domingo, 27 de diciembre de 2015

El Cementerio Central de Montevideo


Durante mucho tiempo nuestra capital careció de un paraje adecuado para servir de cementerio y los cadáveres eran sepultados en las iglesias. Esta antihigiénica costumbre duró hasta 1792, en cuyo año "el doctor Juan José Ortíz, se resolvió, con piadoso celo, a construir un mediano camposanto al descubierto, bajo cercado, contiguo a la Matriz (esquina hoy de las calles Ituzaingó y Rincón), que vino a ser el primer camposanto en forma que hubo dentro de los viejos muros de Montevideo".(1)

Por su parte, los religiosos de San Francisco, que ocupaban las dos manzanas comprendidas entre las calles Piedras, Cerrito, Zabala y Colón, y tenían su iglesia y convento sobre las de Zabala y Piedras, habían elegido como enterratorio un vasto terreno con frente a la calle Cerrito y que se extendía desde la calle Zabala hasta Solís. En este cementerio fueron sepultados muchos de los combatientes, tanto ingleses como españoles, que sucumbieron durante el asalto y toma de Montevideo por el general británico Auchmuty el 3 de febrero de 1807.

En 1809 se estableció una rudimentaria necrópolis fuera del recinto fortificado "en la costa sur de esta ciudad, allá por donde llamaban la playa de las Basuras y que subsistió hasta el año 35 en que se inauguró el Central..."(2) Este cementerio se encotraba en la calle Durazno entre las de Andes y Florida. Era un simple corralón cercado con un muro no muy alto, careciendo de capilla y que apenas contaba con un mísero cuartucho donde el sepulturero guardaba sus herramientas.

Al planearse la Ciudad Nueva, este modestísimo camposanto quedó englobado en el amanzamiento poryectado por el Ingeniero militar José María Reyes, y de ahí que se impusiera su traslado a otro paraje más alejado  de la zona edificada, eligiéndose un predio que se encontraba en el extremo sur de la calle Yaguarón y cuya superficie alcanzaba las 24.500 varas castellanas (algo más de 18.000 metros cuadrados). Se le dió el nombre de Cementerio Nuevo y su uso fue reglamentado durante la presidencia del Gral. Oribe, el 1° de octubre de 1835.

"Difícil es poder afirmar a qué plan arquitectónico respondió en sus comienzos el nuevo cementerio. Cabe solo presumir por otros hechos y circunstancias, que una superficie cuadrada limitada por muros, a los cuales se adosaban los nichos superpuestos que se destinaban al depósito de cadáveres, constituía entonces todo el recinto funerario creado. La superficie central, partida en cuatro cuarteles por dos calles perpendicularmente entre sí, era la que se destinaba a fosas de enterramiento".(3)

Probablemente, fue con el objeto de aumentar la capacidad que se adoptó el sistema de varios pisos de nichos, inspirado tal vez en los antiguso "columbariums" romanos. Pocos años después se encargó al Arq. Carlos Zucchi, un proyecto de planificación racional de la nueva necrópolis montevideana, habiéndolo presentado dicho profesional "en 1838 acompañado de una memoria con interesantes datos estadísticos y observacionales de carácter científico".(4)

No parece que el plan de Zucchi haya tenido, ni siquiera, comienzos de ejecución, lo que no es de extrañar, si se tienen en cuenta los años turbulentos que siguieron al de 1838 (invasiones de los generales Echague y Oribe, "Guerra Grande", sitio de Montevideo, etc.). De manera que dejaremos para más adelante completar el estudio del Cementario Central cuando tratemos de su ensanche en 1838, así como la de la construcción de su bella Rotonda y de su curiosa, pero no menos interesante Portada principal.

(1) ISIDORO DE MARÍA: Montevideo Antiguo; Tomo IV, p. 45.
(2) Obra citada.
(3) EUGENIO P. BAROFFIO: El Cementerio Central. Estudio publicado en la revista Arquitectura (Órgano de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay) N° 173, abril de 1932.
(4) Obra citada.

 De "La arquitectura en el Uruguay" de Juan Giuria"; tomo II: de 1830 a 1900. Universidad de la Repúblia. Facultad de Arquitectura. Instituto de Historia de la Arquitectura. Montevideo, 1958.

domingo, 13 de diciembre de 2015

La futilidad

 
Título: "Alegoría de las vanidades de la vida humana"
Autor: Harmon Steenwijick
Técnica: Óleo sobre tela
Fecha: c.1640

Al parecer, estos bodegones alegóricos llamados "vanitas" (del latín: vanidad) eran muy del gusto de académicos y estudiosos del siglo XVII quienes posiblemente se entretenían descifrando sus símbolos. Estos cuadros son un recuerdo de la brevedad de los triunfos terrenales y la certeza de la muerte. En este ejemplo, un rayo de luz señana una calavera, símbolo evidente de la muerte. A su lado encontramos una caracola exótica y una espada representativas de las riquezas materiales, y unos instrumentos musicales, que aluden a los placeres del entretenimiento. El tiempo, sin embargo, pasa inexorable, como muestran el reloj y la llama agonizante. La sombra de la muerte se cierne sobre todo.

martes, 1 de diciembre de 2015

“Guardia de las SS muerto flotando en un canal”, de Lee Miller (1945)

 

Esta impresionante fotografía fue tomada el 29 de abril de 1945 por la fotógrafa Lee Millerde lde la revista Vogue en el campo de concentración alemán de Dachau inmediatamente después de la liberación por parte de las tropas estadounidenses. “Jamás podré sacarme de la nariz el hedor de Dachau”, declararía Lee Miller varios años más tarde.

domingo, 1 de noviembre de 2015

¡Feliz Día de los Difuntos!

Les deseo un feliz Día de los Difuntos y para celebrarlo les invito a ver la película animada "The Haunted House" de Walt Disney, del año 1929.

sábado, 24 de octubre de 2015

El asesinato de Florencio Varela


Título: "El asesinato de Florencio Varela"
Autor: Juan Manuel Blanes (1830-1901)
Técnica: Óleo sobre tela
Medidas: 1,78 x 1,46 m
Ubicación: Museo Histórico Nacional
Fecha: 1870

Florencio Varela (1807-1848) fue un notable escritor y político argentino, miembro de la llamada "Generación del 37". Como poeta sobresalen sus composiciones Canto a la concordia y A la libertad de Grecia y como prosista, Sucesos del Río de la Plata; Rosas y su tiempo y Autobiografía. Florencio Varela combatió la política de Juan Manuel de Rosas y se vio obligado a emigrar a Montevideo donde murió asesinado en un oscuro episodio el 20 de mayo de 1848, apuñalado por la espalda cuando se disponía a entrar a su casa.

domingo, 11 de octubre de 2015

Atilio Pelossi: dar la vida por altruismo

 ATILIO PELOSSI
Muerto en Montevideo el 11 de junio de 1925

Asunción Muñoz, casi niña aún, buena y linda, se retiraba de su empleo en una casa de cintas cinematográficas, donde se desempeñaba con gusto e inteligencia; respetuosa y cumplida con su superior, amable con sus compañeros, se conquista todas las simpatías.  Junto al director y a sus buenos camaradas, contempla una tarde la proyección de una película, que debía exhibirse en uno de nuestros cines, para deleite de niños y mayores... Y he ahí, que de pronto se escapa una chispa del motor de la máquina, provocando vertiginosamente un pavoroso incendio que consume todas las películas y amenaza la vida del patrón y sus empleados... Inútil todo esfuerzo por ahogar aquel fuego. Lo preciso es salvarse: voces de espanto dicen a gritos el horror de esas horas de incendio... En precipitada fuga, las puertas se abren, buscando la calle. Alguien advierte que la niña empleada, como equivocara la salida, corre hacia el fondo... Quería salvar de las llamas el sombrerito y el abrigo que ostentara con inocente coquetería, sin medir, la pobrecita, lo que significaba aquel minuto de pérdida...

Uno de sus compañeros, niño como ella, la llama, la busca con afán desesperado... Todo inútil... Asunción Muñoz, que así se llama la niña, no está. ¿Habrá logrado escapar por la azotea de la casa? ¿Habrá salido?... No hay tiempo para contestar esta muda interrogante del compañero... Las llamas han hecho presa de toda la mansión. El fuego, las chispas, el humo y el calor del incendio, restan fuerzas, asfixian... No hay tiempo que perder... De un lado lo irremediable, lo fatal, la muerte; del otro, la salvación pronta, sin perder un instante... Y  he ahí que dos amigos quieren convencer y aprisionar entre sus brazos a un adolescente que la casualidad lo ha guiado al lugar del siniestro... "No intentes penetrar", "es una osadía", "te costará la vida". Son palabras huecas, que llegan al oído del muchacho valiente... Nada lo detiene: una mujer peligra su vida y es preciso salvarla... recuerda el gesto heroico de Viale, aquel náugrago del vapor América...

Y Atilio Pelossi, el mancebo valiente, que lleva por escudo, un pañuelo en la boca, para cruzar entre las llamas; en el alma un impulso heroico y único y en su corazón un sentimiento de infinita ternura para aquella desconocida a quien quería arrancar de la muerte, se arroja a salvarla.Y el obrero humilde, el electricista que ya una vez sin saber nadar se había arrojado al agua para salvar a un desconocido, sin una vacilación, con sublime serenidad, consciente del sacrificio que importaba su osadía, pero dominado por la heroica resolución de salvar a la niña, aquel muchacho bueno, generoso, que otras veces con más suerte había salvado otras vidas... aquel muchacho, no volvió... Quedóse allá, en el fondo, donde hallara a la infortunada compañera, desde aquel momento de horrible tragedia... Horas más tarde, la fuerzas del Cuerpo de Bomberos, encontráronlo muerto, carbonizado, como la niña que él tanto deseó salvar...

La grandeza de alma de aquel humilde obrero electricista ha conmovido hondamente la conciencia popular... Y en el corazón de cada uno de los hijos de esta patria que amamos, florecerá el laurel de la gloria, que ostentaremos bien alto, con verdadero orgullo en el jardín de nuestras almas... Recordemos que fue un héroe, que era joven con derecho a la vida... Que también en su hogar había calor de afectos... Y olvidó todo... el padre, la abuela, amigos y novia, en holocausto de su noble tentativa y de su desinterés.

De "Cultura Moral" por Joaquín Mestre. Papelería Comini, casa editora, Montevideo, s/f.             

martes, 6 de octubre de 2015

Post Mortem LXXXVI: Máximo Santos


La fotografía muestra la capilla ardiente del Gral. Máximo Santos (1847-1889) en su casa de la Calle 18 de Julio, esquina Cuareim. El ex-presidente dictatorial murió desterrado en Buenos Aires el 10 de mayo de 1889 y su cuerpo fue traído a Montevideo para su inhumación. Cabe recordar qeu Santos fue Jefe del Batallón de Cazadores N° 5, Ministro de Guerra y Marina de Vidal (1880). Presidente de la República (1882-1886). Presidente del Senado en ejercicio del Poder Ejecutivo (1886)

domingo, 27 de septiembre de 2015

Deber de humanidad


En el cementerio de la Recoleta de Buenos Aires existe un monumento que la admiración y la gratitud erigieron hace algún tiempo a la memoria de un héroe muerto en el mar. No se trata, sin embargo, de un marino, ni de un militar, sino de un simple ciudadano: don Luis Viale. El monumento representa un hombre cuyo rostro refleja mezcla de dolor y firme resolución, dirigiéndose a largos pasos a un sitio del cual no aparta la vista, y llevando en la mano derecha un salvavidas, de esos que se usan en alta mar cuando ocurre un naufragio. ¿Adónde va? ¿Por qué lleva ese objeto en la mano? Van a saberlo.

Una víspera de Navidad, el 24 de diciembre de 1871, embarcáronse en el vapor América numerosos pasajeros con destino a Montevideo. La alegría y animación, propias de personas que viajan por placer, reinaban entre ellas hasta pasada la medianoche, por cuyo motivo muchos no se habían retirado aún a sus respectivos camarotes. De pronto, la voz de ¡fuego a bordo! resuena repetida y multiplicada por los labios de los consternados pasajeros, a la que siguieron las de ¡socorro! ¡sálvemonos! lanzadas con la desesperación que da el convencimiento de que todo esfuerzo es inútil e imposible. El fuego avanza con desesperante rapidez... los tumbos del buque revelan ya los estragos del voraz elemento... ¡comienza a hundirse!... La tripulación trabaja esforzada y abnegadamente, pero todo es inútil.

La más espantosa confusión sucede a la alegría de momentos antes. Todos corren en busca de salvavidas y luchan por conseguir uno. Las madres llaman a sus hijos y piden que se salven. Los hombres tratan de embarcar a los suyos en las lanchas desamarradas ya del buque. Los gritos de los que caen al agua o de los que ven la muerte inminente, se mezclan a los de la gente de a bordo que lucha aún contra el fuego. Aquello es horrible.

En ese momento, Viale, que viaja solo y ha conseguido un salvavidas, se dirige hacia la borda para cenírselo y saltar al agua. Es buen nadador y espera salvarse. Pero, ante él, una señora, con la desesperación pintada en el rostro, sin proferir una queja espera, aterrada y convencida, sin duda, de la inutilidad de toda tentativa. Viale se detiene... aquella señora es madre, y, por lo tanto, su vida es más necesaria que la de él.... ¿La dejará perecer?... Su conciencia se rebela ante la cruel interrogación. No hay tiempo que perder, Viale ha tomado una resolución: rápido como el pensamiento, entrega el salvavidas a la señora de Marcó del Pont, diciéndoles: sálvese usted, señora.

Y, llena el alma de satisfacción, después de consumado el propio sacrificio, cruza los brazos sobre el pecho y espera la muerte. Entre los náufragos del vapor América recogidos con vida, estaba la joven señora salvada por Viale; el cadáver de éste jamás ha aparecido... Pero si perdió la existencia en tan heroico y generoso arranque, ganó, en el corazón de su pueblo, el derecho a ser colocado entre los héroes que realizan el sacrificio de su vida con la sencillez del que cumple un deber de humanidad.

De "Cultura Moral y el código moral para los niños" por Willian J. Hachtchins. Papelería Comini, Casa editora, Montevideo, s/f.                                                                                                             

domingo, 20 de septiembre de 2015

Una tragedia que conmovió al pueblo de Salto hace 150 años


Hoy vamos a intentar rescatar del olvido un suceso tragico ocurrido en el año 1865 y que conmovió enormemente al Salto Oriental. He aquí la crónica de los hechos según lo relataba el diario Tribuna Salteña en un suplemento especial del 18 de julio de 1930:

"La presente nota gráfica, en la que aparecen los cadáveres de seis personas, recuerda una penosísima tragedia ocurrida en uno de los pasos del arroyo San Antonio, donde perecieron ahogadas esas personas, que iban de viaje en una diligencia. La N° 1 corresponde a la señora Victoria V. de Carini, la N° 2 a una niña de Carini, la N° 3 a Pedro Banetti, italiano; la N° 4 a la señora de don Ambrosio Minoga, italiano; la N° 5 a don Ceferino Baltar, argentino; la N° 6 a una señora italiana cuyo nombre se ignora. La señora Carini era propietaria de los edificios de la hoy calle Brasil desde el Mercado Central hasta la ferretería de Cesio e Irazusta. Por tratarse de personas conocidísimas y muy vinculadas en la ciudad, cuando llegó la noticia de que habían perecido ahogados, a causa de una gran creciente del arroyo San Antonio, el conocimiento del hecho produjo una gran impresión. Creemos oportuna esta ocasión para recordar, entre otros hechos del Salto antiguo, este doloroso acontecimiento del que han de conservar algún recuerdo ciertos antiguos habitantes de la ciudad. El hecho se produjo en (ilegible) del año 65".

El documento gráfico que acompaña a la nota es impresionante pues muestra a los seis cadáveres expuestos ante unos pórticos con arcos de estilo ojival, que quizás sean parte de las naves de la antigua Iglesia de Nuestra Señora del Carmen (demolida en 1889) o bien un panteón del Cementerio central de la ciudad (inaugurado en 1853). Cabe recordar que en esos momentos se desarrollaba la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay y ocurría el asedio de Paysandú y eso significaba una gran actividad para el puerto de Salto, atestado de veleros y vapores con soldados, suministros y mercancias en tránsito. Sobre este asunto señalaba el periódico El Salteño en 1865:

"Asombroso movimiento presenta nuestro puerto; hay en él más de cuarenta buques de cabotaje en cargas y descargas y ocho de la marina brasileña. Es una verdadera Babilonia... Faltan carretas para transportar las grandes cantidades de mercaderías... Los carreros se han hecho dictadores de la situación..."(1)  En consecuencia, el negocio de las diligencias, en la época anterior a los ferrocarriles, se hizo muy próspero como señala esta reseña:

"Se fundaron empresas de diligencias que recorrían la campaña, hasta Santa Rosa, San Eugenio, Rivera, Tacuarembó y otros puntos intermedios. Los artículos de comercio y las cargas eran conducidos en grandes carretas que a veces formaban un grupo de veinte o más, constituyendo una población ambulante en la que acompañaban al carretero, la mujer, los hijos, etc. Estas carreterías volvían cargadas de cueros, lanas y otros frutos del país, para los grandes depósitos de los barraqueros. Al llegar al Salto, el punto designado para las carretas era la Plaza Libertad, (hoy Plaza de Deportes) donde a veces se reunían cerca de cien, imprimiendo en aquel punto un movimiento e importancia de un pueblo eminentemente comercial".(2)

Podemos imaginar largas caravanas de carretas y diligencias recorriendo lentamente los polvorientos caminos la campaña del departamento y muchas veces aventurándose a cruzar los arroyos y cañadas crecidos en una época en la cual los puentes eran casi inexistentes en nuestro país. Los accidentes no eran infrecuentes y seguramente este fue uno destacado dado que se trataba de personas muy conocidas y queridas por la sociedad salteña. Además tenían un cierto nivel social dado que eran propietarios de varios inmuebles la ciudad y acaso de negocios o campos, cosa muy frecuente entre los inmigrantes italianos de la época. Posiblemente esto motivara sus viajes en diligencia al interior del departamento. Por otra parte, tampoco es posible precisar a que altura del arroyo se produjo la tragedia dada la falta de referencias de la época, ya que aún no había sido fundado el pueblo de San Antonio, ubicado a unos 13 km. de la capital salteña, cosa que recién ocurriría diez años más tarde, en 1875.

Otro aspecto interesante que he podido rastrear es que en el año 1865 se produjo una gran epidemia de viruela en el Salto Oriental, seguramente traída en los barcos cargados de soldados brasileños que provenían de las campañas en el Paraguay. Al respecto, una reseña de la Junta Económico Administrativa señalaba lo siguiente: "El 24 de junio, por ejemplo, se produjeron 15 defunciones sólo de individuos del ejército brasileño; el día 26 otros tantos; 10 casos el 27; y así en proporción variable hasta que julio con sus heladas y sus glaciales vientos, hinchó considerablemente las cifras: el 1° fallecieron 17; el día 3 sucumbieron 20; el 15, 22; y el 17, 29".(3) En definitiva, el balance del año 1865 ha sido nefasto para el país, pues ha estado signado por guerras, revoluciones, epidemias y tragedias.

De momento no he podido encontrar más información acerca de este antiguo caso que ha quedado oculto en la oscuridad de los tiempos. En los próximos meses voy a continuar investigando para intentar arrojar algo de luz de este suceso impresionante que conmovió a la opinión pública de la tranquila y prospera ciudad del Salto Oriental de hace ciento cincuenta años.Aprovecho para agradecer la gentileza que ha tenido el bloguero salteño Pablo Villaverde que me hizo llegar la nota de prensa con la fotografía. Desde ya recomiendo muy especialmente su blog dedicado a temas del pasado, presente y futuro de Salto.

(1) Citado por el libro conmemorativo "Salto en su Centenario 1837-1937", obra dirigida por A. Lagrilla Yrazú, L. Guimaraens y H. Tafernaberry. Talleres Gráficos A. Barreiro y Ramos, Montevideo, 1937, pág. 127.

(2) Obra citada, pág. 66-67.

(3) Obra citada, pág. 28.                                                  

jueves, 27 de agosto de 2015

El olor de la muerte...


Isidore Lucien Ducasse era un muchacho al que no le faltaba nada. Mostraba un carácter por momentos algo  melancólico, pero sobre todo alegre y generoso. A veces caía en la meditación. Es ahí donde daba muestra de su precocidad de muchachito inteligente. Por otra parte, era alto para su edad y tenía un físico agradable y simpático. Un domingo de otoño, ambos paséabamos a caballo.

Aquel día, Isidore calzaba botitas de gaucho que el viejo Ducasse le había regalado. Estaba orgulloso pues se las debía a sus progresos en inglés.Este episodio debe haber tenido lugar hacia 1857, no lejos de la pequeña ciudad de Las Piedras.

Su caballo gris tordo, de mediana  estatura, estaba cuidadosamente ensillado. Fuimos a visitar a don Víctor, cazador de jaguares y pumas, que abundaban hacia la mitad del siglo pasado. En el interior del rancho, admiró las pieles de las fieras abatidas por don Víctor, al atardecer (...).

Decidimos (...) tomar otro camino, más ancho, para volver a Montevideo. El viejo Ducasse me había recomendado volver antes del crepúsculo. Galopamos durante media hora por un camino polvoriento. En un momento dado, el hedor irrespirable de una carroña nos sorprendió.

Bajo un datura (en Uruguay ese árbol se conoce con el nombre de floripondio)  una vaca cubierta de grandes moscas y rodeada de urubúes (aparentados a los buitres) se desomponía, destripada por las garras de un felino, mientras que el silbido de las lechuzas cubría el silencio. Recuerdo que  Isidore quiso ver la carroña de cerca. Paró su caballo, mientras los urubúes retomaban vuelo.

- Sigamos al sur, dije, esta hediondez es malsana. Por otra parte, a los caballos no les gusta el olor de los cadáveres; se ponen nerviosos por tienen miedo a la muerte. Isidore se había puesto taciturno. Oteaba el horizonte sin decir nada. Creí que el caballo lo cansaba. 

- ¿Quieres un pedazo de rapadura?, le pregunté como un hermano mayor, lleno de atenciones. Rechazó el azúcar brasileño, y me hizo una pregunta extraña: - ¿Huelen los cadáveres humanos como las carroñas animales?

Sin darme cuenta del mal que hacía contesté: -¡Por supuesto!

- Entonces, mamá... ¿ella también?...

De la "Cabalgata a Las Piedras" del Padre Plantet, inserta en "El mito Lautréamont", Ediciones del Bichito, Montevideo, 1998.                                                                           

lunes, 17 de agosto de 2015

El secreto de la muerta

 
Hace mucho tiempo, en la provincia de Tamba, vivía un rico mercader llamado Inamuraya Gensuké. Tenía una hija llamada O-Sono. Como ésta era muy bonita y sagaz, el mercader juzgó inoportuno brindarle sólo la exigua educación que podían ofrecerle los maestros rurales; la confió, pues, a unos servidores fieles y la envió a Kyõto, para que allí adquiriera las gráciles virtudes que suelen exhibir las damas de la capital. En cuanto la muchacha completó su educación, fue cedida en matrimonio a un amigo de la familia paterna, un mercader llamado Nagaraya, y con él compartió una dicha que duró casi cuatro años. Sólo tuvieron un hijo, un varón, pues O-Sono cayó enferma y murió después del cuarto año de matrimonio.  

En la noche siguiente al funeral de O-Sono, su hijito dijo que la madre había vuelto y que estaba en el cuarto de arriba. Le había sonreído, pero sin dirigirle la palabra: el niño se había asustado y había emprendido la fuga. Algunos miembros de la familia subieron al cuarto que había pertenecido a O-Sono, y no poco se asombraron al ver, a la luz de una pequeña lámpara que ardía ante un altar en el cuarto, la imagen de la muerta. Parecía estar de pie ante un tansu, o cómoda, que aún contenía sus joyas y atuendos. La cabeza y los hombros eran nítidamente visibles, pero de la cintura para abajo la imagen se esfumaba hasta tornarse invisible; semejaba un imperfecto reflejo, transparente como una sombra en el agua.

Todos se asustaron y abandonaron la habitación. Abajo se consultaron entre sí; y la madre del esposo de O-Sono declaró: -Toda mujer siente predilección por sus pequeñas cosas, y O-Sono le tenía gran afecto a sus pertenencias. Acaso haya vuelto para contemplarlas. Muchos muertos suelen hacerlo... a menos que las cosas se donen al templo de la zona. Si le regalamos al templo las ropas y adornos de O-Sono, es probable que su espíritu guarde sosiego. Todos estuvieron de acuerdo en hacerlo tan pronto como fuera posible. A la mañana siguiente, por tanto, vaciaron los cajones y llevaron al templo las ropas y los adornos. Pero O-Sono regresó la próxima noche y contempló el tansu tal como la vez anterior. Y también volvió la noche siguiente, y todas las noches se repitió su visita, que transformó esa casa en una morada del temor.

La madre del esposo de O-Sono acudió entonces al templo y le contó al sumo sacerdote lo que había sucedido, pidiéndole que la aconsejara al respecto. El templo pertenecía a la secta Zen, y el sumo sacerdote era un docto anciano, conocido como Daigen Oshõ. Dijo el sacerdote: -Debe haber algo que le causa ansiedad, dentro o cerca del tansu. -Pero vaciamos todos los cajones -replicó la anciana-; no hay nada en el tansu. -Bien -dijo Daigen Oshõ-, esta noche iré a la casa y montaré guardia en el cuarto para ver qué puede hacerse. Den órdenes de que nadie entre a la habitación mientras monto guardia, a menos que yo lo requiera. Después del crepúsculo, Daigen Oshõ fue a la casa y comprobó que el cuarto estaba listo para él. Permaneció allí a solas, leyendo los sûtras; y nada apareció hasta la Hora de la Rata. Entonces la imagen de O-Sono surgió súbitamente ante el tansu. Su rostro denotaba ansiedad, y permaneció con los ojos fijos en el tansu.

El sacerdote pronunció la fórmula sagrada prescrita para tales casos, y luego, dirigiéndose a la imagen por el kaimyõ de O-Sono le dijo: -Vine aquí para ayudarte. Quizá haya en ese tansu algo que despierta tu ansiedad. ¿Quieres que te ayude a buscarlo? La sombra pareció asentir mediante un leve movimiento de cabeza; el sacerdote se incorporó y abrió el cajón de arriba. Estaba vacío. A continuación, abrió el segundo, el tercero y el cuarto cajón; hurgó detrás y encima de cada uno de ellos; examinó con cuidado el interior de la cómoda. No halló nada. Pero la imagen permanecía erguida, con tanta ansiedad como antes. “¿Qué querrá?”, pensó el sacerdote. De pronto se le ocurrió que acaso hubiera algo oculto debajo del papel que revestía los cajones. Levantó el forro del primer cajón: ¡nada! Pero debajo del forro del cajón inferior halló algo: una carta.

-¿Era esto lo que te inquietaba? -preguntó. La sombra de la mujer se volvió hacia él, con su lánguida mirada en la cara. -¿Quieres que la queme? -preguntó Daigen Oshõ. Ella se inclinó ante él. -Esta misma mañana será quemada en el templo -prometió el sacerdote-, y nadie la leerá salvo yo. La imagen sonrió y se disipó. Rompía el alba cuando el sacerdote bajó las escaleras, a cuyo pie la familia lo aguardaba expectante. -Cálmense -les dijo-, no volverá a aparecer. Y la sombra, en efecto, jamás regresó. La carta fue quemada. Era una carta de amor redactada por O-Sono en la época de sus estudios en Kyõto. Pero sólo el sacerdote se enteró de su contenido, y el secreto murió con él.

Leyenda japonesaa, recogida en la "Antología de leyendas de la literatura universal" por Diego de García; Editorial Labor, Madrid, 1953, pág. 1414 y 1415, t. II.

domingo, 16 de agosto de 2015

Las catacumbas de Roma


Las catacumbas eran cementerios cristianos de la época romana, en los que los fieles podían enterrar sus muertos según sus propios ritos. Fueron notables la de Roma por su extensión, sus corredores y sus nichos, así como también por sus pinturas murales. Después del siglo IV, cuando el cristianismo fué reconocido, perdieron importancia y quedaron como recuerdo de una época heroica de persecución y martirio. Las catacumbas más importantes de Roma eran la de San Calixto y la de Domitilia, encontrándose construcciones semejantes en Nápoles y Siracusa.

Del "Diccionario de Historia Universal" de José Luis Romero. Editorial Atlántida, Buenos Aires, 1946.

sábado, 8 de agosto de 2015

Post Mortem LXXXV


En esta ocasión, les presento una fotografía bastante grotesca del cadáver de una mujer que presenta claras señales de putrefacción, como si hubiesen esperado varios días antes de retratarla. Sin embargo, no puedo dejar de decir que la foto me genera algunas dudas acerca de su veracidad. Ya sabemos que las técnicas de retoque fotográfico hacen maravillas en nuestra era digital y acaso este pudiese ser un buen ejemplo de ello. Todo puede ser. ¿Ustedes que opinan?

domingo, 2 de agosto de 2015

La leyenda de "nomeolvides"


El "nomeolvides" o miosota, es una flor pequeñita,  azul, con un poquito de rojo. Nació así: Cuando Dios creó el mundo, dió nombre y color a todas las flores. Una flor chiquitina le supelicaba: - ¡No me olvides! ¡No me olvides! Pero como su voz era tan fina, Dios no la oía. Por fin, cuando el Creador hubo terminado, pudo oír esa vocecilla y se volvió  a la planta. Más ya todos los nombres estaban dados. La plantita no cesaba de llorar, pero Dios la consoló: - No tengo nombre para tí; pero te llamarás "nomeolvides". Y por colores te daré el azul del cielo y el rojo de la sangre. Y además le dijo que serviría para acompañar a los muertos y para consolar a los vivos.

Leyenda nórdica, recogida en la "Antología de leyendas de la literatura universal" por Diego de García; Editorial Labor, Madrid, 1953, pág. 1104, t. II.

domingo, 19 de julio de 2015

¿Cuál es la causa de que mueran los seres inferiores?


Otra causa de muerte, además de la falta de alimento, entre los seres inferiores, es el asesinato, si se nos permite que le demos un nombre tan repugnante. Este no es muy aplicable al mundo vegetal, pues la plantas, por lo general, no viven unas a costa de las otras; pero un número enorme de plantas nuevas mueren devoradas por los animales y cierto número de animales mueren, porque sus cuerpos son invadidos por plantas diminutas que medran a costa de ellos. 

En el mundo animal las distintas especies se devoran sin cesar unas a otras para procurarse el sustento. No debemos creer que esto constituya un proceso cruel que envuelva terribles dolores, porque no es así, en realidad. Los animales no sufren el dolor en la proporción que nosotros, y su muerte es, por regla general, dulce y benigna. Una sola criatura humana padece durante el curso de su vida y su muerte muchos más dolores y angustias que muchos animales juntos.

Lo que llamamos enfermedad, cosa mucho más dolorosa y cruel que el hecho de ser muerto de una manera instantánea, equivale a muchas muertes entre los seres inferiores. La muerte, pues, en el hombre, tal como en el estado presente la padecemos, tiene todos los caracteres de un castigo.

De "El Tesoro de la Juventud o Enciclopedia de Conocimientos", tomo VII; W. M. Jackson, Inc., Editores, s/f.         

miércoles, 8 de julio de 2015

Terminación...

 

Ya se abandone a sí mismo, ya se combata quirúrgicamente, el cáncer del recto ocasiona siempre la muerte más o menos tarde. Una veces el paciente sucumbe de una oclusión intestinal, otras veces de una rotura del intestino y de la peritonitis consecutiva; en otros casos, sumido en una caquexia profunda, ocasionada por la persistencia de los dolores, la abundancia de las hemorragias, los derrames purulentos, la privación voluntaria de los alimentos, y en fin, la infección general del organismo, propia del cáncer; el enfermo sucumbe en mayor grado de postración, conservando hasta el fin todo su conocimiento.

De los "Elementos de Patología y Clínica Quirúrgicas" del Dr. Moynac; Moya y Plaza editores, Madrid, 1877.

sábado, 30 de mayo de 2015

Odio visitar los cementerios...


Odio visitar los cementerios el Día de Todos los Santos. El espectáculo de las ofrendas florales multitudinarias, rito mediante el cual los que están arriba tratan de aplacar el terror que les inspira quienes ya están abajo, me parece una abyección a duras penas disfrazada de sentimentalismo.

Cuando veo esas ancianas rigurosamente enlutadas moverse entre las tumbas floridas, como diligentes abejas de la muerte, desearía no llegar a morir nunca para no sentir el renqueante sadismo de sus pasos sobre la hierba que, indefectiblemente me cubrirá. Compadezco a los espíritus sensibles; desde sus pútridas mazmorras subterráneas, sentirán el peso de esas vidas miserables sobre sus cráneos como la más horrible de las maldiciones. La paz de los muertos no debería violarse jamás. 

Pero ya no creo, después de la atroz experiencia que he vivido, en esa supuesta paz de los muertos. O, mejor dicho, en la paz de algunos supuestos cadáveres, si es que por este término entendemos a los cuerpos cuya descomposición nos induce a creer que están "absolutamente" privados de sensibilidad. Una oscura intuición, que mi mente se esfuerza en vano por no considerar una evidencia, me dice que el imperio de la muerte no es a veces tan completo como desearían algunos desdichados.

De "Valentine", cuento de Alexander Demarest; en Biblioteca Universal de Misterio y Terror. Ediciones Uve, Madrid, 1981.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Ordenanza sobre pompas fúnebres


Buenos Aires, noviembre 19 de 1902.

Art. 1° - Queda prohibido a los propietarios de pompas fúnebres colocar paños, cortinados y alfombras en las capillas ardientes que se improvisen en las  casas de los fallecidos, cuando la muerte sea producida por enfermedad contagiosa. Al efecto podrán exigir la presentación del certificado de defunción respectivo.

Art. 2° -  Considéranse enfermedades contagiosas las que figuran en la ordenanza de declaración obligatoria.

Art. 3° - En caso de contravención al artículo 1° las empresas sufrirán una multa de cincuenta pesos moneda nacional, y además estarán obligadas a someter el material empleado a una prolija desinfección en las estaciones respectivas, de acuerdo con las tarifas vigentes.

De "La Administración Sanitaria y Asistencia Pública de la Ciudad de Buenos Aires" por J. Penna y H. Madero; Editorial Kraft, Buenos Aires, 1910.

lunes, 18 de mayo de 2015

El "Cromlech"


Los "cromlechs" eran tumbas de la Edad de Piedra que consistían en círculos de piedras cubiertas, situadas a distancias regulares. Los cadáveres se colocaban sentados y con objetos de uso común a su alrededor.

De la "Historia de Civilización Española" de Rafael Altamira. Espasa-Calpe editores, Madrid, 1928.

domingo, 10 de mayo de 2015

Post Mortem LXXXIV: Antonio Machado


El gran poeta español Antonio Machado (1875-1939) yace en su lecho de muerte, cubierto con la bandera republicana, en su habitación del hotel Bougnol Quintana, Collioure (Francia), el 22 de febrero de 1939. A modo de homenaje, transcribo una de sus poesías más bellas y emotivas:


A LA MUERTE DE UN AMIGO

Tierra le dieron una tarde horrible
del mes de julio, bajo el sol de fuego.

A un paso de la abierta sepultura,
había rosas de podridos pétalos,
entre geranios de áspera fragancia
y roja flor. El cielo
puro y azul. Corría
un aire fuerte y seco.

De los gruesos cordeles suspendido,
pesadamente, descender hicieron
el ataúd al fondo de la fosa
los dos sepultureros...

Y al reposar sonó con recio golpe,
solemne, en el silencio.

Un golpe de ataúd en tierra es algo
perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían
los pesados terrones polvorientos...

El aire se llevaba
de la honda fosa el blanquecino aliento.

Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
larga paz a tus huesos...

Definitivamente,
duerme un sueño tranquilo y verdadero.

           Antonio Machado            

jueves, 16 de abril de 2015

¿Por qué nos morimos?


Por ley natural, hablando aquí como naturalistas y no como teólogos, la muerte es la condición general de la vida, y hasta podría decirse que principia con ésta, de modo que, aún cuando los hombres aprendan a evitar las enfermedades, y la muerte por senectud sea tan común como rara es actualmente, todavía subsistirá el gran hecho de la muerte; y aunque ésta llegara a ser una cosa muy diferente de la muerte de nuestros días, cuyo distintivo más terrible es el venir demasiado pronto, casi siempre quedaría por resolver el mismo problema que ha preocupado a todas las personas estudiosas en todas las edades. Si fijamos la atención, o en la vida del hombre exclusivamente, sino en la vida toda de la tierra, tal vez podamos empezar a entrever una contestación satisfactoria.

Por otra parte, parece como si la muerte fuese una condición necesaria para que se reproduzca la vida; fácil es ver que toda muerte es principio de nueva vida sobre la tierra; que nada, en realidad, se consume ni se pierde; y, que si no fuera por la muerte y los nacimientos, la vida nunca hubiera podido desarrollarse en los más humildes animales y plantas, desde sus más bajos principios, hasta lo que es actualmente. Y aún en nuestros mismas vidas podemos observar que existen grandes compensaciones por la muerte. Lo mejor que existe en la vida es la paternidad, los niños y la infancia. Si no existiese la muerte, tampoco habría nacimientos, porque no habría lugar para los niños, y un mundo sin niños tal vez no fuera digno de que viviésemos en él.

La cuestión del sustento es, indudadeblemente, la primera para todos los seres vivientes. El aire es igualmente necesario, pero puede obtenerse siempre en todas partes; la comida no abunda de igual modo. La causa más común  de la muerte entre los seres inferiores, sean plantas o animales, es el habmre, la cual afecta más especialmente a los nuevos vástagos de estos seres, la mayor parte de los cules mueren de inanición.

De "El Tesoro de la Juventud o Enciclopedia de Conocimientos", tomo VII; W. M. Jackson, Inc., Editores, s/f.                                                                                     

jueves, 9 de abril de 2015

La "alegría en la muerte" en los indígenas precolombinos


La semejanza entre el caribe y el azteca está basada en dos circunstancias importantes: también tienen en común una especie de "alegría en la muerte" y un sentimiento profundo de cualidad mágico-religiosa de la sangre. La Madre Tierra es imaginada por el azteca como la Diosa de la Muerte, que al mismo tiempo es la Diosa de la Vida. Su poesía celebra el thanatismo con un acento profundo de eclesiastés judío:

Toda la tierra es una tumba y nada se escapa de ella;
nada es tan perfecto que no se derrumbe y desaparezca.
Los ríos, las fuentes y las aguas corren,
para nunca volver a sus alegres comienzos.

El culto de la muerte y el culto de la sangre los llevaron al  culto de la guerra. Buscando víctimas que  ofrendar en sacrificio, inventaron las guerras que denominaron "guerras floridas"; alguien ha dicho: "cuando corría el negro arroyo (de la sangre), ellos veían surgir de él una flor mística". Los aztecas, como los caribes, suplementaban su dieta con la guerra, pues las víctimas sacrificadas después de una campaña eran despedazadas y su carne se vendía al populacho en los mercados públicos.La sangre era la vida, el fluído mágico. Representaba la unidad esencial metafísica del hombre con el cosmos y con los demás seres entre los cuales está el inmerso. Era el símbolo de la continuidad de toda vida. Darramada y vuelta a tierra, cerraba el ciclo de la vida individual, pero hacía salir de la entraña telúrica una nueva vida. El derramamiento de sangre significaba siempre la consumación de un ciclo, la eternización de algo instituído, de cuya perennidad respondía en su vaho mágico. Como apunta acertadamente Beals, el sacrificio de sangre representó una necesidad elemental, que los españoles continuaron con las corridas de toros, derivada, en parte, de fuentes sagradas similares y festivales de sacrificio de los griegos. Cuando la sangre sale de un toro o de un ser humano, una serie de emociones se sienten: temor, excitación, lujuria, piedad, el instinto de procreación, la idea de una rica exuberancia de la vida...

"El derrame de sangre toca cosas más profundas en nuestra naturaleza de lo que suponemos. Retrocede, tal vez, a nuestros tiempos de caníbales, cuando el ciclo de sacrificio era cumplido de verdad con la ingestión de la carne, y una continuidad simbólica promovida por el hombre... Las emociones evocadas se encuentran en el verdadero plasma germinal, en la absorción de la célula elemental y en la expulsión o rechazo de las cosas externas...La vista y el olor de la sangre no solo afectan nuestros grandes centros nerviosos, sino también ponen eréctil, casi en un sentido sexual, a cada una de las células de nuestro cuerpo. Hay cierta vibración atómica rápida que afecta al protoplasma primitivo inconsciente del cuerpo. Sabemos que las células individuales aisladas puestas en un medio dado al momento empiezan a palpitar... Los sacrificios sagrados de los aztecas no solo hicieron que las células del cuerpo palpitaran, sino que hicieron palpitar todo el universo y conservar todas sus propiedades dadoras de vida, su fecundidad. Hicieron  que las flores abrieran escarlatas; hicieron que las semillas germinaran; contribuyeron, como poder divino, a la continuación del proceso vidente, que, en esos mundos, al parecer de piedra, parecía volver a un estado puramente iluminado y metálico..."

El pueblo azteca se ha continuado en el mexicano actual, que siempre sella con sangre todas sus conquistas sociales, como único medio de hacerlas eternas, generadoras y efectivas. También podemos atribuir todas estas vivencias crueles y religiosas de la sangre a los caribles. Aunque no faltara en cierto modo entre los indios de los Andes y los Arawak del occidente. La vivencia del derramamiento de sangre despertaba en el hombre a la fiera primitiva, a la "cosa" informe que la herencia paleontológica escondió en nosotros, y que como monstruo subhumano los cretenses simbolizaron en la forma del Minotauro; la religión sangrienta de los aztecas, caribes y otros indios, es represenación inevitable del Minotauro americano.

De "Hacia el indio y su mundo" por Gilbero Antolínez (Xuhé). Librería y editorial del Maestro", Caracas, 1946.

martes, 31 de marzo de 2015

Atentado contra Alfonso XIII y Émile Loubet


El 31 de mayo de 1905, en mitad de la noche, Alfonso XIII, rey de España, y Émile Loubet, presidente de Francia, fueron víctimas de un intento de atentado en la columnata del Louvre, mientras que estaban paseando en coche de caballos. "La procesión real, aclamada a lo largo de su paso desde la Avenida de la Ópera, muy bien iluminada, llegó a la esquina de la rue de Rohan y de la rue de Rivoli. De repente, sonó una detonación como el disparo de un cañón; una llama amarilla brilló a la izquierda del coche del rey. Un caballo se levantó del suelo y luego cayó muerto, destripado. El otro caballo se asustó y corrió hacia las masas de espectadores a lo largo de las aceras de la rue de Rivoli. Un pánico terrible poseyó a la multitud que se agitó frenéticamente. Resonaron gritos de dolor", narró el Petit Journal de fecha 11 de junio de 1905. A pesar de que los dos jefes de Estado lograron salir sin un rasguño, una veintena de personas resultaron heridas y un caballo murió.

jueves, 26 de marzo de 2015

Las sanciones después de la muerte


Aún cuando en general la virtud sea recompensada y la mala conducta castigada, existen escándalos resaltantes; hay malvados que prosperan; hay justos que experimentan inmerecidos reveses; hay inocentes que son perseguidos. La ley penal castiga a veces a los que no son culpables. En fin, nuestra confianza queda desconcertada cuando la abnegación recibe por salario la muerte.Necesitamos saber, se dice, que la justicia será rigurosamente aplicada después de la muerte, y sin excepción. El mismo Renán ha escrito estas palabras: "Ingenuo por demás sería el decir que, si el mundo no tiene su reverso, el hombre, que se ha sacrificado por el bien y la verdad, debe abandonarlo contento y absolver a los dioses. ¡No; en este caso tendrían el derecho de blasfemar de ellos!"(1) Esta tesis es la de la gran mayoría de los predicadores y de los escritores religiosos. Generalmente nadie se da cuenta de la irreligiosidad y, digamos la palabra, del escándalo que encierra.

En efecto, decir tal cosa es lo mismo que decir que en este mundo los malvados consiguen su objetivo, y que ¡ser honrado es sacrificarse!Tal afirmación denota un muy falso y muy vulgar concepto de la felicidad. ¿Qué se pretende decir, cuando se asegura que los buenos son desgraciados en esta vida? (2) Que las casas ricamente amuebladas, que los hermosos parques, los caballos de raza, las dignidades, los bellos trajes, los buenos vinos, el lujo, en una palabra, la ociosidad, pertenecen a las personas sin principios.Por el contrario, los buenos están aquí abajo sujetos al trabajo, pobres y despreciados: pero más tarde, tendrán "la revancha" en la otra vida. ¿Qué quiere decirse con esto, sino que, a su vez, podrán ellos vivir en la ociosidad, comer buenas viandas y pasteles, que fumarán ricos habanos, que beberán champaña, que llevarán ropa planchada y botas de charol?

Mezquino concepto; pues la felicidad, ya lo hemos visto, nada tiene en común con el lujo, y el obrero honrado y altivo, de inteligencia sana y libre, valeroso y enérgico, goza de una felicidad que jamás concocerá el ocioso que vive en el lujo: pues la felicidad no se sino una vida moral intensa. Desde el punto de vista religioso, ¿quién impide al pobre amar a Dios y servir al prójimo aquí abajo? Querer "la revancha" de una vida pobre pero profundamente religiosa, es creer, sin confesarlo explícitamente, que la felicidad solo reside en una vida sensual: es la definición misma del materialismo práctico. Decir que el justo "se sacrifica" por el bien y la verdad, es una doctrina de epicúreo superficial, pues, como lo veremos, ser justo, obrar bien, buscar la verdad, es vivir la vida más rica y más intensa y por consiguiente más feliz. Por lo demás, es muy extraña la necesidad de una justicia póstuma que tante gente experimenta.

Reclamar una justicia absoluta, cuando vivimos tan profundamente sumidos en la injusticia, es pura audacia. No realizamos siquiera una cuarta parte de los esfuerzos que deberíamos realizar para suprimir as injusticias visibles, palpables en torno nuestro y nos mostramos singularmente quisquillosos... de palabras, sobre la injusticia del Incognoscible. Pues bien, todo nos prueba que el Incognoscible no se ocupa de nosotros, y que, si nosotros deseamos más justicia, debemos trabajar por que ella sea completa. Nuestra indignación ante la "bancarrota de la justicia" sobre la tierra, nos más que hipocresía, siempre que esa indignación no nos incite a reformar enérgicamente nuestra vida y a ponerla más de acuerdo con la equidad.Además, si poseyémos la certidumbre de una justicia póstuma abosluta, desaparecería todo mérito. Nuestras buenas acciones nos serían más que valores colocados sobre seguro; es lo que expresa Kant diciendo que, si se probara la existencia de Dios, la moral sería una moral utilitaria. (3)

¿Qué mérito tendría en econtrar de nuevo el camino
Si viendo claro, el hombre, rey de su voluntad,
poseyese la certidumbre al poseer la libertad?
La duda lo hace libre y la libertad, grande. (4)

Hemos visto que las creencias religiosas son cuestiones de conciencia personal, íntima; cada cual es libre de esperar una vida futura y de imaginarla según su carácter y su cultura. Pero, si la creencia en las sanciones póstumas da satisfacción al sentimiento de justicia, algo cándido y sumario, que quiere un castigo para cada falta y un premio para todo esfuerzo virtuoso, no debe atribuir a esas sanciones efectos exagerados sobre la conducta: su lejanía, la circunstancia de que jamás nadie haya visto su aplicación, disminuye su eficacia hasta anularla en las imaginaciones groseras, las cuales solo pueden ser detenidas en la pendiente del mal, por el terror de un castigo muy cercano.Poco efecto ellas surten sobre la mayoría de las personas: se sabe que inmediatamente después de la muerte el castigo no se decreta sino después de haberese cuidadosamente valorado el bien y el mal durante la vida entera: pues bien, salvo los hipocondríacos, cada cual se juzga con extrema benevolencia, como es fácil comprobarlo.

Nadie se considera condenado: todos nos abrimos un crédito ilimitado enla partida de nuestros méritos, y además inscribimos en nuestro "haber", la misericordia divina, que es infinita. La misma enormidad de los castigos es una razón de más para que nadie acepte el pensamiento de haberlos merecido. Si tales sanciones tuviesen la eficacia que se les atribuye, no veríamos a personas creyentes batirse en duelo bajo el impulso de la opinión pública, o vivir en situaciones inmorales en las que puede sorprenderlas la muerte. Esos temores solo tienen real influencia sobre los religiosos fervientes, cuya vida entera no es más que la preparación para una muerte ejemplar. Para la mayoría, esos temores no son ni bastante precisos, ni bastante rápidos, ni bastante seguros como para hacer contrapeso, en el momento de obrar mal, a las pasiones vivas que mueven la voluntad. (5)

Agreguemos a esto que la importancia capital dada por los moralistas a esas sanciones no ha dejado de tener sus inconvenientes. No hablemos aquí ni de los sufrimientos socialmente inútiles y hasta perjudiciales que ha provocado, ni de los terrores deprimentes y el estado de ansiedad en que sume a las almas predispuestas al miedo; ni de la floración de creencias absurdas que ha desarrollado y que durante siglos ha oprimido a la razón humana. La creencia de que la justicia se realizará sin nuestro concurso ha adormecido la conciencia social. La atención, absorta con demasiada exclusión por las sanciones póstumas, ha ocultado la sanción por excelencia, que es la de la conciencia.

(1) KANT: Crítique de la Raison pratique, traducción PICAYET, p. 24.
(2) V. HUGO: Contemplaciones. Boca de sombra.
(3) Se encontrará un excelente desarrollo de estas consideraciones en PEDRO BAYLE. Pensamientos diversos en ocasión del Cometa de 1680, cap. 135 a 194.
(5) JEREMÍAS BENTHAM Y GROTE: La Religión natural, su influencia sobre la felicidad, 2da. parte, cap. I y siguientes, y STUART MILL: Ensayos sobre la Religión. Utilidad sobre la religión

Del "Curso de Moral" por Julio Payot. Libería de A. Barreiro y Ramos editor, Montevideo, 1913.      

miércoles, 25 de marzo de 2015

Post Mortem LXXXIII: MIguel Barreiro


Fotografía de Miguel Barreiro (1789-1848) muerto. Secretario y colaborador de Artigas. Miembro del Congreso de Tres Cruces (1813). Delegado de Artigas en el gobierno de Montevideo (1815-1817). Diputado a la Asamblea Legislativa y Constituyente en 1828. Senador. Ministro de Hacienda y Relaciones Exteriores del gobierno de la Defensa.

jueves, 12 de marzo de 2015

El muerto incómodo

  
Título: El muerto incómodo
Autor: Pedro Figari (1861-1938)
Técnica: Óleo sobre cartón
Medidas: 35 x 50 cm.

domingo, 8 de marzo de 2015

¿Cuál es la causa de la muerte?

 
En los seres humanos, la causa principal de la muerte es la enfermedad; hecho importantísimo, que nunca debemos olvidar, porque ofrece notable contraste con el mundo animal. Con nuestra inteligencia, nuestras leyes, y nuestros hábitos de vida, hemos abolido casi por completo por hambre y por asesinato. Por lo tanto, salvo algún accidente fortuito, deberíamos morir de senectud, si, por una razón o por otra, no estuviésemos expuestos a una porción de enfermedades, que, prácticamente, puede decirse que padecen todos los seres vivientes.

Empieza a descubrirse actualmente que nosotros mismos nos acarreamos casi todas las enfermedades, por la sencilla razón de que hacemos muchas cosas que no son naturales, y que los animales y las plantas se abstienen de ejecutar.Comemos sin tener ganas, y engañamos nuestro apetito con golosinas, deñando de esta suerte los órganos que digieren los alimentos. Bebemos grandes cantidades de alcohol, substancia que no prueba ningun animal. Vivimos rodeados de aire impuro, privados de luz y frescura, mientras nuestros perros y ganados, que no tienen mayor necesidad de aire puro y de luz que nosostros, viven al aire libre y al sol. 

Producimos y respiramos humo, descuidamos de un modo lamentable nuestro propio sueño, y cometemos otros cien desaciertos, cuyo castigo son las enfermedades.La lección más importante que el estudio de la vida nos enseña, es que las enfermedades son casi exclusivamente peculiares al hombre, quien se las acarrea a sí mismo, y las cuales podrían abolirse, y se abolirán sin duda, el día en que el hombre se decida a imitar la sabiduría que todos los animales despliegan en el arreglo de su vida; aún los mismos animales domésticos han tomado ya algunos malos hábitos de los nuestros.

De "El Tesoro de la Juventud o Enciclopedia de Conocimientos", tomo VII; W. M. Jackson, Inc., Editores, s/f.

martes, 24 de febrero de 2015

Post Mortem LXXXII


Según lo que he podido averiguar acerca de esta fotografía, fue tomada en Argentina hacia el año 1875. Sin duda se trata de un testimonio muy interesante acerca de la fotografía post mortem en el Río de la Plata, un asunto que aún sigue sin ser debidamente investigado por los historiadores de la fotografía y de las mentalidades.   

sábado, 21 de febrero de 2015

Al borde de la tumba

El arrepentimiento cristiano halla adecuada expresión poética en el siguiente soneto del poeta español Miguel del Palacio (1831-1906).


Pequé Señor, más no porque he pecado
De vuestra alta clemencia me despido,
Que cuando más hubiere delinquido
Os tengo a perdonar más empeñado.

Si verme pecador os ha indignado, 
Cederéis al mirarme arrepentido;
La misma culpa con que os he ofendido
Os tiene a la indulgencia preparado.

Cuando vuelve al redil de sus amores
Una oveja perdida y recobrada,
En júbilo se inundan los pastores.

Yo soy, Señor, oveja descarriada,
Mirad, Pastor divino, mis dolores, 
Y recobradme al fin de la jornada.

1859

martes, 17 de febrero de 2015

Reflexiones sobre la muerte I


"La muerte, temida como el más horrible de los males, no es, en realidad, nada, pues mientras nosotros somos, la muerte no es, y cuando ésta llega, nosotros no somos."
 
Epicuro de Samos, filósofo griego (341-270 A.C.).
Cabe recordar que la misma sentencia ha sido atribuida al político mexicano Diego Fernández de Cevallos, que la repite con frecuencia y al poeta español Antonio Machado, que también la enunciaba, pero el verdadero autor es Epicuro de Samos.

viernes, 30 de enero de 2015

La muerte de Pío XII


Aquél fue también el año en que murió Pacelli: pese a todos los expertos en medicina. Ahora bien, según Pascalina Lehnert, su «carrera con la muerte» había comenzado ya a finales del 53 con un hipo prácticamente incontenible que fue su tormento a partir de ahí; con vómitos continuos; con una continua sensación de malestar. Acudió a él media docena de médicos... y, finalmente, también el Señor, el 1 de diciembre de 1954, que se anunció mediante «una voz». Cuando Pascalina servía el desayuno al día siguiente el «Santo Padre yacía en su cama con sus ojos brillantes y abiertos de par en par». Ella se aproximó al pie de la cama y preguntó asombrada: «'Santidad, ¿qué pasa? —¡Do ve sta Leí adesso, é estato il Nostro Signore'!, fue la respuesta.— '¿Che Signore, padre Santo? pregunté yo —¡'Nuestro Salvador, Jesucristo!'. Yo miré y miré en el rostro transfigurado del Santo Padre esperando una nueva palabra, pero no hubo ninguna más. Entonces me arrodillé —donde, como acababa de decir Pío XII, había estado el Señor— y besé el suelo con la esperanza de que todavía podría percibir algo. Pero todo siguió en silencio...». 

Pues sí, no sólo se le apareció la Madonna en el cielo, sino que ahora también se le aparecía el Señor en el dormitorio: los dos milagros necesarios para una canonización. Y ahora, por supuesto, el «estado de Pío XII experimentó una mejoría vertiginosa»; hasta octubre de 1958, cuando, en su residencia de Castelgandolfo pronunció sus últimas palabras (un asunto afectado siempre de cierta precariedad). «¿Le molestaría, Pater Leiber, que me diera la comunión?», dijo Pacelli con la cortesía que solía usar cuando hablaba con sus empleados domésticos más veteranos a su servicio. Pío XII, no obstante, cayó desmayado y partió de este mundo hasta el nuevo amanecer sin el santo viático. «¡Ahora está contemplando a Dios!», exclamó en un arrebato su asidua asistenta, que nos informa además de que «En ese momento monseñor Tardini entonó en voz alta, casi jubilosa: 'Magníficat anima mea Dominum..!' Todos lo acompañamos y rezamos unidos.— Y después: '¡Salve Regina...!', '¡Sub tuum praesidium!' Luego todos se aproximaron a su lecho de muerte y besaron por última vez las manos, todavía enfebrecidas, del gran retornado a casa. Nadie lloraba».

Algunos miembros de la guardia nobiliaria sufrieron indisposiciones durante el velatorio, pues el otoño era'aún muy cálido y el intento del médico de cabecera papal, Galeazzi-Lisi, un doctor mediocre descubierto por el mismo Pío XII, de conservar el cadáver según un método especial había fracasado lamentablemente pese a que ese método, en virtud de su origen paleocristiano, era en otro tiempo, muy del gusto de «Santidad». Apenas instalada la capilla ardiente en la basílica de San Pedro, se hicieron perceptibles señales evidentes de descomposición y dos cadetes de la guardia nobiliaria palaciega fueron víctimas de un desmayo.

Alarmado a las cuatro de la madrugada, el Dr. Galeazzi-Lisi, que nunca pudo sanar al papa cuando enfermaba de gravedad, («siempre lo salvaban otros») permaneció por lo demás imperturbable. Acorralado en una conferencia de prensa por periodistas duchos en medicina, se zafó brillantemente de las situaciones más dramáticas encadenando argumentos y sin revelar ni un ápice del secreto de su técnica embalsa-matoria. «Hacía auténticos malabarismos con datos históricos, místicos y teológicos; se defendía remitiéndose a los ritos fúnebres paleocristianos y apenas si se arriesgó a hacer digresiones en el ámbito de la medicina o de la química. Al hilo de citas evangélicas demostró que Cristo había sido embalsamado de una manera que se asemejaba a las 'prácticas del ruso Worobiev, de cuyas experiencias se vale actualmente el Kremlin'». De este modo Cristo, su vicario en la tierra, Pío XII, y el Kremlin entraron a su manera en contacto.

De "La política de los papas en el siglo XX" de Karlheiz Deschner; Ediciones Yalde, Zaragoza, 1995.

lunes, 19 de enero de 2015

Post mortem LXXXI


En esta ocasión he seleccionado una notable fotografía victoriana que nos muestra a un niño muerto, en un sillón, junto con sus juguetes preferidos: un aro y un palo con los que realizaba piruetas.

sábado, 17 de enero de 2015

El largo periplo de los restos de Colón


Pobre, olvidado y abandonado de todos, exhalaba Cristobal Colón su último suspiro en Valladolid, el 20 de mayo de 1506. Fue enterrado con su hábito de franciscano en un monasterio de aquella ciudad, desde donde fueron sus restos trasladados a Sevilla y, por fin, en 1537, a la catedrall de Santo Domingo. Descubiertos en 1798, se dispuso su transporte a la catedral de La Habana, donde permanecieron hasta 1898 en que, al perder España la isla de Cuba, fueron recogidos y enviados a la catedral de Granada, donde hoy se hallan, junto al sepulcro de los Reyes Católicos.

De "El Tesoro de la Juventud, o Enciclopedia de Conocimientos" (Tomo IX); W. M. Jackson, Inc. Editores, s/f.

martes, 13 de enero de 2015

El cadáver de Cromwell, objeto de las iras de un rey



Un hecho vergonzoso del rey de Inglaterra, Carlos II (1630-1685) , fué la exhumación del cuerpo de Oliver Cromwell (1599-1658) y de los de su madre, hermana, nieta y algunos de sus generales, sacándoles de sus tumbas de la Abadía de Westminster. Cuando el mencionado rey pudo volver a Inglaterra, y fué coronado, quiso satisfacer su venganza en los cadáveres de Cromwell y los suyos. Oliver Cromwell, llamado el Protector de Inglaterra, había hecho morir en un cadalso a Carlos I, padre de Carlos II, por haber herido los sentimientos del pueblo inglés aliándose con Francia contra Holanda, para asegurarse los subsidios de Luis XIV.

Hizo pues, el vengativo Carlos II desenterrar los cuerpos de los revolucionarios, y puestos en un carretón los cadáveres de Cromwell, Ireton y Bradshaw, que habían sido sus más encarnizados adversarios, se los arrastró a Tyburn, sitio en que se ahorcaba a los criminales. Allí fueron colgados los cadáveres de las horcas, donde quedaron un día entero. Luego, después de bajarlos, se los decapitó y arrojó a un pozo al pie de las horcas. Las cabezas, clavadas a unas lanzas, y colocadas en un lugar elevado, ofrecieron a los ciudadanos un siniestro espectáculo.

De "El Tesoro de la Juventud o Enciclopedia de Conocimientos", (Tomo VIII). W. M. Jackson, Inc. Editores, s/f.                                                 

domingo, 11 de enero de 2015

Post Mortem LXXX


En esta ocasión, tenemos un antiguo daguerrotipo que nos muestra a una madre de luto, sosteniendo en sus brazos a su hijito fallecido. Me atrevería a ubicar esta placa hacia de la década de 1840 o 1850 cuando estuvieron muy en boga ese tipo de marcos que aún se pueden ver aquí tan decoloridos por el paso del tiempo. Por otra parte, me da la impresión que la imagen fue coloreada a mano en algún momento pero se ha perdido gran parte de la pátina original.