lunes, 3 de diciembre de 2012

Los que no quisieron vivir IX: Edmundo Montagne



Con Edmundo Montagne, que pertenecía a mi generación, no conversé muchas veces ni fuimos realmente amigos. Tenía aspecto de hombre de mala salud, ojos saltones y expresión nada atractiva, aunque sonreía siempre, con sonrisa triste. Siendo joven estuvo en un manicomio, creo que por poco tiempo. Tenía muchos méritos personales: nobleza, bondad, generosidad, cordialidad. Publicó algunos libros, más de quince, casi todos de versos o de cuentos, sin lograr nunca el favor del público. Dejó un hermoso poema, La Velada, que figura en varias antologías y que no será olvidado. Pero su literatura, en general, carecía de vigor, de grandeza y de otras cosas que dan a los libros valor y preduración.

Trabajador útil, fundó revistas y juzgó, en artículos generosos y no exentos de sentido crítico, lo libros de sus colegas. Alguna vez trató de mí, y a Delfina le dedicó una página extensa y comprensiva. En El bazar del iluso, libro de malos versos, en la parte que tituló "La velada de los poetas", recordó a varios que habíamos cultivado la poesía: Banchs, Ugarte, Arrieta, Capdevilla -a quien llamó, solo Dios sabrá por qué, "viril tronador"*- y a otros muchos. Dice de mí: Gálvez por un "Sendero - de Humildad" y de aldeas - lejanas, viejos usos venerables - y cristianas ideas - nos trae, buen romero - en simplicísimas crónicas amables. 

Dejé de ver durante años a Montagne. Supe que había retornado al manicomio. ¿Por qué, después de tanto tiempo con buena salud mental, tranquilo, sin rarezas, sin decir nada que hiciera temer la catástrofe? Allí permaneció algunos años, hasta un día de 1941 se le encontró ahorcado en su celda.

* Tal vez quiso decir "trovador", y el linotipista y el corrector de la imprenta le hicieron una mala jugada.

De "Entre la novela y la historia" de Manuel Gálvez; Editorial Hachette, Buenos Aires, 1962.

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