viernes, 15 de diciembre de 2017

Higiene de los cementerios: ubicación


Los cementerios son los lugares que debe tener una población y que están exclusivamente destinados a la colocación de los cadáveres. La higiene ha dictado una serie de principios, que se refieren a la ubicación, extensión, disposición, etc., de los cementerios. Antiguamente, se exigía la ubicación de los cementerios en puntos a favor de los vientos dominantes a fin de que no llegaran a la población las emanaciones peligrosas o desagradables. Actualmente esto no tiene mayor importancia, pues se ha comprobado que los gases originados por la descomposición del cadáver no llegan a la superficie cuando los cuerpos son sepultados a 1.50 metros de profundidad. 

En cuanto a los microbios patógenos para el hombre y que puede tener el cadáver, los numerosos estudios realizados comprueban que, si a un cadáver se le recubre con tierra en la forma conveniente, dichos microorganismos no pueden tampoco llegar a la superficie y por otra parte, que desaparecen en poco tiempo. Una excepción cabe anotar para el bacilo del carbunclo que por su facultad de esporular, adquiere gran resistencia y se mantiene activo durante años. Debemos agregar además la posibilidad de que estos microbios sean llevados a la superficie por gusanos, ratas, etc. 

Conviene alejar a los cementerios suficientemente de la población, a fin de impedir que por la expansión que se produce con el tiempo en toda la ciudad no llegue a quedar en cementerio dentro de ella (vg. Recoleta). Este alejamiento debe ser tal, que no llegue a producir molestias o exigir un largo tiempo para el traslado de la población que constantemente concurre, guardando el recuerdo y el homenaje que se debe a aquellos con que ha estado ligada en la vida.

Del manual "Higiene" por el Dr. Manuel V. Carbonell. VI edición. Editorial "El Ateneo". Buenos Aires, 1948.

jueves, 30 de noviembre de 2017

El Día de los Muertos (1928)



Una vez más ha pasado por la vida de la ciudad, el día en que se recuerda a los muertos. Una vez más nosotros hemos visto pasar por las calles esas largas filas de gente, con sus manos llenas de flores, filas de autos, de coches y de tranvías, llevando flores... La ciudad adquiere en eso días algo de la fisonomía de las grandes ferias. Puestos de flores en las calles, chicos gritando y ofreciendo sus mercancías, anuncios con cuadros de un subido color dramático, carteles, coronas, cintas con dedicatorias en grandes letras doradas. Todo llamativo. Es el mismo color, la misma animación de las ferias.

Grupos de gente que se detiene en los negocios a tratar sus compras fúnebres, mientras se escuchan los compases de un tango de la vitrola cercana. Grupos de familias, buscando entre las pilas de coronas y de placas, una que exprese lo que ellos quieren y que armonice con el precio. Grupos de chicas y chicos, comentando, charlando, riendo... Las amigas que se encuentran mientras eligen mientras eligen sus ramos de flores, se recuerdan la deuda de una visita, o tejen comentarios sobre la última fiesta a que asistieron. Rostros de niñas con labios muy rojos, que acompañan a sus parientes a cumplir la triste embajada, mientras esconden su alegría para ponerse a tono con sus mayores...

Rostros de gente aburrida que cumplen su misión con el mismo entusiasmo que los empleados van a las oficinas. Rostros de gente que no dicen nada, cabezas que no piensan nada... Y van también en las filas, rostros de gente buena, que llevan las huellas del sufrir, profundamente marcadas. Estos son los menos, y van como asombrados de sentir a su lado ese ruido. La mayoría marcha a cumplir una obligación del calendario, algunos hasta con un poco de fastidio. Hay para nosotros no sabemos qué de doloroso en esas filas de gentes que vemos ir y venir empujadas por la costumbre. 

Hay no sabemos que de trágico en ese montón de gente, que todos los años, en el mismo día tiene que caminar por nuestras calles con sus manos llenas de flores, en dirección a los cementerios, empujados por el calendario. Y así lo vemos nosotros, entrando y saliendo de los cementerios, ajenos casi a la escena que realizan. Casi todos van allí a cumplir rápidamente su misión, lo más rápidamente posible. Lo hombres consultando a cada paso sus relojes, y sus libretas, la mujeres preocupadas de sus vestidos y en la observación de los que llevan las que pasan junto a ellas, mientras desfilan entre las tumbas, acompañadas de bullicio mundano que lo domina todo, leyendo a veces rápidamente un epitafio que les hace sonreír...

La larga fila cumple así la orden del calendario, que todos los años, en el mismo día, los empuja al recinto de los muertos. La mayor parte de las tumbas que permanecen abandonadas durante todo el año, en esos días, se limpian, se adornan y se ponen sobre ellas una leyendas bien grandes en letras doradas, se visten así de fiesta para recibir a la visitas... Y mientras la gente lleva a los cemenerios el ruido de la calle, la vida del mundo, el perfume de las flores, la inquietud, la fiebre, el movimiento de la ciudad, los pájaros del cementerio, siguen entonando sus cantos todos los días, junto a las tumbas, acaso porque ellos saben que nunca como en ese día están más solos los muertos.

De "Emociones Montevideanas" por Orestes Baroffio. Claudio A.García editor. Montevideo, 1942.    

martes, 28 de noviembre de 2017

El suelo y los cadáveres


Al igual que toda materia orgánica, los cadáveres sufren en el suelo una serie de transformaciones, que en resumen son: después de dos o tres días desaparece la rigidez cadavérica y se presentan los fenómenos de la putrefacción, que se caracteriza por la acción de los fermentos sobre los tejidos, y por el desarrollo abundante de gases, indicadores del activo funcionamiento de los miroorganismos anaerobios. Después, por la acción de las diastasas autolíticas o segregadas por los fermentos, se produce una especie de licuación de la masa orgánica del cuerpo. La presencia y la penetración del aire, permite después el trabajo de los microbios aerobios, que terminan por transformar la materia orgánica en amoníaco, nitritos y nitratos, vale decir, se sigue el proceso general del cual nos hemos ocupado detalladamente al estudiar el suelo. En el suelo de mediana porosidad y humedad y donde no llegue el agua telúrica, es el lugar, donde la transformación de los cadáveres se hace en las mejores condiciones, completándose en el término de 4 a 7 años. No sucede lo mismo, cuando las condiciones del suelo son otras; los suelos arenosos y de gran sequedad o donde las temperaturas son muy bajas llevan a la conservación o momificación de los cadáveres; otras veces los cadáveres experimentan la transformación cérea, o transformación del cadáver en grasa, debido a que los gérmenes aerobios, no han podido actuar por la falta de aire.

Del manual "Higiene" por el Dr. Manuel V. Carbonell. VI edición. Editorial "El Ateneo". Buenos Aires, 1948.

domingo, 26 de noviembre de 2017

El suicidio de Juan Burlando

Aviso del almacén de la familia Burlando aparecido en "La Idea Moderna" entre 1892 y 1893.

El lunes por la tarde dejó de existir, descerrojándose un tiro en la frente, el comerciante de esta localidad Juan Burlando. Es una irreparable pérdida profundamente sentida por todos los que conocían al extinto y que viene a enlutar una vez más el hogar de la familia de Burlando, amargada ya por recientes sufrimientos. Juan Burlando fue el único que colaboró constantemente en "La Idea" y en "LA IDEA MODERNA". Modesto que era siempre, guardó su nombre bajo un seudónimo que por respeto a sus deseos en vida, no lo damos a conocer. La filantropía fue una de sus virtudes, que sin necia ostentación, practicó siempre que las circunstancias lo llamaban a hacerlo. En este sentido se expresó el Señor Cañizas en el Cementerio, al rendírsele el último homenaje. 

Como colaborador de nuestro semanario, estamos en el deber de dedicar a Juan Burlando estas mal trazadas líneas que, aunque despojadas de frases lúgubres y pomposas ellas son el reflejo fiel y sincero de los sentimientos que abrigamos. Fue uno de los pocos, repetimos, que desde el momento que nacimos a la vida pública, se asoció a nuestra idea batallando por el bien y la moralidad según sus creencias y convicciones. Aún existe en nuestra mesa de redacción un artículo que daremos a la publicidad en el próximo número y en el que como en todas sus producciones, un observador profundo del corazón humano hubiera podido ver la melancolía y tristeza de que se hallaba rodeado el espíritu de nuestro amigo.

Las miserias y penalidades de la vida lo han arrastrado a un triste y doloroso fin que muchas veces se abraza cuando la mente ofuscada por trastornos y dificultades y el corazón oprimido por amarguras y tristezas, se dejan arrastrar por pensamientos siniestros, a los cuales el hombre obedece muchas veces como esclavo. En la flor de su edad y cuando aún podía alimentar esperanzas y esperar placeres se quitó la vida, pensando quizás encontrar una mejor, en ese otro más allá que hay después de la tumba. ¡Qué el cielo corone sus deseos y que el Ser Supremo haya oído su voz! LA IDEA MODERNA se asocia al sentimiento provocado por la inesperada muerte del joven Burlando y envía su pésame por medio de estas líneas al hogar enlutado, rogando para él paciencia y resignación.

Del semanario ilustrado "La Idea Moderna" Nº 7 (12 de febrero de 1893). Salto. Uruguay.      

sábado, 25 de noviembre de 2017

Vehículos fúnebres II


Camión para el transporte de cadáveres de la Policía de Montevideo en servicio en 1927. La fotografía apareció publicada en la Memoria Policia Montevideo 1923-1927 bajo la dirección del Inspector Juan Carlos Gómez Follé.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Cadáveres - Cementerios


Cuando termina la vida, la materia orgánica del cuerpo humano entra en un proceso de descomposición y transformación, que obliga a un alejamiento rápido del cadáver y a darle un destino que impida las graves consecuencias que caso contrario puede orginar. El destino final de los cadáveres cambia mucho de una nación a otra. La incineración, el arrojar los cadáveres al agua, el colocarlos en la "torre del silencio", como hacen los persas, para que los devores los buitres, la conservación por medio del embalsamamiento, la inhumación, la colocación del cadáver en ataúdes  éstos después en panteones y sepulcros, la cremación por los métodos modernos, han sido y son los procedimientos usados, según las costumbres, las creencias religiosas, el grado de civilización de los pueblos.

En las naciones de civilización más adelantada, se sigue hoy día tres procedimientos: la inhumación, la colocación en nichos o en sepulcros, la cremación. Son estos procedimientos a los cuales nos hemos de referir. Un precepto higiénico, que figura como previo, es la comprobación de la muerte, averiguando a la vez, si ésta coincide con el diagnóstico de la enfermedad que la ha ocasionado, evitando así el encubrimiento de críemenes y sirviendo además a la estadística médica. El certificado de defunción, dado por el médico que asistió a la persona durante la enfermedad o por la autoridad municipal competente, es de rigor en nuestro país. En caso de duda, el cadáver es transportado a la "morgue", donde existen medios para su conservación y autopsia.

Del manual "Higiene" por el Dr. Manuel V. Carbonell. VI edición. Editorial "El Ateneo". Buenos Aires, 1948.

sábado, 28 de octubre de 2017

Post Mortem XCIII


En el sitio E-bay aparece esta imgen de una hermosa niña rubia de la época victoriana catalogada como "fotografía post mortem". Observen algunos detalles tales como la mirada extática, los pómulos hundidos y las manos ennegrecidas que parecen indicar que han transcurrido algunas horas desde el deceso...

sábado, 14 de octubre de 2017

Cementerios, velorios y lutos I: Por Real Cédula


Por Real Cédula de octubre de 1752, se ordenó que en los entierros de adultos, el féretro estuviera "forrado exteriormente de bayeta, paño u holandilla negra, con clavos pavonados y galón negro, también"; -y que, en cuanto a los cajones para párvulos y "angelitos" se forraran de tafetán doble y del color que más agradara a los deudores... o al cajonero fúnebre. En lo que se refiere al "velorio", sólo podían colocarse en el túmulo, doce hachas o cirios. Y en las tumbas, donde se solían colocar velas en la noche del entierro o en los aniversarios de la muerte, se concentían hasta cuatro velas encendidas.

De "Recuerdos y crónicas de antaño III" por Rómulo F. Rossi. Imprenta Peña Hnos. Montevideo, 1926.

NOTA: Con esta entrada se inicia una serie dedicada a las crónicas del historiador uruguayo Rómulo Rossi (1879-1945) acerca de la época colonial rioplatense. Su interesante obra está digitalizada y la misma se puede consultar en la web Autores.uy

sábado, 7 de octubre de 2017

Ante el suicidio de Stefan Zweig

 

¿Fue la muerte de este escritor de la burguesía un sacrificio, un holocausto o cobardía? ¿Fue algo sublime o algo indigno en un hombre que se precie de ser tal? Yo condeno la actitud de Zweig y no veo en ella nada más que cobardía, no veo nada más que un precedente que debe ser desterrado de todas las acciones del hombre.  El suicidio como acto personal puede ser necesario, pero nunca si sus consecuencias repercuten contra los intereses de las conciencias humanas. Cuando más se necesita que todos los hombres capacitados unieran sus fuerzas y se opusieran a este desborde asesino de las multitudes, he aquí que uno de los principales no sólo se opone, sino que escapa eludiendo vergonzosamente una responsabilidad que cae sobre todos los seres por igual. En toda su vida no se ve un rasgo de valentía, su muerte es una lógica continuación de ella. Su existencia es una constante huída hacia la felicidad, hacia lo imposible.

Rehuyó toda lucha y todo sacrificio contra un estado de cosas que agobiaba al mundo. Cuando su "patria espiritual" fue invadida por el Instinto del hombre que no le hizo frente sino que escapó hacia cualquier parte, en un afán desesperado de eludir el sufrimiento. Dice él en una carta explicatoria de su suicidio, que: "Después de ver caer al país de mi idioma y a mi patria espiritual (Europa) destruyéndose, y habiendo llegado a la edad de 60 años, se necesitaría una fuerza inmensa para reconstruir mi vida, y mi energía está exhausta por los largos años de pereginación como un sin patria." En una palabra, se suicidó porque se sentía impotente y tenía miedo de luchar contra la crueldad natural de la vida, de esa vida que podría hacerlo sufrir más aún, porque ella siente un infinito placer en castigar a los pobres de espíritu y a los cobardes aunque se incline temerosa cuando se halla frente a los valientes y a los hombres de acción, a los que no se dan por vencidos jamás. 

El suicidio de Zweig no es solo un crímen contra las leyes de la naturaleza, sino que es un atentado contra la Razón y la Dignidad humanas. No es siguiendo este ejemplo que se combate a una Multitud, y como se podrá conseguir la armonía y el amor entre los hombres, sino luchando honradamente, con la frente erguida, mirando hacia el cielo, morada eterna de la verdad. Matarse es huir y toda huída tiene como única excusa y única justificación la cobardía. Sus sesenta años de vida pueden sintetizarse en dos grandes aspectos: lo que significó como hombre y lo que representó como escritor. El primer aspecto nos produce una pobre impresión. Si exceptuamos sus primeros años, la época de su juventud, cuando se entregaba por entero a la vida, no encontramos luego otros gestos activos: éstos desparecen con el estallido de la guerra mundial de 1914, la que lo convirtió en un ser sin voluntad, incapaz de adoptar actitudes enérgicas.

Estos actos posteriores son una constante huída. Solo una vez detuvo su enorme peregrinación, al llegar a América. La tierra del Futuro y de la Paz lo acogió con toda su dulzura. Sin embargo, también ella debia pagar tributo a la locura y Zweig sintió muy pronto vibrar en el aire un suave e inconfundible murmullo que se filtraba por los poros de su cuerpo, retorciéndose y acariciando, con algo de Mujer y de Bestia... y luego un silencio absoluto. Una calma atormentada que explotó en un gran rugido que subió hasta el espacio y quebró su limpidez como si fuera de cristal. En el cerebro de Zweig volvió a resonar la palabra que le había sido asignada por los dioses al nacer: Huir. Y en su huída fue hacia el único camino que le quedaba al hombre que no quiere sufrir: la muerte. Zweig siempre huyó de la guerra y de la violencia. No las amó, pero tampocó la combatió. Su alma y su cuerpo no tenían pasta de luchador y sólo aspiraban a una sola cosa: vivir en paz, escribiendo sus libros.

Stefan Zweig como escritor es la representación más genuina de una época decadente que solo vivió para la materia, despreciando o ignorando el supremo equilibrio que se consigue con el espíritu. Zweig fué, además, el prototipo de los escritores por el dinero. Nadie como él ha sabido pulsar de manera tan delicada el alma de esa serpiente casi humana que es la Burguesía. Fue en este aspecto, hay que reconocerlo, muy sutil. Se dio perfecta cuenta que el éxito monetario de un escritor no está en dar producciones fuertes, vibrantes, profundas en ideas, sino en halagarle los sentidos a la Burguesía, esa Bestia adormecida que se dirige a pasos seguros y firmes, a menos que suceda un cataclismo que cambie la faz del mundo, hacia el dominio absoluto de las cosas, tanto materiales como espirituales.

Hay dos cosas que yo, perteneciente a una nueva generación, jamás le perdonaré: el que haya escrito exclusivamente por el dinero y el que viviendo en una época materialista no intentara resurgir el poder del espíritu. Todas sus obras, con una sola excepción, tratan el tema del sexo y su repercusión en el hombre. No hay en él la magnífica elevación que posee Romain Rolland, el único escritor, de esa generación, que se proyectará en el futuro. De su vastísima producción solamente merecen mencionarse como obras de real significación, las biografías de Fouché y Magallanes, su obra de teatro Jeremías y su novela Los ojos del hermano eterno, la única entre todas sus producciones que deja el estigma del sexo para abarcar un tema netamente espiritual. Las dos biografías que he citado atraen no sólo por la verdad histórica que encierran, están presentados sus personajes principales, sino por ese aspecto de sí y de no en que esa posición dudosa, intermedia, que es defecto y virtud, y que arrancan ora un grito de indignación, ora un grito de fervorosa admiración.

Washington Nión

De la revista  "Apex" Nº 1. Órgano de la Asociación de Arte y Cultura Apex. Montevideo, julio de 1942.                        

sábado, 16 de septiembre de 2017

Signos de la muerte verdadera y de la aparente

 
Antes de pasar a indicar los medios de socorrer á los ahogados, creo no será inútil enseñar al pueblo cuales son ios signos verdaderos de la muerte, y las cautelas necesarias para no confundir los muertos con los vivos. Está bastantemente demostrado que personas consideradas sin vida volvieron á ella en el momento que en calidad de muertos estaban ya depositadas en el cuarto de los cadáveres, en el anfiteatro anatómico, en el cajón, en el cementerio y también en la tumba y se puede asegurar que muchas han muerto por la única causa de haberlas sepultado demasiado pronto. En honor de la humanidad no se puede creer que estos errores dependan siempre de la incuria y de la indiferencia, sino que en ciertos casos son el efecto de la dificultad que hay en distinguir la muerte aparente de la verdadera. Asi es que creo importantísimo el enseñar al pueblo el valor de los signos idóneos para establecer esta distinción, tan necesaria en el examen de los ahogados, de que especialmente pretendo ocupar a mis lectores.

Signo primero — Hay personas que creen que un individuo está muerto por el hecho de que no respira; y para asegurarse del ejercicio de esta función, le ponen una vela encendida debajo de las ventanas de las narices ó cerca de la boca, y dicen que el individuo está muerto si la llama de la vela no se mueve: otros hacen el experimento de un espejo ante la boca y deciden que ha muerto si el vidrio no se empaña; pero estos signos no bastan para establecer la muerte verdadera. Apesar de que exista este indicio, el ahogado puede estar todavia vivo y en aptitud de recibir el beneficio de los socorros necesarios para revivir. Sepa el pueblo que los fenómenos por los cuales la vida comienza, son también los últimos que existen cuando la vida se acaba; es decir, que la circulación de la sangre ha sido la primera á aparecer en el magisterio de la vida; y también es la última que se ejecuta cuando esta se extingue para siempre: los latidos de una de las partes derechas (aurícula) del corazón son los primeros movimientos que se observan en la vida del embrión, y son también los últimos que se distinguen en el individuo moribundo. Tratándose de los ahogados tomados por la muerte aparente, esos latidos pueden ser débilísimos, ocultos, imperceptibles, pero capaces de restablecer el espíritu de la vida, si los socorros son idóneos y oportunamente administrados.

Signo segundo — Se suele considerar como signo de verdadera muerte el aspecto cadavérico de la fisonomía, de la qué los médicos instruidos por Hipócrates nos dan la siguiente descripción, á saber: Frente arrugada y árida, ojos hundidos, naríz afilada, ceñida por un círculo de color pavonado obscuro, las mejillas deprimidas y retraídas, las orejas derechas, los labios colgantes, la barba arrugada y endurecida, la piel aplomada ó violácea, los vellos de las ventanas de la naríz y de las cejas esparcidos como de un polvo blanco-amarillento. Pero adviértase que este signo tomado aisladamente no tiene valor alguno, porque muchas veces se observa en los enfermos 24 y también 48 horas antes de fallecer: y por otra parte, este signo falta muy á menudo en los difuntos por muerte improvisa, como por ejemplo, en los ahogados.

Signo tercero — La morbidez, el hundimiento, la languidez, el reblandecimiento y el empañamiento de los ojos son tambien’considerados por un signo cierto de muerte verdadera. Pero si estos signos son ciertos y constantes en la mayor parte de los casos de muerte por enfermedad, no son aplicables en Ios casos de los ahogados, que tomados por una muerte aparente, pueden revivir si son socorridos.

Signo cuarto — La imposibilidad de apercibir las palpitaciones del corazón y los movimientos del pulso, lo que. indica la suspensión de la circulación de la sangre, han sido por un tiempo consideradas como un argumento decisivo de muerte; pero está perfectamente probado, como ya he dicho, que un individuo puede vivir muchas horas sin que se pueda descubrir el mas mínimo movimiento del corazón y del pulso. A mas de que muchas veces es muy difícil el poder probar si el corazón y el pulso tienen ó no sus pulsaciones, tanto por ser estas muy débiles, cuanto porque las arterias y el corazón se pueden hallar afuera de su situación normal por anomalía natural, por vicio de conformación, ó por alguna enfermedad que los haya desalojado, ó los desaloje.


Signo quinto — Es muy general la creencia de que el individuo está muerto cuando el supuesto cadáver está frió, y que está vivo si el cuerpo conserva algún grado de calor; asi se cree generalmente, y mientras tanto no hay tal vez un signo mas incierto que este; y hablando especialmente de los ahogados, que pueden ser vueltos á la vida, se hallan generalmente frios, muy fríos, al paso que los asfixiados por otros medios que no sea la sumersión en el agua, conservan calor por largo tiempo, aun después de la muerte verdadera.

Signo sexto — Las incisiones, las quemaduras usadas alguna vez para asegurarse de la muerte de un individuo, no son mas que medios secundarios, que nunca pueden dar la certeza de muerte verdadera, aunque pueden darla de la vida cuando el inciso ó el quemado dé signo de sentir los dolores, que son consiguientes á esas medidas cruentas.

Signo séptimo — Uno de los signos ciertos de la muerte verdadera, tal vez es la rigidez cadavérica; pero para que no se incurra en equivocaciones de juicio, es necesario enseñar al pueblo la diferencia que hay entre la rigidez cadavérica y otras clases de rigidez, que pueden ser efecto de ciertos males aun en personas vivas. Antes de todo, y para mayor es-plicacion, es necesario adviertir, que cuanto mas pronta es la muerte, tanto mas tarda en presentarse la rigidez cadavérica. Examinemos las distintas clases de rigidez:

1) La rigidez puede ser mucha en una persona atacada por un frió intenso, aparentemente muerta, pero capaz de ser llamada á la vida, y esta rigidez se distingue de la que es efecto de muerte verdadera, porque la piel, las tetillas, el bajo vientre y todos los demas órganos preséntanse tan duros como los músculos ó las carnes, lo que no ha lugar en la rigidez de la muerte verdadera, en que solamente los músculos ó carnes se hallan duros por rigidez cadavérica.

2) Otra clase de rigidez puede hallarse en los cuerpos de personas desmayadas por graves afecciones nerviosas, la cual muy fácilmente se distingue de la rigidez cadavérica; porque cuando un miembro se halla endurecido por el efecto del espasmo, del tétano, ó de convulsiones, se le hade cambiar de posición con mucha dificultad, y soltándolo vuelve á tomar la misma á que le obliga la enfermedad; lo que no sucede en la rigidez cadavérica, en que el miembro, al cual se le haya hecho cambiar de actitud, no vuelve al lugar que tenia, y conserva la posición que se le ha dado.

3) Otra laya de rigidez es la que puede dejar la síncope ó el fuerte desmayo, la cual es muy distinta de laque es una consecuencia de la muerte verdadera. Atiéndase, que la rigidez del síncope se pronuncia al momento que empieza la enfermedad, y el pecho y el vientre conservan su calor natural; mientras que la rigidez cadavérica no se observa mas que algún tiempo después de la muerte, y cuando el calor natural no se distingue ya en ningún punto del cuerpo.

4) Finalmente, hay la rigidez de los asfixiados, que también se distingue de la cadavérica. Supongamos que examinamos á un asfixiado de doce á veinte minutos, cuyos miembros los hallamos endurecidos: es imposible que esta rigidez sea el resultado de la muerte, porque los cadáveres de los asfixiados fallecidos en pocos minutos no se endurecen sino después de algunas horas; ya que como hemos dicho, cuanto es mas pronta la muerte, tanto mas tardía es la aparición de la rigidez cadavérica. Si el cuerpo del asfixiado por gas ó aire irrespirable ó por estrangulación está frió, entonces es cierto que la asfixia se ha manifestado mas de 12 horas antes, porque en esa clase de casos el calor se conserva, á lo menos, por 12 horas. De modo que dándose este caso no hay duda que la rigidez es cadavérica, siendo imposible que un asfixiado viva 12 horas.

Concluimos, pues, que todos los signos indicados, considerados aisladamente uno por uno, no bastan para decidir de la muerte verdadera y de la muerte aparente de un ahogado, y eximir á cualquiera del deber de prestarle los socorros necesarios. Pero concluimos también, que todos unidos, y tanto mas si están asociados á la presencia de la putrefacción del cadáver (que sin ser ciertísimo por si solo, es el signo mas cierto dé la muerte), pueden autorizarnos á creer verdaderamente muerto al ahogado, y dispensarnos de los deberes recíprocos que la naturaleza y la religión imponen á todo hombre que no sea un desnaturalizado, un bárbaro.

De "Instrucción popular para socorrer a los ahogados" por Bartolome Odicini. Imprenta Liberal, Montevideo, 1856.                                                                                  

viernes, 15 de septiembre de 2017

La muerte de Don Fernando el Católico (1516)

 
 Últimos momentos del rey Don Fernando el Católico (1516)

En 1515 Fernando cayó repentinamente enfermo de mal misterioso, que le produjo un síncope del cual sus servidores lograron hacerle salir con dificultad. (...) Sin embargo, a pesar de sus enfermedades, seguía teniendo mentalidad clarísima y energías sin límites. No pudiendo permanecer largo tiempo en un lugar, obligaba a sus cortesanos a frecuentes viajes, mostrándose incansable. (...) Claramente se veía que le quedaba poco de vida. Padecía de hidropesía, complicada con otros achaques del corazón. Según cuenta Pedro Mártir, respiraba con tal dificultad que huía de la atmósfera de las ciudades populosas, pasando los días en el campo y los bosques.

 Sepulcro de los Reyes Católicos en la Catedral de Granda. Obra de Domenico Francelli.

Aunque no se había mostrado nunca superticioso, al sentirse enfermo observaba cuidadosamente las señales tenidas por funestas. Así se horrorizó al oír que la campana milagrosa de Velilla de Aragón había sonado, porque su repique anunciaba siempre una desgracia. Según algunos cronistas, consiguió reanimarle una vieja hechicera llamada "la Beata del Barco", que le profetizó que no moriría hasta conquistar Jerusalén. Otro adivino le dijo que no se acercara nunca a la ciudad de Madrigal de las Altas Torres, y desde entonces huía de ella como de la peste.

Y por una ironía del destino fue en la pequeña aldea de Madrigalejo donde le sorprendió la muerte. En diciembre de 1515, cuando era huésped del duque de Alba, recibió la noticia de la muerte del Gran Capitán, y quedó profundamente abatido. (...) Continuando luego su viaje hacia el sur, cayó tan enfermo que hubo de hacer alto en una fonda llamada Posada de Santa María, conforme con su destino. No permitía al confesor que se acercara a su cabecera, y cuando Adriano de Utrech, deán de Lovaina y tutor de Don Carlos I, le pidió audiencia, le despidió diciendo: "Sólo habéis venido a España para verme morir."

Quedando luego algo más tranquilo, el Rey mandó llamar a sus amigos y, reuniéndoles alrededor de su lecho, les expresó sus últimos deseos sobre el gobierno del reino. Y después de recibir los Santos Sacramentos, murió plácidamente. Corría el mes de enero de 1516. Acercándose al cadáver, el anciano Duque de Alba cerró caritativamente sus ojo marchitos. Contaba entonces el rey Don Fernanda sesenta y cinco años de edad, y había transcurrido cuarenta y siete desde desde su aventurero viaje a Castilla para conquistar la mano de Doña Isabel.

Muchos críticos le han acusado de ser avaricioso y mísero, pero a su muerte se supo que apenas dejó con qué pagar su entierro. Sus funerales, en contraste con los de Doña Isabel, fueron fríos e inexpresivos, porque muchos de sus partidarios temían mostrar demasiado francamente su afecto, ante la posibilidad de ofender con ello a Don Carlos.En su marcha hacia Granada, la fúnebre procesión, en la que figuraban los leales servidores de Don Fernando, Pedro Mártir y el Duque de Alba, recibió las muestras de pésame de varias ciudades. Zurita nos describe la llegada del cortejo a La Alhambra, y dice que el pueblo se conmovió al ver llegar cadáver al Monarca que en ella entrara triunfalmente en 1492.

De acuerdo con los deseos mostrados por Doña Isabel en su testamento, sus restos y los de Don Fernando fueron más tarde enterrados en la Capilla Real de la Catedral de Granada, y sobre ellos su nieto Carlos I y V erigió un suntuoso mausoleo de mármol blanco, adornado con figuras de ángeles y santos. Cuando hogaño contemplamos la cara astutra de Don Fernando, que parece dormitar al lado de su esposa en la paz de la capilla, recordamos las descripciones que de él dejaron hechas su contemporáneos.

De "La España de Cisneros" por Walter Starkie. Editorial Juventud, Barcelona, 1943.

jueves, 31 de agosto de 2017

Jugando con la muerte...



El Correo de la Gironde, Francia, del año 1861, cita el hecho siguiente:

"Un niño de tres años acaba de sucumbir después de 75 días de padecimientos, por un envenamiento sobrevenido en circunstancias de que habiéndosele dado un juguete llamado barco chino, lo llevó varias veces a la boca. Al cabo de 24 se manifestaron en él síntomas de envenamiento cuyas consecuencias no pudieron evitarse a pesar de los cuidados que durante dos meses y medio se le prodigiaron. Un médico de esta ciudad ha encontrado arsénico y cardenillo en los colores del juguete."

Del "Opusculo sobre higiene de los niños" de Adolfo Buñuel. Imprenta tipográfica a vapor. Montevideo, 1865.                                                                    

viernes, 25 de agosto de 2017

La muerte según José Clemente Orozco

A continuación presentamos algunos ejemplos de bocetos del muralista mexicano José Clemente Orozco (1883-1949) donde se aprecia su sentido trágico de la muerte, que aparece mostrada de la forma más cruda y cruel, algo propio de un artista con un gran compromiso político y social como lo fue Orozco que representó la gran tragedia de su pueblo oprimido en permanente lucha por la libertad. Cabe recordar que para los muralistas del siglo XX el arte era una herramienta de lucha, un llamado a la Revolución y no una simple actividad contemplativa o un entretinimiento. 

El Réquiem (1928)
 
El Velorio (1929)
 
Resurrección de Lázaro (1930)
 
                El ahorcado (1932)                  
 

jueves, 24 de agosto de 2017

El misterioso y lúgubre Richard Tennant Cooper

Richard Tennant Cooper (1885-1957) fue un oscuro artistaq inglés cuyas pinturas fantasmagóricas y con alto contenido metafórico muestran los efectos negativos de la enfermedad y las curas médicas en el cuerpo humano. No hay mucha información disponible sobre Tennant Cooper, excepto que también representó los horrores de la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias. Desde ya agradezco si alguien posee alguna información adicional sobre nuestro artista.

La Muerte visita a la enferma (1911)
 
Los efectos del cloroformo (1911)
 
 Sífilis (1912)

Difteria (1912)

La ciencia luchando contra el cáncer de senos (1910)

El Ángel de la Muerte vierte fiebre tifoidea en el río de una ciudad (1912)

viernes, 11 de agosto de 2017

El asesinato de Gustavo Volpe

Gustavo Volpe (1932-1954)

En los hechos policiales más famosos ocurridos en el barrio de la Aguada de Montevideo cabe mencionar la muerte de Gustavo Volpe, un estudiante de medicina de 22 años que iba en un ómnibus por la calle Sierra (actual Fernández Crespo) el 21 de diciembre de 1954. Viendo que del vehículo se arrojaba un delincuente que terminaba de cometer un robo a una pasajera, tras él se arrojó Gustavo persiguiendo al delincuente y derribándolo al suelo. En esas circunstancia, cuando lo tenía sometido, un cómplice de aquel se le acercó por detrás y le asestó una feroz puñalada, cayendo Volpe mortalmente herido en la mitad de la cuadra de Gaboto entre 9 de Abril y La Paz. El matador era un infanto juvenil, por lo cual se creó un Movimiento de Recuperación de jóvenes extraviados, llevando el nombre de "Movimiento Gustavo A. Volpe".

De "La Aguada y su historia" por Walter Scaldaferro. Montevideo, 1967.

sábado, 29 de julio de 2017

A la muerte

 
En vano cruda muerte,
En mí tu saña apuras;
Si están mis manos puras,
¿Qué mal podré temer?
La llama que a mi mente
Dió un día el alto cielo,
No esperes en el suelo
Tirana oscurecer.
 
El présago sonido
Que exhalas de tu boca
Espante al que provoca
La lid de maldición:
 Espante al que su patria
Sujeta a vil coyunda
Y en crímenes se inunda
De atroz recordación:

Espante al que seduce
Su cándida belleza,
Y en llanto de impureza
La mira sin horror:
Espante al que su hermano
Conduce al cautiverio,
O lleva el adulterio
Al lecho del amor. 

Si yo de paz proclamo
Sus leyes a porfía;
Si odié la tiranía
Y al hombre desleal;
Si miro un nuevo hermano
De Dios en cada hechura;
Si en mí la desventura
Consuelo halló vital:

¿Por qué sangrienta muerte,
Tu saña me persigue?
El que inocente vive,
¿Qué mal podrá temer?
La llama que a mi mente
Dió un día el alto cielo, 
No esperes en el suelo
Tirana oscurecer.

Adolfo Berro

miércoles, 12 de julio de 2017

Testamento de Florencio Sánchez


"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido venere en mi vida, ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido y con olor a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Será para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección cualquiera de mis músculos."

Florencio Sánchez

NOTA: Florencio Sánchez, dramaturgo uruguayo, nació en Montevideo en 1875. Es uno de los más altos valores del teatro americano; hondo, real y crudo en sus concepciones, su pluma fue la primera en sacar al teatro rioplatense del falso género campero en que se debatía. La mayoría de sus obras son doctrinarias, de tesis, y por la forma en que enfocan la realidad acusan en su autor a un fotógrafo estupendo. De entre su producción, que alcanza unas veinte piezas, sobresalen M´Hijo el Dotor, Barranca Abajo, La Gringa, Los derechos de la salud, El desalojo, En Familia, Los Muertos, Marta Gruni y Moneda falsa. Florencio Sánchez, bohemio incorregible, murió en Milán a fines de 1910.               

viernes, 7 de julio de 2017

Post Mortem XCII: Vera Kholodnaya


La joven actriz Vera Kholodnaya (30-VIII-1893 - 16-II 1919) fue primera gran estrella rusa del cine mudo. Falleció con apenas 26 años, en la plenitud de su carrera, víctima de la epidemia de gripe española que hubo a finales de la Primera Guerra Mundial y que se llevó la vida de millones de personas.

lunes, 3 de julio de 2017

Fallecimiento de un socio


Montevideo, enero 9 de 1929

Señor Manuel Ayestarán
Echeverría 17
CIUDAD

Muy señor nuestro:

Tenemos el hondo pesar de comunicarle el fallecimiento de nuestro querido consocio señor Pedro Aramendi, ocurrido el día 3 del cte., lo que ha provocado la modificación de nuestra firma social, que grió hasta la fecha bajo el rubro de

ARAMENDI & CIA.

Por ante el escribano don Julio D. Lagos, ha quedado disuelta esa sociedad, haciéndose cargo del activo y pasivo de la misma, los señores Carlos Aramendi y Rafael Martínez, antiguos componentes de la firma recientemente extinguida. La nueva razón social seguirá los mismos negocios que la anterior, y girará bajo el rubro de 

ARAMENDI & MARTÍNEZ

En la seguridad de que seguirá Vd. dispensándonos igual confianza, le rogamos se sirva tomar nota de las rúbricas que van al pie. Somos siempre sus afmos. y Ss. Ss.

Aramendi & Martínez

De "Correspondencia comercial" por C. Pintos Diago. Claudio García, editor. Montevideo, 1930. 
          

domingo, 25 de junio de 2017

Serpes: hermanos de leche



Nuestras abuelas, o por lo menos la mía, que pasó su infancia en el campo, solía contar una de las muchas historias cuyas protagonistas eran una mujer embarazada y una serpiente. Es la historia de Juan y Angelina Sotelo, una pareja de campesinos que allá por 1886 tuvo en la Rivera de San Miguel a su segundo hijo, Santiago. En esa época, la vida campesina transcurría entre penurias y trabajo, la economía apenas alcanzaba para la auto subsistencia donde todo había que hacerlo, labrarlos o cultivarlo. Las casas distantes las unas de las otras, separadas por las tierras de labranza, unos pocos metros si la familia era pobre o algunos kilómetros si había suerte. Cuando una embarazada estaba a punto de dar a luz seguía trabajando hasta última hora si le era posible... y cuando veían cercana la hora del parto una vecina experta o una matrona venía a ayudarla. Esto ocurrió cuando el pequeño Santiago vino al mundo. Fiebres elevadas acompañaron a Angelina los días previos al parto y persistieron después del mismo. Pero esto era considerado normal, y como se atribuía la situación a la subida de leche no se le daba mayor importancia.

Los primeros días después del parto fueron normales y el pequeño retoño evolucionaba bien. Pero de buenas a primeras el niño comenzó a presentar claros signos de desnutrición. Extraños zumbidos durante el mediodía y a la puesta del sol sonaban dentro de la cabeza de Angelina, a la vez que un extraño estado de somnolencia e incluso pérdidas momentáneas de conciencia se hizo presente. Junto a estos síntomas, el pequeño Santiago, nacido sano, no engordaba lo suficiente a pesar de la abundancia de leche en su madre. El joven matrimonio como otros muchos de aquella época trabajaba duro en el campo para sobrevivir. El escaso jornal que podían sacarle a la tierra tuvieron que gastarlo en pagar las consultas de algunos médicos que atendieron al pequeño Santiago intentando descubrir su posible enfermedad. Ninguno encontraba causas físicas aparentes ni en el niño ni en la madre.

Los vecinos pronto se hicieron eco de la extraña situación que atravesaba la familia Sotelo. Muchas fueron las hipótesis lanzadas por éstos como posible causa de la enfermedad. Tal vez, porque la esperanza es lo último que se pierde... y porque la ciencia no brindaba soluciones a la familia... Una de las vecinas convenció a Angelina, y Angelina se dejó convencer y puso harina alrededor del lecho donde ésta amamantaba a su hijo. Aquella vecina creía que "algo extraño le hacía mal al niño". Estaba en lo cierto. A la mañana siguiente unas rayas aparecieron en la harina. No eran huellas humanas, ni de perro, ni de gato... eran las de un reptil. El pánico se extendió por el vecindario. La gente comenzó a buscar la serpiente primero por toda la casa. No encontraron nada. Y luego por el vecindario... Y no encontraron nada.

Pero una tarde sorpresivamente hallaron la respuesta a la enfermedad de Santiago. Ramón, otro de los hijos del matrimonio, descubrió a la madre inconsciente con el pequeño entre sus brazos. El niño tenía en su boca, a modo de pezón materno... la cola de la serpiente mientras ésta estaba bebiendo de la leche del pecho de Angelina. El niño salió corriendo y gritando para llamar la atención de su padre. En pocos minutos varias personas estaban intentando dar con la serpiente. Ésta ya no estaba en la cama. Después de mucho buscar dieron con su cubil. Detrás de un cuadro ubicado en la cabecera de la cama encontraron su guarida. Quizás si Ramón no hubiera entrado de improviso, Santiago hubiese muerto. Lo único que se tenía claro es que el pequeño había tenido una hermana de leche... una culebra de un metro y medio de largo y con el ancho de un puño humano adulto. Como esta, son muchas las historias que corren de boca en boca por las aldeas rurales. Son muchas las familias que en distintos sitios del planeta pueden dar cuenta de estas avispadas hermanas de leche, las Serpes.


 Publicado en el portal 7 calderos mágicos dedicado a la difusión de la lectura, la literatura y la educación


sábado, 17 de junio de 2017

El anillo de boda de la muerta


En Joachimstal, en la región de Angermünde, murió una mujer casada. El marido tuvo gran sentimiento, le hizo un buen entierro y la llevó al camposanto. Mas antes de meter el féretro en la tumba, y al descubrirla, tomó el anillo de boda de la mano de la muerta para conservarlo. Una vez hecho esto y dado tierra al cadáver, regresó a su casa. Guardó el anillo en una caja y se dispuso a acostarse, porque ya se había hecho de noche. 

Sin embargo, el dolor no le dejaba reposar y estaba completamente desvelado. Tenía las ventanas de su habitación abiertas y en un momento vio, lleno de sorpresa, que a través del jardín venía una forma blanca, que pronto reconoció como su mujer. No se atrevió a moverse y vio cómo la aparición entraba en la casa y andaba por las habitaciones, como buscando algo. Después desapareció.

El campesino, a la mañana siguiente, atribuyó lo que viera a un sueño o a una fantasia. Por la noche, sin embargo, volvió a suceder lo mismo: llegó la mujer, entró en la casa, y buscaba y buscaba. Creyó el asustado hombre oír como suspiros y una voz entrecortada que decía lastimeramente: "¡Mi anillo! ¡Mi anillo!"

Esto se repitió una noche más. Hasta que el campesino, creyendo que fuera el anillo de boda lo que la muerta buscaba, lo sacó de la caja en donde lo había guardado, fue al cementerio y lo metió junto a la tumba de su mujer, todo lo hondo que pudo. La aparición no volvió a la casa y el marido comprendió que la mujer había alcanzado ya el reposo. 

Leyenda popular alemana

domingo, 11 de junio de 2017

Los anónimos ritmos del dolor

Caricatura de Carla Witte
 
LA MUERTE 
 
¡Ah, esta buena Ciencia del infierno! ¡Cómo me divierte! Y este viejo, este gordo y apacibleviejo,limpio, alimentado, de gran vientre cómodo, él siente todavía, este viejo, una especiede alegría: por todos esos jóvenes que mueren. ¡Oh, qué eres dulce a mi alma, vieja carne,cerebro ya vacío de sangre, mejillas colgantes,manos temblorosas, ah!, la Ciencia! ¡Ah! qué bien le viene todo esto a los hombres,perfectamente bien, también para los hijos de los hombres! 
 
De "El destino manifiesto" por Pierre-Jean Jouve, 1916.

viernes, 26 de mayo de 2017

Muerte celular y muerte individual


La muerte, es el último proceso biológico natural de un organismo. Biológicamente, la muerte natural es la muerte por senectud, proceso letal que se ha desarrollado lentamente. El concepto vulgar de "muerte natural" se opone al de "muerte accidental". Cuando una persona fallece inesperadamente se habla de "muerte repentina", biológicamente no es una muerte natural, si no producida por un proceso patológico oculto y manifestado de manera fulminante. Cuando en un animal superior, comprobamos el cese de sus movimientos respiratorios y cardíacos, decimos que ha muerto. Esta muerte individual no significa la muerte simultánea de sus tejidos. La uñas y los pelos de un cadáver continúan viviendo un tiempo, los leucocitos continúan deambulando por entre las células, excitando un músculo se contrae, etc. 

Es decir que la muerte individual, señala el cese del funcionamiento armónico y total de un complejo mecanismo, pero no significa la muerte de cada uno de sus integrantes, que tienen una sobrevida más larga. Biológicamente la muerte no es el fenómeno brusco, integral, que supone el vulgo, es por el contrario un largo proceso, en el trancurso del cual se produce la sucesiva muerte de las células, hasta que lo hacen todas. Hay pues, una gran diferencia y media un lapso grande, entre la muerte individual y la muerte celular. La muerte individual no es más que un proceso de desorganización, que señala el fin de un ser viviente, en cambio la muerte celular es la destruccción natural del protoplasma, producida después del deceso del individuo y que puede realizarse en determinados tejidos, sin afectar la vida del conjunto (cornificación, lignificación, etc.)

Del libro "Biología" de V. Héctor Vacarezza. Libreros editores: A. Monteverde y Cía, "Palacio del Libro". Montevideo, 1953.

sábado, 20 de mayo de 2017

Consideraciones sobre la higiene de los cementerios de Montevideo


La historia de la higiene pública ha venido a ser tan necesaria para la salud de las poblaciones que aún fuera del cuerpo médico, se encuentran hombres esclarecidos entregados a la ciencia y a la humanidad, que se esfuerzan en hacer desaparecer todas las causas susceptibles de engendrar enfermedades: sin nociones precisas a este respecto, el instinto de conservación, ayudado por la razón y la experiencia, los guía en sus empresas. Se observa en las costumbres y usos de los pueblos de que se compone la especie humana, diferencias sorprendentes que dependen del grado de civilización, de sus dogmas religiosos; de sus leyes, y de una infinidad de causas locales más o menos variables. Hay un punto sin embargo, en el que todas las sociedades siempre han estado de acuerdo: es el respeto debido a los despojos del hombre y el deber de darles sepultura. Este respeto, este deber, parten sin duda de las fuentes morales que tienden a estrechar los vínculos sociales; puesto que el sentimiento que nos lleva a la conservación de los seres de nuestra especie, se debilita, se aniquila con facilidad y cede algunas veces su lugar a la ferocidad, en el hombre que se familiariza con la imagen de la muerte y con los estragos progresivos de nuestra destrucción material.

Pero, a más de esos motivos morales, hay motivos físicos que fuerzan al hombre que vive en sociedad, a hacer desaparecer del suelo, los restos los restos inanimados de sus semejantes. El olor fétido de la putrefacción, los peligros que resultan para la salud, son otras tantas razones que explican fácilmente el cuidado con que los pueblos más incultos, siempre han alejado los cadáveres de su seno. Entre las naciones civilizadas, se inhuman generalmente a los fallecidos en lugares llamados cementerios. Desde mucho tiempo, ya no se establecen en el centro de los pueblos, ni deben tampoco estar en los terrenos contiguos a las iglesias. Hay también que fijarse en la naturaleza y posición del terreno, así como en su extensión relativa al estado de la población.Si el terreno es húmedo y ligero como en el cementerio de Montevideo, la descomposición marcha rápidamente; dos años apenas, bastan para que sea completa, según Orfila.

De manera que en los lugares poco poblados, donde las fosas no se renuevan sino cada quince o veinte años, la tierra no contiene ningún vestigio de los antiguos cuerpos; cuando al contrario, el terreno es calcáreo, la putrefacción es lenta y difícil; y se abren hoyas en parajes que hayan servido anteriormente para inhumaciones, se encuentran frecuentemente restos de cadáveres que no están aún alterados. En semejantes condiciones, los despojos humanos que se hallan en las excavaciones que se hacen, uniendo su acción a la del cuerpo nuevamente enterrado, serían peligrosos; y lo serían tanto más, si los sepultureros no cuidasen de juntarlos en el fondo de la fosa y si ésta no tuviese la profundidad debida.

Todo cementerio debería tener una superficie cinco veces mayor que la necesaria para los entierros de un año, con el fin de no dar sepultura a nuevos cadáveres en el mismo sitio durante cuando menos cinco años. Para que el cadáver sepultado a la profundidad de cinco pies, quede reducido al estado de esqueleto, no se necesita generalmente más que diez y ocho meses; algunas circunstancias prolongan a veces el término de la completa descomposición del cadáver. El cerco de un cementerio, no debe tener mas que tres varas de alto; las plantaciones que se hagan en él, deben ser distribuidas de modo que no se opongan a la libre circulación del aire. No se permitirán edificios en sus cercanías, para que nada se oponga a la diseminación de las emanaciones fétidas; y para evitar también a esas casas el peligro que correrían sus habitantes por las filtraciones acuosas cargadas de elementos deletéreos que podrían mezclarse al agua de las fuentes o de las corrientes vecinas, comunicándoles propiedades dañosas.

Las fosas deben tener cinco pies de profundidad: si fuesen mas profundas, se retardaría la descomposición de los cadáveres por la privación del aire, del calórico, etc; y si lo fuesen menos, daría lugar a que se abriesen paso las emanaciones y así se infestase la atmósfera. En el cementerio de Montevideo, deberían cerrarse herméticamente los nichos con una loza de mármol, y no taparlos con ladrillos y barro que dejan paso a las emanaciones. Así, es pernicioso para la salubridad, el sistema de inhumación que se practica en la actualidad en ese cementerio. En efecto, las carnes se descomponen al aire libre, trayendo sobre la ciudad nueva miasmas pestilentes, y que lo son más o menos según fuesen los vientos del este o del sudoeste. Cuando la putrefacción de un cadáver está adelantada, cuando los productos de ella se abren paso al exterior -después de haber quedado reconcentrados mucho tiempo en las sepulturas- entonces se altera el aire de un modo muy peligroso.

En la putrefacción de un cadáver, hay absorción de oxígeno y desprendimiento de una cantidad más o menos grande de amoníaco, libre o combinado con los ácidos carbónico, hidro-sulfúrico, acético, etc; y muchos de esos mismos ácidos se encuentran al parecer mezclados con los gases óxido de carbono, hidrógeno-carbonato, hidrógeno-fosforado. Pero lo que todavía no conocemos, es la naturaleza de los afluvios fétidos que todos esos gases arrastran consigo y cuyo olor varía según los diversos períodos de la putrefacción. El cementerio inglés se debe alejar del centro de la población, de la calle principal y del mercado.

Del libro "Consideraciones sobre higiene y observaciones relativas a la de Montevideo" de Adolfo Brunel. Imprenta de "La reforma pacífica", Montevideo, 1862.               

jueves, 18 de mayo de 2017

La identificación dactiloscópica aplicada a las defunciones



Nada dificulta la unión del dactilograma al acta de defunción. El médico que da fe de la muerte, podría dar fe de su dactilograma y tomar las huellas digitales, y de los otros datos verdaderos o falsos que obtuviera respecto a la identidad del cuerpo. Este acta de defunción, en cualquier sitio que ocurriera, se llevaría al registro central y ella cerraría la historia civil del individuo, cuya historia habría empezado con el acta de nacimiento. Así sería entonces más fácil -lo que hoy suele ser muy difícil- saber si tal o cual sujeto está vivo o no, pues entonces el dactilograma de todo muerto salvo casos, bien solo (cuando no fuere conocido) o bien acompañado con los datos que se supiesen, al registro central y allí sería identificado y sería la inscripción oportuna. Sabido es que el dactilograma del muerto puede ser recogido hasta que se descomponga el cadáver, de modo que la indentificación de los muertos desconocidos, una vez funcionando durante cierto tiempo el registro central, sería cosa fácil, lo que hoy tanto cuesta. Léase el interesante trabajo de Mariano de Campo A dactyloscopia no morto (Río de Janeiro, 1907) para apreciar los éxitos de la identificación dactiloscópica en este terreno de sus aplicaciones civiles.

Olóriz dice a este respecto: "La inscripción del número personal de identidad en tarjetas, objetos y vestidos permitiría descubrir la filiación civil de niños perdidos, de accidentados y cadáveres, bastando para ello leer en las manos el nombre dactilar y ver si coincidía con el inscripto en el Registro bajo el mismo número de orden encontrado en las ropas. Si ni aun número de orden se encotrase sobre un cadáver anónimo, despojado y quizá podrido, como, por triste experiencia, sucedió con algunos de nuestros soldados en el Riff, todavía tomando las impresiones digitales, cosa factible durante los dos meses siguientes a la muerte, si las circunstancias fueren favorables y hasta después de muchos años, en las momias, sería fácil la búsqueda en el Archivo de hojas dactilares, según la práctica hoy corriente".

De "La identificación dactiloscópica" por Fernando Ortiz. Editor: Daniel Jorro. Madrid, 1918.

sábado, 8 de abril de 2017

La "Danza de la Muerte", de Holbein


No hay escena en la que un pintor superficial y débil hubiera adoptado con más seguridad los lugares comunes de la creencia de su época que la muerte de un niño, sobre todo la muerte de un niño de aldea, un retoño nuevo del campo y de la cabaña. Seguramente para ese pintor, los ángeles guardarían su lecho de enfermo y se regociarían al llevar su alma; y sobre su mortaja se esparcirían flores y los pájaros cantarían en su tumba. Así pensaría y pintaría vuestra vulgaridad sentimental. Holbein ve los hechos como son en realidad, hasta el punto en que la visión cesa. Entonces habla.


La cabaña del labrador campesino es así: la lluvia entra por su tejado, la cal se desmorona de sus tabiques, el hogar está encendido con unas pocas astillas y virutas en un espacio algo alzado sobre el duro suelo, con todo lo que puede combinarse para el uso, sin lujo alguno. La leña húmeda chisporrotea; el humo, detenido por el tejado, aunque no hay lluvia, se repliega otra vez y baja. Pero la madre puede calentar la cuna de niño: le da pan y leche, cogiendo el puchero con la larga asa; y aunque sea sobre el fangoso suelo, son felices -ella y su hijo y su hermano- si siguiesen ahí. No seguirán; el niño debe abandonarlos, nunca más necesitará leche caliente. De buena gana se quedaría; no ve a los ángeles, sólo siente una presión helada en su mano y que no puede quedarse. Los que le amaban gritan y besan sus cabellos en vano, aturdidos de disgusto. "¡Oh, pequeñito!, ¿Tienes que descansar en el campo y ni siquiera esta noche bajo este tejado de tu madre?".


Y así siempre: no había en el antiguo credo un asunto en que más resuelta y constantemente se insistiese en la muerte de un mísero. Había sido feliz hasta entonces, pensaban los antiguos predicadores; pero su hora había llegado; y la sombría avidez del infierno está despierta y vigilante; la afilada garra de la harpía hará presa en su alma y disipará su tesoro para otros. Así enseñaba el predicador y el pintor de lugares comunes. No así Holbein.


¡El demonio quiere apoderarse de su alma, es verdad! Aún más, nunca tuvo un alma sino por donación del demonio. ¡Su miseria comienza en el lecho de muerte! Aún más, nunca tuvo una hora feliz en su vida. El demonio está con él ahora, un demonio mezquino, extenuado, sin aliento siquiera para respirar fuerte. Aviva la hoguera del infierno con una máquina. Es en invierno y el rico tiene su capa forrada, gruesa y pesada; el mendigo, descubriéndose para para pedirle limosna, con la piel y los harapos colgando, toca su hombro, pero todo en vano; hay otros negocios entre sus manos. Má hosco que el mismo mendigo, consumido y paralítico, el rico cuenta con los dedos las ganancias de los años venideros.


Pero de estos años, por infinitos que hayan de ser, no dice nada Holbein. "No sé nada; no veo nada. Sólo veo, en este día de invierno, el pálido obstáculo que hay a vuestros pies, la muerte por vosotros no percibida y olvidada. No salvaréis el obstáculo que pasa a vuestra lado; hay en el extremo una figura macilenta, en la piel y en los huesos, que os detendrá; y para todos los tesoros ocultos de la tierra, aquí está vuestra azada; cavad y rebuscadlos".

De "Arte primitivo y pintores modernos" por John Ruskin. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1944.

sábado, 25 de marzo de 2017

Vitya y las palomas de la libertad

 

 
El 28 de noviembre de 1941, durante la invasión a Rostov, los alemanes fusilaron al adolescente Vitya Cherevichkin cuando tenía 16 años porque escondía palomas en su casa. Los nazis habían prohibido a la población civil que criara esas aves por temor a que las emplearan para comunicarse. Luego de la guerra, Vitya fue nombrado "Héroe de la Unión Soviética" y un monumento lo recuerda en su ciudad natal.

martes, 28 de febrero de 2017

José Rossi & Cía. (1928)

Aparecida en la "La Pluma", revista mensual de ciencias, artes y letras. Vol. 8. Montevideo, 1 de setiembre de 1928.

lunes, 20 de febrero de 2017

Hipnosis analgésica

 
 
 

Duras imágenes de una paciente oncológica afectada por un cáncer en su estado terminal, tratada con hipnosis, como parte de un tratamiento paliativo experimental, para aplacar los horribles dolores que padecía. Las tomas forman parte de un fotorreportaje del fotógrafo inglés Leonard McCombe (n. 1923) realizado en un hospital inglés, en 1968.