lunes, 30 de abril de 2012

Post Mortem LVIII



Conmovedora imagen de dos hermanitos juntos en su féretro. Los niños lucen como si estuvieran adormecidos, cansados de tanto jugar y con una expresión plácida y serena como quien se ha ido en paz de este mundo.  La fotografía está fechada hacia 1864 y fue realizada por el Squyer Study y aparece publicada en el libro Looking al death de Barbara Norfleet.

sábado, 28 de abril de 2012

Los abuelos de un gran hombre



AQUI DESCANSAN LOS RESTOS DE 
Da. MANUELA LLAMAS
que falleció el 15 de julio del año 1833
y los de su esposo
Dn, BARTOLOMÉ NICOLÁS PIÑEIRO
que murió el 19 de agosto del año 1836
SUS HIJOS LE DEDICAN ESTE RECUERDO

Nuevamente una lápida del Cementerio Central de Montevideo nos depara una sorpresa, como lo es el descubrir a quien corresponden los restos que descansan tras ella. En este caso se trata de los padres de Rosario Piñeiro y Llamas, la madre de José Enrique Rodó (1871-1917). Es decir que en esta tumba yacen los restos mortales de los abuelos maternos de Rodó, a los que jamás conoció, ya que fallecieron más de 35 años de su nacimiento. Si tenemos en cuenta que la abuela de Rodó falleció en 1833, podemos deducir que Rosario Piñeiro tenía al menos 38 años de edad (o quizás más) cuando nació José Enrique en 1871. Eso se comprende fácilmente cuando sabemos que fue el sexto hijo. No me resulta difícil imaginarme a Doña Rosario y sus hijos visitando la tumba de sus padres, a los que apenas conoció, y depositando flores ante la fría lápida de mármol blanco. Me imagino al joven Rodó recorriendo con gusto el Cementerio Central como lo demuestra una fotografía en la que se lo ve de pie debajo de un pórtico. Acaso en este lugar encontraba alguna tranquilidad o inspiración para escribir como el Rey Hospitalario en su recinto interior...


jueves, 26 de abril de 2012

Regreso de las almas a la tierra


Las Parcas: Cloto, Atropos y Laquesis.

Cuando todas las almas hubieron escogido sus vidas, se dirigieron hacia Laquesis siguiendo el orden que por suerte les había correspondido para elegir. Ella dio a cada una el genio que había preferido, para que le sirviese de guardián en la vida y le hiciese cumplir el destino que ella había escogido. Primeramente, el genio que conducía a Cloto y la ponía bajo la mano de aquella Parca y bajo el uso que ella hacía girar, y así ratificaba el destino que el alma había escogido después de la suerte. Una vez tocado el uso, la conducía enseguida hacia la trama de Átropos para hacer irrevocable lo que había sido hilado por Cloto, y luego, sin que ya pudiese volver atrás, el alma llegaba al pie del trono de la Necesidad y pasaba ya al otro lado. 

Después de que todas pasaron, se dirigieron juntas a la llanura del Lete (1), en medio de un calor sofocante y terrible, porque en la llanura no había ni un árbol ni una planta. Al llegar la tarde acamparon al borde del río Ameles, cuyas aguas no puede guardar vaso alguno; cada alma está obligada a beber cierta cantidad; las que no las contiene la prudencia beben más de la medida; apenas la han bebido, lo olvidan todo. Cuando se durmieron y llegó la medianoche, sobrevino el fragor de un trueno y un temblor de tierra y repentinamente las almas se lanzaron, unas hacia un lado, otras hacia otro, en dirección al mundo superior en donde debían nacer, y tomaron el vuelo como estrellas. Pero a él se le impidió que bebiera agua; sin embargo, por donde y de qué modo se reunió de nuevo con su cuerpo no lo sabía, pero de pronto, habiendo abierto los ojos, se vio, al alba, acostado sobre la pira. 

Y de este modo, Glaucón, el cuento se salvó del olvido y no se perdió, y nosotros podremos salvarnos, si lo creemos, y franquearemos felizmente el río Lete y no mancharemos nuestra alma. Si, pues, me creéis, convencidos de que nuestra alma es inmortal y tan capaz de todos los bienes como de todos los males, seguiremos siempre la ruta que conduce a lo alto y practicaremos de todas formas la justicia y la sabiduría, para que estemos en paz con nosotros mismos y con los dioses, no sólo mientras estemos aquí, sino cuando nosotros hayamos alcanzado las recompensas debidas a la justicia, como los vencedores de los juegos que recogen los presentes de sus amigos, y nosotros seremos felices aquí y en el viaje de mil años que nosotros hemos descrito.

(1) Río del olvido de los infiernos.


Del Libro X de "La República" de Platón; Editorial Juventud, Barcelona, 1946.

domingo, 22 de abril de 2012

Los rituales sangrientos de los aztecas



El sacrificio humano llegó a tener entre los aztecas una frecuencia y una generalidad que abisman. Para que no hubiese falta de víctimas se instituyó con los pueblos enemigos una costumbre muy singular, como la de la Xochiyoayóatl o Guerra Florida, cuyo objeto era hacer prisioneros para ofrecer su sangre a los dioses.

Cada mes tenía sus fiestas, y cada fiesta sus víctimas. En un mes mataban muchos niños, llevándolos para ello a las cumbres de los montes, donde les sacaban los corazones y los ofrecían en demanda de lluvia. Los niños iban adornados con plumajes y guirnaldas, y sus sacrificadores los acompañaban tañendo, cantando y bailando. Si los niños lloraban, el regocijo era mayor, porque aquellas lágrimas significaban lluvia. En el segundo mes sacrificaban a los cautivos, quitándoles antes las cabelleras para trofeo. La fiesta principal, que era la de Toxcalt, algo como su pascua florida, veía morir a un hermoso mancebo. Sahagún describe así las ceremonias:

"Cuando en esta fiesta mataban al mancebo que estaba criado para esto, luego sacaban otro, el cual, antes de morir, dende a un año andaba por todo el pueblo, muy ataviado, con flores en la mano y con personas que le acompañaban. Saludaba a los que topaba, graciosamente. Todos sabían que era  aquél la imagen de Tezcatlipoca, y se postraban delante de él y le adoraban donde quiera que le encontraban. Veinte días antes que llegase esta fiesta daban a este mancebo cuatro mozas, bien dispuestas y criadas para esto, con las cuales todos los veinte días tenía conversación carnal. Mudábanle el traje cuando le daban estas mozas, cortábanle los cabellos como capitán y dábanle otros atavíos muy galanes.

Cinco días antes que muriese, hacíanle fiestas y banquetes, en lugares frescos y amenos. Acompañábanle muchos principales... Llegado al lugar donde le habían de matar, él mismo se subía por las gradas y en cada una de ellas hacía pedazos una de las flautas con que andaba tañendo todo el año. Llegado arriba, echábanle sobre el tajón, y sacábanle el corazón. Tornaban a descender el cuerpo abajo, en palmas, y abajo le cortaban la cabeza, y la espetaban en un palo que se llamaba Tzompantli..."

El mismo Sahagún describe con muchos pormenores la operación del sacrificio de los cautivos, el más frecuente y cruel:

"Llegándolos al tajón, que era una piedra de tres palmos en alto, o poco más, y dos de ancho (techcalt), echábanlos sobre ella de espaldas, y tomábanlos cinco: dos de las piernas y dos por los brazos, y uno por la cabeza. Y venía luego el sacerdote que lo había de matar; y dábale con ambas manos, con una piedra de pedernal, hecha a manera de hierro, del ancón por los pechos, y por el agujero que hacía, metía la mano y arrancábale el corazón y luego le ofrecía al Sol. Echábale en una tinaja.

Después de haberle sacado el corazón, y después de haber echado la sangre en un jícara, la cual recibía el señor del mismo muerto, echaban el cuerpo a rodar por las gradas abajo. De allí le tomaban unos viejos, que llamaban Quaquaguilti y  le llevaban a un capsul o capilla, donde le despedazaban y le repartían para comer. Antes que hiciesen pedazos a los cautivos, los desollaban, y otros vestían sus pellejos, y escaramuzaban con ellos, con otros mancebos, como cosa de guerra, y se prendía los unos a los otros. 

Después de lo arriba dicho, mataban a otros cautivos, peleando con ellos, y estando ellos atados por medio del cuerpo con una soga, que salía por el ojo de una muela como de molino, y era tan largo que podía andar (el cautivo) por toda la circunferencia de la piedra. Dábanle sus armas con que pelease, y venían contra él cuatro, con espadas y rodelas, y uno a uno se acuchillaban hasta que le vencían."

El sacrificio que ofrecía al Dios del Fuego (Xocohuetzi) era una variedad muy interesante:

"Después de haber velado toda aquella noche los cautivos en el Cu, y de haber hecho muchas ceremonias con ellos, espolvorizábanles las caras con unos polvos que llaman yiauchtli, para que perdiesen el sentido y no sintiesen tanto la muerte. Atábanle los pies y las manos, y así atados, poníanlos sobre los hombros, y andaban con ellos como haciendo areito en rededor de un gran fuego y gran montón de brasa. Andando de este modo, íbanlos arrojando sobre el montón de brasas, ora uno, y luego otro y al que habían arrojado, dejábanlo quemar un buen intervalo, y aún estando vivo y basqueando, sacábanle fuera, arrastrando, con cualquiera garabato, y echábanle sobre el tajón, y abierto el pecho, sacábanle el corazón..."


De "Breve Historia de América" por Carlos Pereyra; (2da. edición) Editorial Zig Zag, Santiago de Chile, 1946.

sábado, 21 de abril de 2012

La Magdalena penitente



Título: "La Magdalena penitente"
Autor: Georges de la Tour (1593-1652)
Medidas: 128 x 94 cm.
Fecha: 1625 ca.
Ubicación: Museo del Louvre, París.

El pintor se plantea un problema de espacio, reduciéndolo a la zona iluminada por la vela: las figuras delimitan el espacio al formar precisos volúmenes de luz y de sombra.

lunes, 16 de abril de 2012

¿Es doloroso el momento de la muerte?




Todos hemos de morir, tarde o temprano. Muchos -acaso el lector pertenece a ese número- ven en la muerte algo espantoso. ¡Qué equivocados están! No es tan horrible morir, después de todo. El que muere va cayendo lenta, suave, inconscientemente en el último sueño, de igual modo que, sin miedo alguno, sin pensar en que no ha de volver a despertarse, se duerme cualquier noche. Esto aseguran quienes se han visto a dos dedos de la muerte. No otra cosa puede inferirse de las últimas palabras de los que murieron. Así lo prueban las de los que han vuelto, pues los ha habido, del mundo de los muertos.

No quiere decir esto que la muerte esté exenta de dolor. Mientras que el cuerpo luche por no morir, habrá padecimientos. Esto, y no otra cosa -la lucha del cuerpo contra la muerte-, son la lenta asfixia de la pulmonía, y los espasmos del que muere ahogado, y los padecimientos de la enfermedad incurable o de la lesión mortal. Pero aquello de "el moribundo que lucha a brazo partido con la muerte" no pasa de ser una frase de clisé, que nos ha llevado a suponer que los últimos instantes de la vida son una lucha horrible.

Veamos lo que nos dice Sir James F. Goodhart, eminente facultativo inglés que se impuso la costumbre de estar presente a la cabecera de todos los moribundos, mientras fue médico interno del Hospital de Guy. Según él: "la muerte en sí no ofrece nada de pavoroso para el que muere. El velo que separa este mundo del otro no es más que una tenue nube a través de la cual pasamos casi sin sentirlo".

Otros médicos notables han corroborado esa opinión: sir Benjamín C. Brodie y sir William Osler, entre ellos. "Morir", nos dice el doctor Alfred Worcester, ex profesor de Higiene de la Universidad de Harvard, "resulta siempre fácil en el último momento". Así, por ejemplo, el cáncer, es una de las enfermedades más dolorosas en su fase final; y, no obstante, el doctor J. Shelton Horsley, distinguido oncólogo de Richmond, en la Virginia, nos garantiza que "la muerte en sí se produce sin acompañamiento de dolor ni de agudas molestias".

He aquí uno de los hechos más consoladores de la existencia: los sucesos que más miedo nos inspiran vistos de lejos, pierden casi siempre, una vez que sobrevienen, gran parte del elemento de terror que les atribuimos. Así ocurre con la muerte. Cuando nos viene a visitar, se humaniza: la vemos acercarse con paso tácito y expresión amiga.

Hace cosa de diecinueve años estaba cierto conferenciante a dos dedos del sepulcro, en un hotel de Boston. Habíasele declarado intensa hemorragia interna y los médicos le advirtieron que tenían pocas esperanzas de salvarlo. "Me parecía que iba flotando hacia la frontera que  separa la vida de la muerte", nos refiere Irvin S. Cobb, el desahuciado de entonces, al evocar el episodio. "Empecé a hundirme. Tuve la sensación fiísica, clara y precisa, de que me hundía lenta, suave, continuamente, en una oscuridad que subía no sé dónde a mi encuentro. Había en aquella tiniebla ascendente algo que me enervaba y me envolvía como en un éxtasis. Sentía que, si me abandonaba a ella por completo, descansaría para siempre. Y acepté la perspectiva de una muerte inminente como aceptamos casi todos la de continuar la vida: como algo natural, inevitable".

"Estaba ya envuelto por entero en la tiniebla", continúa diciendo Irvin S. Cobb, "cuando sentí erguirse en mí una fuerza poderosa, y escuché en mi interior una vos que decía: Si me rindo ahora, soy un cobarde. Me queda mucho por hacer todavía. Lenta y trabajosamente fui alzándome del tenebroso abismo. Empecé a luchar por mi vida".

"Muchos sentirán encogérseles el corazón ante la idea de la muerte", concluye Cobb. "Pues bien, yo, que he tenido un pie en la sepultura, les digo, y con toda verdad, que caemos en ella sin experimentar miedo ni dolor; sin rebelarnos, sin quejarnos, libres de padecimientos físicos o morales, sintiendo sólo que aquello es un tránsito inevitable, y que se efectúa dulcemente".

Bruce Barton nos relata algo parecido. Trátase ahora de un hombre ilustrado, de mediana edad, que está a punto de morir de pulmonía en la cama de un hospital. Llega la hora. La enfermera coge una mano del enfermo, como si pretendiera sujetarlo en la orilla misma del precipicio. Hay un momento, trágico, decisivo, solemne, en que ni ella, ni el médico, saben si el enfermo alienta todavía, suspendido de un hilo delgadísimo, o si ha caído ya en el abismo... Pasan unos minutos... el moribundo se reanima.

"Me aseguró el médico que había estado usted casi muerto", decíale pocos días después Bruce Barton al casi resucitado. "¿Qué pensó o sintió usted en aquellos instantes?". "¡Nada!" le constestó él. "Me daba lo mismo vivir que morirme. Sentía un gran cansancio y pensaba: Vaya... ahora podré dormir".

Eso por lo que atañe a los que se han visto cerca de la orilla de la eternidad. ¿Y los que han cruzado esa orilla? Analizando cuidadosamente las "últimas palabras" de 1229 personas notables, se ha encontrado que cada sesenta casos, hay, a lo sumo uno, en que indiquen miedo o dolor físico. En los cincuenta y nueve restantes, aparece toda la gama de sentimientos: desde la indiferencia hasta el éxtasis.

El doctor Eduardo Hammond Clarke ha hecho un estudio de las sensaciones de los moribundos en un libro insólito: Visiones. Uno de sus enfermos se prestó a comunicar todo lo que sintiera, a medida que fuera hundiéndose en la inconsciencia de la muerte. Convinieron en un sistema de señales por medio de los dedos, a fin de que el enfermo pudiese responder a las preguntas que se le hiciesen, cuando ya hubiera perdido la facultad de hablar y de mover la cabeza. Hasta el postrer momento, cuando ya había perdido al parecer al parecer todo vestigio de conciencia, cada vez que el doctor Clarke le preguntaba "¿Siente usted algún dolor?", movía los dedos en la forma que, según lo convenido, quería decir "No".

Andan hoy por el mundo, sanos y cabales, muchos que han estado muertos; muchos a quienes la familia, la ley y la biología habían borrado de la lista de los vivos. Hemos de creerlo bajo la autoridad respetable y respetada del doctor Alexis Carrel, laureado con el premio Nóbel, biólogo, cirujano y autor de La Incógnita del Hombre.

La muerte, según el doctor Carrel, no es instantánea. Hay en ella dos fases: la de la muerte total o muerte del individuo, y la muerte parcial, o de los órganos aislados. La muerte total sigue al último latido del corazón, pues entonces se paralizan todas las funciones esenciales para la vida y se extingue la personalidad. Pero los órganos van muriendo cada uno por su lado. Los riñones, por ejemplo, pueden seguir viviendo por más de una hora.

El doctor Carrell lama a la primera "muerte remediable", ya que mediante la oportuna administración de socorros, puede devolverse a sus víctimas a la vida, si no está seriamente interesado ninguno de los órganos capitales. La segunda es la "muerte irremediable". Sacan a un nadador a la orilla, sin sentido; hallan a un hombre desmadejado sobre el volante de su auto, en marcha el motor, cerradas las puertas del garaje. El médico no siente vestigio de pulso ni el más leve soplo pulmonar. Manda traer el aparato de respiración artificial. Transcurren unos minutos de incertidumbre. A veces, vuelve a la vida.

No obstante eso, el doctor Carrell asegura que el sujeto ha estado muerto, tan muerto como puede estarlo la totalidad de su cuerpo, sin excluir la conciencia. Aquellos que, merced al tratamiento, vuelven a la vida, se diferencian de los que continúan  muertos, sólo en un particular: en que no han recibido lesión irreparable en sus órganos esenciales.

¿Y qué cuentan los que han revivido de una muerte por inmersión? Casi todos dicen que no experimentaron padecimiento alguno después de los primeros esfuerzos por salvarse. La angustia de esos primeros instantes fue cediendo el lugar a una sensación de adormecedora languidez. Véase a continuación cómo la describe Grant Allen, que la experimentó:

"Mi indiferencia física a la muerte nace precisamente del conocimiento directo que de ésta tengo. Morirse es tan fácil como dormirse. La conciencia de que se aproximaba la muerte, y la lucha por librarme de ella era lo que me hacía padecer; pero, aún así y todo, no me sentía ni la mitad de lo mal que si me hubiera roto un brazo o me estuviesen sacando una muela. No experimenté ni pizca de apocamiento".

La ciencia nos da la clave de esa actitud ante la muerte cuando sentimos acercarse la última hora. Débese a un proceso de desgaste fisiológico. Cada latido del corazón impele la sangre con menos fuerza que el anterior. A medida que disminuye la tensión arterial, va nublándose el cerebro paulatinamente, como anestesiado por el ritmo decreciente de la vida. La onda férvida e impetuosa de nuestra vitalidad retrocede hacia el océano de la vida universal de donde salió, como lenta resaca que va a confundirse allá abajo, muy abajo, en la profundidad inalterable., lejos de la agitada superficie. Al llegar al último momento, nos envuelve una paz definitiva y suprema, semejante a la que experimenta quien "bien envuelto en la ropa de su lecho, se entrega al deleite de ensoñar".


El presente artículo fue escrito por el Dr. Lester Howard Perry, redactor gerente de "The Pennsylvania Medical Journal" y apareció publicado en Selecciones del Reader's Digest en agosto de 1942.

sábado, 14 de abril de 2012

Un puñado de tierra francesa...



Recorriendo el Cemeterio Central de Montevideo uno se encuentra con la historia del Uruguay que nos habla desde las lápidas y los monumentos. En este caso me he topado con una vieja lápida en mármol blanco que no tiene otra inscripción más que un nombre: Comte Gisclon & Rannaud. Por desgracia no ha sido inscripta la fecha de muerte en ella lo que podría ayudarnos a saber quien fue este extraño personaje francés que murió por estas latitudes, tan alejado de su patria. Sin embargo, podemos aventurar alguna hipótesis bastante bien encaminada si tenemos en cuenta que muchos franceses llegaron a Montevideo durante el siglo XIX ya sea aventureros o para radicarse y dedicarse al comercio o bien formando parte de las escuadras francesas que apoyaron al gobierno de la Defensa de Montevideo durante el Sitio Grande de 1839 a 1851. Acaso este Conde haya sido un oficial de la escuadra francesa que encontró la muerte en algún combate naval en esos años... Es algo que puedo afirmar pero es posible y hasta probable y lo voy a averiguar. Me han otorgado el certificado de investigador en la Biblioteca Nacional y pienso sacarle el jugo a la posibilidad de acceder a documentos antiguos. 

martes, 10 de abril de 2012

Carta de pésame IV: a un viudo



Muy Señor mío,

Vd. no puede figurarse cuan penosamente he sido afectado al saber la noticia de la muerte de su digna esposa. Bien comprendo, Señor, toda la extensión de la perdida que Vd. acaba de experimentar, para no sentir también cuáles deben ser su pesadumbre y su abatimiento. Después de haber pasado veinte años de su vida con una compañera afectuosa, la soledad en que Vd. se encuentra actualmente obligado a vivir, estará sin duda llena de una dolorosa tristeza; pero ¡ay de mi! no se une nadie en la tierra sino para separarse en breve; feliz aún si, después de esta separación, no queda del tiempo que se ha pasado juntos sino dulces recuerdos y pensamientos consoladores: es eso pues, Señor, lo que debe dulcificar la amargura de sus pesares. En efecto, Vd. no podrá pensar en la buena esposa, en la excelente madre de familia, sin que el pensamiento de las virtudes de la que Vd. llora venga como a derramar un bálsamo sobre su herida. Por otra parte, Señor, hay una cosa que debe traer algún alivio a sus penas: es el luto universal en que han sido sumidas las personas que conocieron a su Señora esposa, y que pudieron apreciar todas sus nobles prendas. Ánimo pues, Señor, y crea Vd. en los sentimientos de estima con que soy

Su afectísimo servidor, 

TURPIN

Estrasburgo, 3 de mayo de 1854.


De "El Secretario Universal" de A. Armand Dunois; Casa Editorial Garnier Hermanos, París, 1884.

viernes, 6 de abril de 2012

Post Mortem LVII



Nuevamente hemos seleccionado una imagen postmortem de un chico. En este caso se trata de una fotografía procedente de Bélgica. El chico aparece recostado en su cama, como si estuviese adormecido, vestido de negro, ya que se en realidad se trata de un adolescente y no de un niño pequeño a los que solía vestir de blanco para este tipo de fotografía. Obsérvese que los ojos y la boca del chico no están totalmente cerrados dándole un aspecto de cierta inquietud...

Colección particular de Marc De Clercq

miércoles, 4 de abril de 2012

Edgar en el museo



En esta curiosa imagen vemos a Edgar Allan Poe, quien pasaba tiempo en la Academia de Ciencia Naurales de Filadelfia haciendo investigaciones sobre moluscos. Junto a él vemos a John Leidy (centro) un joven estudiante de medicina y a Samuel George Morton (sentado), un físico y naturalista. La  imagen se obtuvo en el nuevo edificio de dicha academia ubicado en la esquinas de las calles Broad y Samsom durante el invierno de 1842-43. Este daguerrotipo es la fotografía más antigua conocida del interior de un museo norteamericano. Me pregunto si acaso estos esqueletos no le sirvieron de inspiración para alguno de sus cuentos...

Vía │ NY Times

lunes, 2 de abril de 2012

Los funerales de Enriqueta de Inglaterra



"Los Funerales de Enriqueta de Inglaterra"
Grabado de la época
Biblioteca Nacional de París

Enriqueta de Inglaterra (1644-1670), hija de Carlos I y de Enriqueta de Francia, después de la decapitación de su padre cayó en manos de los parlamentarios ingleses. Mas pudo ser liberada y trasladada a Francia, donde casó, en 1661, con el duque de Orleáns, hermano de Luis XIV. Murió a los 27 años de edad, y con motivo de sus funerales, Bossuet pronunció, en Saint-Denis, una de sus famosas oraciones fúnebres.