jueves, 22 de septiembre de 2016

Post mortem LXXXIX


En esta ocasión estamos ante una antigua imagen que puede fecharse hacia 186 y que muestra al cadáver de una niña de pocos meses con unas lesiones en su cara que seguramente están vinculadas con la causa de su temprano deceso. Quizás sean marcas de alguna enfermedad como la viruela, que tantos estragos hizo en el siglo XIX y en la primera mitad del XX. O bien pueden ser quemaduras o algún tipo de traumatismo horrible que ha quedado retratado para siempre en ese instante triste congelado en el tiempo para siempre...

domingo, 18 de septiembre de 2016

La urbanidad en los entierros I: las esquelas de invitación


Las esquelas de invitación para los entierros deben estar concebidas en términos muy claros y precisos, y sobre todo en los que sean más serios y usuales, y en ella no deben aparecer convidando sino los deudos o amigos muy inmediatos del difunto. Son extravagantes, y aun ridículas, las esquelas mal redactadas, las que se apartan de la forma ordinaria, las que contienen expresiones que no son estrictamente necesarias, y aquellas en que nominadamente convidan muchas personas, por más que el parentesco o la amistad las autorice a todas para ello.

Del "Manual de Urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos" por Manuel Antonio Carreño. Garnier Hnos., Libreros-editores. París, s/f.

sábado, 10 de septiembre de 2016

La muerte del Conde de Lautreamont

Isidore Lucien Ducasse,Conde de Lautréamont
(1846-1870)

1870. Tres días después de su muerte, conducida por la fetidez, la Policía de París encontró el cadáver del poeta Isidore Lucien Ducasse, francés nacido en Montevideo, más conocido como el Conde de Lautreamont. Yacía bocarriba sobre un camastro desvencijado. Las ratas habían empezado a devorarlo. Estaba vestido. La mugrienta camisa la cerraba un raído corbatín de lazo. Y la mano derecha sobre el pecho agarraba fuertemente el primer ejemplar de los “Cantos de Maldoror”. Pocos días antes había cumplido 24 años.

De un testimonio del Conde Gisclon Rannaud.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Consideraciones sobre la muerte II: La muerte en la Baja Edad Media. Muerte individual.


A partir del s. XI se empieza a tener conciencia de la propia individualidad y por tanto de la propia muerte. El nacimiento de la individualidad se plasmó en la representación del JUICIO FINAL. Hasta los s. XI y XII, los muertos esperaban la resurrección en el paraíso, sin tener juicio previo ni condena.

A partir del s. XII, el JUICIO FINAL se representó como unos tribunales que juzgaban  individualmente a cada persona según sus buenas o malas acciones. El Juicio Final, en los s. XII y XIII, tenía lugar al final del mundo pero desde ahora después de estos siglos se da en la propia habitación del enfermo. Asimismo, según las “Ars Moriendi” se entablaba una lucha cósmica entre las fuerzas del bien y las del mal.

LAS SEPULTURAS
  • Hasta el s. XIV y sobre todo en el s. XVII, no se le concede importancia a la sepultura. Anteriormente a estos siglos los cuerpos se entregaban a la Iglesia que a su vez los trataba con indiferencia, amontonando los huesos en osarios y sepulturas anónimas. No se ponía una pequeña inscripción para su identificación.
  • El cementerio era un sitio público, una plaza donde encontrarse con los amigos y donde los mercaderes exhibían sus mercancías.
EL ARTE FÚNEBRE
    • Del s. XIV al s. XVI, en el este de Francia y Alemania occidental, la muerte fue representada en el arte como una momia o carroña.
    • En el s. XVII, los objetos macabros alcanzaron una gran popularidad, surgiendo huesos y esqueletos por todas las tumbas.
    • El miedo a la descomposición y a la muerte física fueron temas comunes en la poesía del s. XV y XVI, así como la vejez y la enfermedad.
Fuente: El Ergonomista

sábado, 3 de septiembre de 2016

El suicidio en el mundo actual

 

Asombra comprobar que ocurren más muertes por suicidio al año que por asesinato y víctimas de guerra combinadas. Según datos oficiales de la ONU, en el año 2012 los muertos por suicidio fueron 803.900 y en ese mismo período hubieron 504.587 muertes por homicidio y 119.463 personas murieron en las diferentes guerras ocurridas en todas partes del globo.

miércoles, 17 de agosto de 2016

La muerte de Doña Teresa Bellettiere

 Doña Teresa Bellettiere a los 89 años de edad

En Montevideo, el día 6 de junio de 1926, dejó de existir por consunción, a la edad de noventa y dos años, Doña María Teresa Bellettiere de Gioscia. A partir de la muerte de su hijo José, acaecida de 15 de noviembre de 1916, comenzó a quebrantarse la salud de esta ejemplar señora que se sobrepuso con estoicismo a las cruentas luchas suscitadas en el seno del hogar -según fueron descriptas- en la larga trayectoria de su vida. Estaba tan arraigado el amor por los suyos, que en el supremo instante, antes de la muerte intentó incorporarse dicendo: "Escuchen hijos, Pascual está tocando mi canción", y en sus labios afloró una sonrisa que la muerte cerró en apacible paz. Y así marchó al más allá, con la misma serenidad que dejó Laurenzana hacia América, para ir al reencuentro de lo que más quiso en la vida: sus hijos y su esposo.

De "Teresa Belletterie, desde Ferrandina al Uruguay, crónica antañonas" por Pascual Fortino. Ediciones G.A.D.I., Florida, 1966.

jueves, 11 de agosto de 2016

La muerte de Enrique II

 Enrique II Plantagenet, llamado de Inglaterra (Le Mans, 5 de marzo de 1133 - Chinon, 6 de julio de 1189)

Muy amargos fueron los últimos años de Enrique II de Inglaterra, quien, dice el historiador C. Bémont, sólo habría necesitado dominarse en ciertos momentos para ser un gran rey. En los últimos años de su reinado, se rebeló contra él su hijo Enrique, quien murió de fiebre en Martel. Tres años más tarde, su hijo Godofredo moría repentinamente en París. Era la época en que Inglaterra lYuchaba por conservar sus dominios en Francia. Con habilidad y astucia, el rey de Francia atrajo a su bando a dos de los hijos más influyentes de Enrique II, Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra, que empezaban a sentirse impacientes del largo reinado de su padre. El monarca inglés, sorprendido por los acontecimientos, perdió Le Mans y la plaza de Tours, hasta que, rendido de cansancio y minado por la fiebre, celebró una entrevista con el monarca francés en la llanura de Colombiére, y aceptó todas sus condiciones. Sólo pidió que se le entregara la lista de los que le habían traicionado, pero el oír el nombre de su hijo Juan, la persona que más quería en el mundo, exclamó amargamente: "-¡No sigáis! ¡Ya habéis dicho bastante!" Perdió allí mismo la memoria. Estuvo delirando tres días, y murió el 6 de julio de 1189, sin haber recobrado la razón.

De "Del amor y otras cosas amenas" de Johannes Breteaux, recopilado en "Los Titanes de lo extravagante y raro". Ediciones Anaconda, Buenos Aires, 1946.