domingo 19 de febrero de 2012

El más bello momento del hombre...



Repitamos: "La muerte es el más bello momento del hombre". Mejor digamos, del cristiano que ha vivido bien.
Es el crepúsculo dorado de la vida.
Es el último rayo que el sol despide antes de ocultarse debajo del horizonte terrenal.
Es la noche pregonera del alba de la eternidad.
Es la aurora de un nuevo día: día sin ocaso, sin nieblas, sin tormentas.
Es el principio de una nueva era: era de paz, de gozo, de felicidad.
Es el triunfo supremo del alma sobre el cuerpo, del espíritu sobre la materia.
Es la epifanía de un alma inmortal que se presenta a las puertas de la eternidad con todo el esplendor de su realeza...
"Mejor es el día de la muerte que el del nacimiento", dicen las Sagradas Letras. (1)
La Iglesia llama nacimiento el día de la  muerte de los mártires: natalitia mártyrum,  -porque es la aurora de los días eternos.
¿Por qué entonces no desear la muerte, cuando Dios es servido de enviárnosla?

(1) Eclesiastés, VII, 2.


De "El libro del enfermo y del atribulado" por Bernardo Gentilini; Apostolado de la Prensa, Santiago de Chile, 1919.

viernes 17 de febrero de 2012

Batlle y la abolición de la pena de muerte



"H. Asamblea General:

"Montevideo, junio 27 de 1905.

"El Poder Ejecutivo os propones la sanción del proyecto de ley adjunto en que se suprime la pena de muerte.

Esta pena, que, en su ejecución, tiene que ocultarse cada día más en el fondo de las penitenciarías, porque repugna al sentimiento público, está lejos de imponerse como una consecuencia forzosa de las teorías sobre la naturaleza y el fin de la pena, sostenidas por los tratadistas de Derecho Penal, y al contrario, se halla en pugna con las más generosas y avanzadas.

Es verdad que para ciertos autores la pena de muerte es un castigo, una expiación que se sufre aquí, en la Tierra, como medio de atemperar el castigo que se debe recibir en el cielo, considerándose tanto mayor su eficacia cuando más grande es el suplicio que importa. Pero la ley positiva no puede tener por objeto el arreglo de los asuntos religiosos sino el bien común y no se podrían imponer penas más o menos terribles por razones ideológicas.
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Una sociedad pobre, embrionaria, desprovista de cárceles apropiadas y de la organización civil o militar adecuada para la vigilancia de los delincuentes, podrá recurrir legítimamente a las ejecuciones capitales, único medio efectivo a su alcance para ponerse a cubierto de los ataques de éstos.

Las sociedades más avanzadas reparten la muerte por las bocas de sus fusiles y cañones cuando tienen que repeler una agresión del exterior, o sostener el orden amenazado dentro de las fronteras, por asonadas y otros movimientos subversivos, y esas ejecuciones en masa se legitiman por la imperiosa y suprema razón de la conservación social.

Pero restablecido el orden, la calma, provista de todos sus abundantes medios de defensa, ninguna sociedad civilizada tienen necesidad de suprimir el delincuente para ponerse a cubierto de sus ataques. Las cárceles ofrecen encierros seguros en donde le es al recluido imposible evadirse. Y en tales condiciones la pena de muerte debe ser considerada como un acto de crueldad innecesaria. Ni aún en el caso mismo de la incorregibilidad cierta de un reo, podría justificarse. La prisión a perpetuidad sería siempre una defensa eficaz  y la pena de muerte un exceso de defensa.

Ni siquiera podría alegarse la inconveniencia de hacer erogaciones para sostener a seres totalmente inútiles a la sociedad. El progreso en la organización de las cárceles y en su apropiación a los fines que deben llenar, hará que el criminal provea con creces por medio de su trabajo a su propio sostenimiento, y hasta que ese trabajo sea bastante productivo para ofrecer indemnizaciones a las personas que han sido perjudicadas por sus actos delictuosos.
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El que se habitúe a las ejecuciones capitales y llegue a presenciarlas fría y tranquilamente, podrá estar cierto de no encontrar y a en sí mismo resistencias orgánicas al crimen, si alguna vez la oscuridad de sus ideas morales y sus apetitos sin dirección lo empujan hacia él.

Las masas populares, a las que generalmente no alcanza el beneficio de una educación regular, habrán perdido el motivo más poderoso quizás de su orientación hacia el bien, cuando alrededor de patíbulo se hayan acostumbrado a contemplar con impasible curiosidad o con enfermizo placer, la sangrienta agonía de un semejante. El Poder Ejecutivo tiene la certidumbre de que estas consideraciones y otras muchas que omite, debidamente apreciadas por V.H. os inducirán a prestar vuestra aprobación al proyecto que se adjunta".


"Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes", tomo 187, año 1906. Consideraciones del proyecto de ley suprimiendo la pena de muerte.

miércoles 15 de febrero de 2012

Muerte aparente de los recién nacidos



MANERA DE HACER VOLVER A LA VIDA EN CASO DE MUERTE APARENTE DE LOS RECIÉN NACIDOS.

El doctor Brown recomienda con este objeto inyectar bajo la piel del niño nacido en estado de muerte aparente la mezcla de:

       Whisky................................................... V gotas
       Tintura de belladona................................... I     "

Este líquido se inyectará en los dos brazos. Los niños abrirán los ojos inmediatamente después de la inyección y comenzarán a gritar.  

Si esto fracasara, el autor inyecta bajo la piel 4 a 8 gramos de agua caliente adicionada de una gota de alcohol aromatizado. (Wien. Med. Pr., núm. 31, 1897).


Del "Anuario Internacional de Medicina y Cirugía", Segunda serie, tomo XXVIII, Enero a Julio de 1898; Libería editorial de  Bailly-Bailliere e hijos, Madrid, 1898.

martes 14 de febrero de 2012

Caronte


"Caronte llevando un alma en su barca", óleo de Joachim Patinir.

Hijo del Erebo y la Noche, era un dios anciano, pero inmortal. Su función era pasar al otro lado del Estix y el Aqueronte las sombras de los muertos en una barca estrecha, mezquina y de color fúnebre. No solamente era viejo, sino avaro; no admitía en su barca sino las sombras de los que habían sido sepultados y pagaban el pasaje; dejaba errar a las de los que no tenían sepultura durante cien años en la orilla del río, donde en vano tendían el brazo hacia la otra orilla. La suma que había de pagarse era un óbolo como mínimo y tres como máximo.

Ningún mortal podía entrar vivo en su barca a menos que una rama de oro, consagrada a Proserpina y arrancada de un árbol fatídico, le valiera de salvoconducto. La Sibila de Cumas dio una al piadoso Eneas, cuando quiso descender a los Infiernos. Preténdese que Caronte estuvo castigado un año en las profundidades oscuras del Tártaro por haber pasado a Hércules, que no estaba provisto de este magnífico y precioso ramo.

Este piloto infernal es representado como un anciano delgado; sus ojos vivos, su cara majestuosa, aunque severa, tienen un sello divino. Su barba es blanca, larga y espesa. Sus trajes son de un color oscuro y manchados del negro limo de los ríos infernales. Está ordinariamente de pie en su navecilla y con las dos manos en el remo.


De la "Nueva Mitología Griega y Romana" de P. Commelin; Editorial Atlas, Buenos Aires, 1945.

lunes 13 de febrero de 2012

Los Congelados



Exclamó el joven sabio:

-¡La vida! ¡Y qué sabemos nosotros de lo que es la vida, amigo mío!... ¿Usted ha visto, sin duda, funcionar esos populares apratos que se llaman ventiladores, y que se mueven en un perenne vértigo, refrescando el ambiente caliginoso de los cafés? ¡Quién no los conoce! Tratase de dos simples hélices cruzadas, que por medio de un sencillo mecanismo giran, agitando el aire. Para ponerlas en movimienio basta meter la clavija (que está al cabo de un flexible metálico envuelto en hilo de algodón) en el enchufe, el fluido corre a través del flexible, y el aparato se echa a girar. Quita usted la clavija; cesa el fluido de comunicar movimiento a la pequeña máquina; las hélices se paran..., y el aparato es como un cuerpo sin vida. Si lo dejamos allí indefinidamente, acabará por orinecerse. Después será inútil comunicarle nuevo fluido. Pero mientras esto no suceda, cuantas veces se produzca el contacto de la clavija y el enchufe, el pequeño organismo funcionará...

Pues bien, amigo mío: la vida no es ya para la Ciencia más que algo semejante a ese fluido eléctrico; es decir, una de las fuerzas constantes de la naturaleza. Por causas casi siempre conocidas, e1 fluido, la bienhechora corriente vital, se suspende, y se para la máquina. Pero es posible, dentro de los modernos conocimientos, aplicarle de nuevo la corriente y hacerla moverse otra vez... Solo que hasta hoy era preciso intentar luego la resurrección, en vista de que el cuerpo humano se descompone con más rapidez que la máquina de que hablamos, y una vez descompuesto es imposible todo tanteo. Felizmente, los últimos experimentos de Raúl Pictet, mi maestro muy querido, con el cual trabajo ahora aquí mismo, abren posibilidades sin límites a este respecto.

¿Quizá habrá leído usted los milagros que mi maestro ha podido realizar con los peces? Imagínese usted una pecera que, por determinados procedimientos, se va paulatinamente helando, primero a cero grados; después, a temperaturas de veinte y aun treinta grados. A los primeros síntomas de frío los peces suspenden todo movimiento. ¡Luego quedan presos en el hielo y acaban por morir!

A esas temperaturas de veinte y treinta grados, el pez no es ya más que un bibelot cristalizado, que se quiebra con suma facilidad, pudiéndose reducirlo con los dedos a pequeños fragmentos.

Pero, y aquí empieza lo maravilloso, después de un tiempo indefinido, durante el cual, naturalmente, se ha tenido la precaución de conservar la bajísima temperatura de la pecera, se deja a esta paulatinamente licuarse; el agua, con suma lentitud, va deshelándose; vuelven los peces a flotar en ella y de pronto empiezan a moverse y a nadar como si tal cosa, agitando sus aletas con el elegante ritmo habitual (1).

El joven sabio hizo una pausa, durante la cual buscaba en mi fisonomía el efecto de sus palabras.

-Pues bien...-prosiguió después de algunos segundos-; ¿qué diría usted si yo le asegurase que, tras muchos ensayos (con ranas, que soportan temperaturas de veintiocho grados; con escolopendras, que la soportan de cincuenta grados; con caracoles, que las sufren hasta de ciento cincuenta grados), qué diría usted si yo le asegurase haber logrado con mamíferos, con cuadrúmanos de gran talla..., con el complicado cuerpo del hombre, por fin, lo que mi maestro Pictet obtuvo con los peces?

-¡Imposible!

-Se ha logrado, sí, señor, y -añadió, acercándose a mi oído -en un subterráneo especial, al que puedo conducir a usted cuando guste, yacen congelados en ataúdes diáfanos, que se hallan a temperaturas terriblemente bajas, varios hombres, sí, señor; varios hombres que, por su voluntad, han querido dormir mucho tiempo, meses, años..., para poner un paréntesis de hielo y de dulce y sosegada inconsciencia entre su dolorosa vida de ayer y la vida de mañana (que esperan sea superior a esta), en una sociedad más sabia.

Claro que han pagado muy caro tal paréntesis; pero como se trata de ricos... Al cabo de cierto tiempo el procedimiento se abaratará, y entonces hasta los más pobres podrán substraerse cuanto tiempo quieran a su calvario cotidiano. A la vejez y a la muerte.

Entre estos congelados de ahora hay dos o tres que están allí por pura casualidad, porque imaginan que cuando despierten se encontrarán en un mundo mejor... Para mí creo que se equivocan; pero, en fin, allá ellos; y uno de los dormidos, el más peregrino de todos, ha pagado por veinte años de inconsciencia. ¿A que no sabe usted para qué? Pues para dar tiempo de que crezca una niña que ahora tiene dos años, y con la cual ha jurado casarse...

-Debe ser un yanqui...

-Ha acertado usted. Es de Denver (Colorado). De tal manera les ha cristalizado a todos el frío, que si les tocásemos podríamos quebrarles en no sé cuántos pedazos, como a los peces de marras; arrancarles una mano o un pie, como si fuesen muñecos de azúcar candi...

Llegado el momento en que, según convenio particular de cada uno, hay que deshelarlos, se les aplica idéntico procedimiento al de los peces, y una vez que el agua ya licuada adquiere la temperatura conveniente, cátalos dispuestos a vivir tonificados, alegres, como si saliesen de un baño... Debo advertir a usted, sin embargo, que los hombres no se mueven así como así, nada más porque se les licue y caliente el agua; hay que hacerles en seguida la respiración artificial, como a los fakires que desentierran en la India al cabo de algunos días de catalepsia provocada. Pero merced a las tracciones rítmicas de la lengua, a los movimientos del pecho, de los brazos y demás, algunos minutos después de licuarse el agua, ya andan nuestros sujetos por allí, vistiéndose, para asomarse de nuevo a la vida, de la que quisieron escapar por determinado tiempo.

¿Quiere ver usted las urnas con sus respectivos congelados? Pues con venir mañana temprano a mi laboratorio, yo se los mostraré, a través de un cristal, naturalmente, porque el sitio en que se hallan mantiénese a una temperatura tal, que se congelaría usted a su vez en dos minutos.

¿Qué misterio solapadamente agresivo había en la sonrisa del doctor al decir esto? No lo sé; pero es lo cierto que, aunque le prometí volver al día siguiente, no me atreví a acudir a la cita... Quizá temí una superchería, una soflama; quizá algo peor; que me metiese a mí en una pecera de aquellas y me mantuviese allí congelado algunos años... Estos experimentos son terribles... ¡Yo tengo mujer, joven y bonita, de la cual aún no me desilusiono del todo; hijos, dinero, buen estómago...; no me va mal en este mundo, y pienso dejar para los penosos días futuros el procedimiento de la congelación!

Amado Nervo

(1) Casi todos los aficionados al alpinismo suelen encontrar sobre la nieve de las montañas mariposas heladas, y en un estado tan especial, que se quiebran si no se las coge con mucho cuidado. Sin embargo, si se transportan estas mariposas a climas más cálidos, reviven y echan a volar. Algunos insectos que acostumbran invernar en este estado de larva o de crisálida no sufren nada aun cuando permanezcan helados largo tiempo; lo que sí les es fatal son los inviernos de temperatura variable, en los que alternan los días templados con los fríos y húmedos. Ya se han encontrado hasta seis especies de mariposas a pocos centenares de kilómetros del Polo Norte.



De los "Cuentos Misteriosos" de Amado Nervo; Editorial Calomino, La Plata, 1946.

domingo 12 de febrero de 2012

Aurelia Díaz



AQUÍ YACE
AURELIA DÍAZ
Hija de 
D. ANTONIO DÍAZ
y de
D. MARÍA SORIANO
Falleció el 23 de Diciembre de 1833
De edad de un año.

Así reza esta antigua lápida con la que me he topado y que guarda los restos de una niña llamada Aurelia Díaz que falleció cuando solo tenía un año de edad hace casi 180 años. Este es nuestro pequeño recuerdo y homenaje para ella, un ser humano que solo existió por un instante y de quien solo queda este breve recuerdo en un rincón olvidado del Cementerio Central de Montevideo. 

sábado 11 de febrero de 2012

Post Mortem LIV: Edgar Allan Poe



"A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa".

Edgar Allan Poe (1809-1849)