicaba una serie de rituales que eran similares en todo el mundo hispanoamericano y debían observarse estrictamente como símbolo de respeto y luto por parte de los familiares y amigos del difunto. El "antes" y el "después" del enterramiento eran tan importantes como este último. Ningún detalle era descuidado, nada se dejaba al azar, desde las mortajas de diferente calidad y precio hasta distintas versiones de funeral, pendones, cirios, carruajes y ataúdes acordes con las posibilidades económicas del fallecido. 

Todos estos detalles estaban previstos en el testamento ológrafo sin olvidar las debidas donaciones a órdenes religiosas, al Hospital de Caridad y a los pobres y sin descuidar dejar pagas misas para rogar por alma del difunto y por las ánimas del Purgatorio, necesitas de los auxilios de los vivos para entrar en la gloria eterna. Tampoco eran raras, entre quienes pudieran costearlas, las misas "de cuerpo presente", comunes en una época en que aun era desconocida la asepsia. Dichas misas fueron prohibidas más adelante por las autoridades cuando se tuvo conciencia del riesgo que representaban para la salud pública.  

Un apartado especial reciben los funerales de "angelitos", es decir de los niños pequeños que morían libres de pecado y a quienes se les vestía como tales, de blanco, con apliques de alas y adornos alusivos, dado que debido a su inocencia se creía que ingresaban directamente en el Paraíso, sin pasar por el Purgatorio. Era una ocasión de celebración de la que participaba todo el vecindario y el cadáver del niño pernoctaba de casa en casa, durante días, dado que se le consideraba bendito, como un "mediador" que rogaba por las almas de los pecadores en el más allá. Se trata de una antigua costumbre muy arraigada que ha perdurado varios países hispanoamericanos hasta principios del siglo XX. 

También son abordadas las ceremonias especiales para lo entierros entre los afrodescendientes en el contexto de esa sociedad esclavista. Al parecer, tales ceremonias, de la que apenas subsisten escasos testimonios documentales escritos, se caracterizaban por el sincretismo entre el culto cristiano católico y los antiguos rituales paganos africanos, lo que ocurría no sin preocupación por parte del Clero. Dado que el Derecho Canónico prohibía expresamente los enterramientos en tierra sagrada, es decir en los camposantos a cargo de la Iglesia, a personas sin bautizar se hicieron bautismos masivos a los esclavos recién llegados a Montevideo en el lugar conocido como "Caserío de Negros", localizado a orillas de la desembocadura del arroyo Miguelete, que era el lugar donde eran alojados temporalmente en cuarentena.

En cuanto a la segunda parte de la obra, dedicada al alma, los autores exploran el tránsito hacia el más allá, la angustia por el destino final y la "batalla" por la salvación. En el Capítulo III, titulado "Muerte, religiosidad y actos piadosos" los abordan el dilema entre la "religiosidad vivida" y la "religiosidad canónica". Se plantea  la cuestión de la fe a nivel popular, propia de los sectores subalternos de la sociedad con rituales que le son propios y por otro lado la fe institucionalizada, de acuerdo con los preceptos de la Iglesia Católica que imponía toda una serie de rituales rigurosamente establecidos por el Derecho Canónico y no siempre en plena sintonía con las manifestaciones arraigadas en los sectores populares. 

El último capítulo está dedicado a la lucha por la redención a nivel de las elites lo que no pocas veces se traducía en una verdadera "compra" de indulgencias en forma de donaciones a órdenes religiosas, a asociaciones de beneficiencia y a obras piadosas tales como misas en sufragio de las ánimas del Purgatorio que eran un verdadero pasaporte para la salvación del alma del oferente. Lo cierto es que la Iglesia se veía muy beneficiada económicamente por estas donaciones. El capítulo finaliza con un apéndice que incluye un esquema general con un relevamiento de 42 fundaciones piadosas existentes en Montevideo en el período de 1790 a 1814 que incluye el año, el tipo de fundación, sus fundadores, su capital inicial, las obligaciones que generaba a sus miembros, el santo patrono designado y los eventuales beneficiarios nombrados. Toda esta información tiene por fin servir de apoyo y complemento a futuras investigaciones.

A nuestro entender el gran mérito de la obra radica en que aborda en profundidad de un tema hasta el momento inexplorado de nuestra historia como lo es la muerte como hecho social en un determinado contexto histórico. Cabe destacar su carácter no solamente historiográfico, sino también antropológico y psicológico, en el marco de la historia de las mentalidades. Se ha realizado una labor formidable de relevamiento de miles de documentos existentes en los archivos notariales y eclesiásticos así como en la profusión de fuentes éditas que contribuyen a arrojar luz sobre asuntos hasta el momento invisibles. No obstante, los autores nos advierten del carácter sesgado yelitista de esa vasta documentación que virtualmente deja de lado todo lo vinculado a los sectores subalternos. Avanzar en este último sentido será la tarea de nuevas investigaciones.

Es necesario señalar que la extensa bibliografía consultada contribuye al marco teórico y abarca desde cronistas y memorialistas del medio local como Isidoro de María hasta historiadores de la "sensibilidad" como José Pedro Barrán, verdadero pionero en nuestro medio en el campo de la historia de las mentalidades. También son citados filósofos y representantes de la "nueva historia" como Pierre Chaunu, Norbert Elias, Philippe Ariès y Michel Foucault, junto a otros  historiadores de las ideas que han continuado con el legado de la Escuela de los Annales, iniciadora en el siglo XX de una corriente fecunda de investigación de temas que la historiografía tradicional no consideraba, como lo son las "pequeñas historias" de la vida cotidiana, la alimentación, la familia, la locura y, por supuesto, la muerte...

En cuanto a la redacción, hay que señalar que es muy amena, sobre todo para el lector no familiarizado con el lenguaje académico y lo mismo cabe decir de la manera como está estructurada la obra que la hace fácilmente comprensible a todo tipo de lectores. Lo cierto es que se trata de un trabajo fundancional en muchos sentidos en nuestro medio y que deja abierto el camino a futuros investigadores sobre este campo tan fascinante de nuestra historia que recién comienza a rescatarse del olvido gracias al esfuerzo emprendedor del equipo formado por Andrea Bentancor, Arturo Bentancur y Wilson González. 

Datos bibliográficos: BENTANCOR, Andrea y BENTANCUR, Arturo, GONZÁLEZ, Wilson: Muerte y religiosidad en el Montevideo Colonial. Una historia de temores y esperanzas. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo, 2008. 332 págs.

martes, 29 de mayo de 2018

El misterioso origen del paraje de las Brujas



El Arroyo de las Brujas, en el departamento de Canelones: Afluye al río Santa Lucía, curso inferior, margen izquierda, teniendo a su vez por tributario el Brujas Chico, o simplemente Brujas, sobre cuyo arroyo existe un buen puente de material que facilita el tránsito del camino del paso de Balastiquí a Montevideo, pasando por el puente de Brujas Grande y el del arroyo Colorado, todos muy importantes y muy bien construídos, particularmente el del Colorado. Nace en la cuchilla que divide las aguas que van al Santa Lucía. Según el viejo cronista uruguayo señor De María, "en el siglo pasado vivían unas chinas viejas en un ranchito sobre la costa del arroyo que se conoce con este nombre, de quienes decía la gente del lugar, que tenían parte con el diablo y que hacían brujerías, por cuyo motivo se las miraba con recelo, y no se las conocía sino por las Brujas, quedándole ese nombre al arroyo en la vulgaridad y, por consecuencia, al paraje". El arroyo daba nombre al pago de las Brujas, el cual en el año 1778 recibía ya tal denominación y contaba con 635 habitantes y unas 160 casas o ranchos.

Del "Diccionario Geográfico del Uruguay" por Orestes Araújo. Tipo-Litografía Moderna. Montevideo, 1912.

domingo, 25 de marzo de 2018

Entre la vida y la muerte...


El profesor José de Compte en su Correlato de la fuerza vital con las fuerzas físicas y químicas, se pregunta cuál será la nota diferencial entre el organismo vivo y el muerto, , constándose: "¡Ninguna! Todas las fuerzas químicas y físicas, sacadas del depósito común de la Naturaleza y encerradas en el organismo viviente, parecen existir todavía en el muerto, aunque ellas van desapareciendo a medida que avanza la descomposición. Y, sin embargo, ¿cuál será la índole de esta diferencia, expresada en fórmulas de la ciencia positiva? ¿Qué es aquello que se ha ido y dónde es dónde se ha ido ello? Hay algo aquí, en efecto, que la ciencia no ha podido todavía comprender, y la pérdida de este algo es precisamente lo que acaece en el momento de la muerte y lo que constituye en su más elevado sentido la fuerza vital."

De "Narraciones ocultistas y cuentos macabros" por Madame H. P. Blavatsky. Macagno y Landa editores, Buenos Aires, 1956.

martes, 30 de enero de 2018

Ritos funerarios de los charrúas


Los charrúas constituyeron el grupo indígena predominante en la Banda Oriental. No pudieron ser sometidos por los conquistadores, a pesar de que asimilaron algunas de sus costumbres. Después de la penetración española se hicieron hábiles jinetes. Gradualmente, los blancos fueron cumpliendo contra ellos una campaña de exterminio que culminó en el año 1832. Sus ritos funerarios hacen pensar en la creencia en una vida de ultratumba. A la muerte de cada pariente los deudos femenios se amputaban una falange de los dedos. Los deudos masculinos se torturaban con las armas del difunto. Enterraban a los muertos.

De "Historia Precolombina y Colonial" de Alfredo Traversoni. Editorial Medina, Montevideo, s/f.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Mortalidad infecto-contagiosa clasificada en Uruguay (1887-1896)


Par a apreciar mejor todavía las condiciones en que se ha producido el decrecimiento de esta mortalidad, conviene analizar la marcha seguida por la procedente de cada una de las principales enfermedades del grupo. (Véanse Cuadro N.° 3 y Gráfico .11.). La mortalidad por tuberculosis, que es la más importante por la altura y la constancia de sus cifras, dio una equivalente á 13 o b % de la mortalidad general en el primer quinquenio, cifra que en el segundo descendió á 9 2 4 % es decir 3 8 2 % menos. En cifras absolutas esto significa, que en el 2.° quinquenio se ha producido una reducción media anual de 474 defunciones por tuberculosis con relación á la cifra del primer quinquenio. En la difteria la cifra media anual de mortalidad, que en el primer quinquenio fué de 579, en el segundo solo alcanzó á 257. Cada año del 2.° quinquenio se economizaron 322 vidas. La mortalidad media anual por viruela en el primer quinquenio fué de 445 y en el 2." solo alcanzó á 65. Economía anual en el segundo: 380 vidas. 



En la mortalidad por tifoidea se redujo la cifra media anual de un período a otro en 197. En cambio la mortalidad por sarampión, escarlatina, tos convulsa y erisipela, aumentó en el segundo quinquenio. El promedio anual de la mortalidad por sarampión fué en éste de 99 defunciones y en el 1.° de 94; en cada año del segundo se produjeron cinco defunciones más que en cada uno del primero. En la mortalidad por escarlatina la media anual del 2." quinquenio, fué de 17 defunciones más que en el primero. La tos convulsa produjo en cada año del 2." quinquenio 11 defunciones más que en cada uno del primero. El aumento de la mortalidad anual de la erisipela fué solo de una defunción por año. De las enfermedades exóticas solo el cólera invadió nuestro país durante el decenio; en el primer quinquenio produjo 241 defunciones y en el segundo 107, aunque solo se hayan anotado siete con esa designación.  

Las cien restantes, por una aberración inconcebible, fueron inscriptas con diagnósticos distintos. Por consiguiente, cuanto se dice en general sobre las enfermedade infoctooontagiosas, se refiere á las comunes, pues las exóticas nada, han influido para modificar el valor de las cifras referentes al grupo. Si bien de las cifras referidas no se puede tener la certidumbre de una exactitud tan absoluta como fuera, de desear, porque las cifras de la mortalidad sin asistencia médica revisten una importancia que no se debe ocultar, no por eso se puede creer que las deducciones apuntadas estén desprovistas de valor, pues la ['educción es de tal magnitud que salva por completo la deficiencia, apuntada. Entre los otros grupos de enfermedades y otras causas de defunción, hay también variaciones cuyo monto corresponde precisar aquí. (Véanse el Cuadro N." 2 y Gráfico 111.) 

Las defunciones por enfermedades de los aparatos circulatorio y genitourinario, por accidentes y traumatismos y por otras enfermedades han sido menos numerosas en el segundo quinquenio que en el primero. A su vez las defunciones por enfermedades de los aparatos respiratorio y digestivo, y del sistema nervioso, y las procedentes de homicidios y suicidios, y de causas ignoradas por falta de asistencia médica, han aumentado en los años del 2." quinquenio. En las del aparato circulatorio, la reducción media anual del 2.° quinquenio fué de 65 defunciones. En las del génito-urinario de 18, y en los accidentes y traumatismos de 20. El aumento habido en los promedios anuales de las defunciones del 2.° quinquenio en los otros grupos ha sido: en las enfermedades del aparato respiratorio, de 271; en las del digestivo, de 11; en las del sistema nervioso, de 38; en las defunciones por homicidios y suicidios, de 27; y en las de causa ignorada por falta de asistencia médica, de 1,065. 

En el cáncer y la sífilis, cuya mortalidad no puedo ser comparada de un quinquenio al otro, por no haber sido clasificadas sus defunciones en el primero, se nota una progresión creciente en los años del segundo, por lo que deben ser consideradas entre los últimos grupos. Las divergencias notadas entre el Departamento de Montevideo y los de campaña, al estudiar el crecimiento de población, se caracterizan más aún cuando se hace el estudio comparado de la proporción que corresponde á cada una de estas regiones, en la formación de las cifras de la mortalidad de la República. La mortalidad general del primer quinquenio, cuyo índice medio anual es de 18" u %o , toma del Departamento de Montevideo 7- 7 y de la campaña 11 4 2 . En el 2.° quinquenio esa proporción se modifica; el coeficiente de la República es de 103 7 % 0 y en él correspondo á Montevideo el 5 2 3 y á la Campaña el ll 1 4 . 

Por consiguiente, permanece estacionaria la proporción que correspondió á Campaña y desciendo la de Montevideo. El descenso de 232 % o obtenido en el coeficiente de mortalidad de la República, corresponde casi en su totalidad á Montevideo (20 4 % 0 ) , siendo mínima la intervención de la campaña (O2 8 %o. ) Haciendo uso del término de comparación antes indicado, sobre 1,000 defunciones de la República, ¿cuántas coi-responderían á Montevideo y cuántas á Campaña? Llegaríamos á este resultado: primer quinquenio, Montevideo, 388.78; Campaña, 011.22; 2.° quinquenio, Montevideo, 319 42; Campaña, 680.58. Entrando á analizar la mortalidad por los distintos grupos de causas de defunción en cada región, se encuentra mejor explicada la diferencia que las caracteriza. En la mortalidad infecto-contagiosa se encuentra: que la cifra media anual descendió en el Departamento de Montevideo de 1863 (l. e r quinquenio) á 975 (2.° quinquenio) y en Campaña de 1570 á 1271. En Montevideo se reduce en 888 y en Campaña solo en 299. 

El contraste es más notable porque en el primer quinquenio la cifra de Montevideo era mayor que la de campaña en 293 y en el 2.° la de campaña es mayor que la de Montevideo en 296. La reducción en Montevideo equivale á 470 7 % y en Campaña sólo á 19 0 5 % . Las mayores diferencias se notan en la reducción del número de defunciones por tuberculosis y por difteria. La cifra media anual de defunciones por tuberculosis en Montevideo disminuye en 427 y en Campaña sólo en 35. Las de difteria en 218 en Montevideo y en 105 en campaña. Con el término de comparación antes indicado, resultaría que sobre 1000 defunciones de mortalidad infecto-contagiosa en la República corresponderían en cada quinquenio: en el 1.° á Montevideo 542.78, á Campaña 457.22; en el 2.° á Montevideo 434.22, á Campaña 565.78. 

Entre los otros grupos de causas de defunción, las diferencias no son tan notables; pero, sin embargo, son dignas de mención las siguientes: las defunciones por afecciones del aparato circulatorio disminuyen en Montevideo y aumentan en campaña; las del aparato digestivo sufren en Montevideo una reducción media anual de 234 defunciones y en cambio aumentan en Campaña en la proporción de 245 por' año; las del sistema nervioso disminuyen en Montevideo á razón de 88 por año y aumentan en campaña 157 por cada año. 

Las muertes violentas por crímenes y por accidentes aumentan en la Campaña de un quinquenio al otro y disminuyen en Montevideo en los mismos períodos. La mortalidad sin asistencia, sobre todo, que en Montevideo tiene cifras insignificante?, en Campaña aumenta del primer quinquenio al segundo, siendo el aumento medio anual de 1,105 ( 2528-3633.) Todas las diferencias enunciadas inducen á estudiar por separado cada una de estas regiones, para que por el análisis minucioso de los datos que les conciernen, se pueda llegar á interpretar la influencia que una y otra ejercen sobre las cifras correspondientes á todo el país, á ' conocer la situación propia de cada una y á fijar las medidas reclamadas por cada parte.

De "Estadística Sanitaria del Uruguay (1887-1896)" por Joaquín Canabal. Instituto Nacional de Higiene. Tipografía de la Escuela Nacional de Artes y Oficios. Montevideo, 1899.