sábado, 16 de junio de 2018

La mortalidad y sus causas


Nos cabe hoy el deber de llenar una triste misión: la de descubrir las llagas que sufre nuestro cuerpo. Esas llagas nos desacreditan y nos deshonran; pero si no se descubren nos matarán. Descubrámolas pues á los ojos de todos, porque el horror y la vergüenza del espectáculo hagan comprender la  necesidad y urgencia  del remedio. Ha llegado un momento en que no puede  haber otra cuestión del día que la salubridad de Buenos Aires. El mejor gobierno, las mejores cámaras,  los mejores partidos serán los que los realicen. Los gobernantes, las asambleas, los políticos que nos  hablen de ferrocarriles, de  exposiciones, de educación no sirven para nada, si no son capaces de curar el cáncer que nos devora. La salubrificacion de Buenos Aires debe ser el pensamiento de sus mandatarios, el programa de sus partidos, el tema de los proyectos de sus cámaras, la condición impuesta a los electos, la labor constante de las municipalidades y la preocupación primera de  todos y cada uno de sus habitantes. Estamos rodeados por una  conspiración invisible, que estrecha  su sitio todos los días  y que combatiendo los elementos de salud y de vida que prevalecían en estas regiones, amenazan  extinguirlos y fundar  en ellas un vade  envenenado  de  Java  habitado por la muerte y donde la presa que huye y el tigre que se arroja sobre ella sucumben al mismo tiempo tocados por el aliento de la tierra. Démonos cuenta ahora de nuestra situación. 

En Francia muere un habitante al año sobre 45. En Inglaterra uno sobre. 46. En Prusia uno sobre 38. En Austria, considerado el país mas insalubre de Europa, mueren como en Roma y Constantinopla uno sobre 33. Entendemos que la mortalidad de Prusia y Austria, es hoy menor que la designada. Y nótese que estos cálculos comprenden las muertes causadas por las epidemias. ¿Cuáles entretanto el  término medio de mortalidad entre nosotros? No nos atrevemos a revelar la cifra espantosa que  resultarla si, sumando todas las defunciones de los últimos cuatro años, comprendidas las epidemias, buscásemos un término medio de mortalidad. Debemos pues, reducirnos a calcular como si  tales epidemias no hubieran ocurrido y entonces, siendo la  mortalidad de los tiempos normales de 19 a 26 tomando el término medio de 22, resultan 8.030 defunciones en el año. La relación de esta suma con el número de  doscientos  mil habitantes, da una proporción de uno a 24. Quiere decir que en Buenos Aires, muere un habitante por cada 24, o sea así una mitad mas que en Constantinopla y en Roma y el doble que en Francia y en Inglaterra. 

Excusamos hacer comentarios sobre este resultado terrible de las cifras que tan fúnebre desmentido dan al  nombre, en otro tiempo cierto, de nuestra ciudad. Comparemos lo que hoy sucede con lo que  tenia lugar algún tiempo atrás. Hace como once o doce años que la prensa de Buenos Aires estableció constancia de un hecho que nadie pudo mirar con indiferencia. Los encargados de las secciones noticiosas habían ido a los cementerios en busca de las defunciones del día. No pudieron obtener esos datos, porque no existían  ¡Aquel día no había muerto  nadie en la populosa  ciudad de Buenos Aires! El término medio de la mortalidad sería entonces de seis a ocho defunciones diarias. Cinco o seis años mas tarde,  recordamos que fue el señor Cantifo quien  hizo notar en El Siglo un día en que solo tuvieron lugar dos o tres defunciones en Buenos Aires. Durante el tiempo que precedió y el siguiente, las defunciones eran de ocho o diez. Desearíamos que se nos rectificase si es equivocado nuestro  recuerdo.

¿Qué es entonces lo que hoy está matando un hombre sobre 24, sin tomar en cuenta los  que mueren  de epidemia y limitándonos a la cifra de la mortalidad ordinaria? No hay que vacilar en decirlo: lo que nos mata es la inmundicia, es el desaseo. La violación de las leyes del aseo tiene pena de muerte en el código de la higiene pública. Estamos pagando la pena de esa violación. Y es singular el contraste original y doloroso que tiene lugar en Buenos Aires. Donde está la acción individual está el aseo en todo su escrupuloso esmero; mientras que, donde está la acción pública ó del Estado, está  la mas repugnante manifestación de la  barbarie. No se crea que queremos culpar a nadie con estas palabras ni menos a las autoridades actuales que han manifestado un verdadero interés  en la  cuestión  que nos ocupa. Es que una necesidad fatal lo ha querido así. Nuestros gobiernos bárbaros  no han hecho sino  robar y matar. Nuestros gobiernos liberales apenas han  tenido tiempo de llevar a cabo la  regeneración política argentina. Las guerras continuas han hecho  que solo  conozcamos  al  Gobierno bajo su faz militar y política. Su faz municipal no ha sido propiamente conocida. 

Llévese a un extranjero con los ojos vendados, no digamos a los lujosos salones de nuestro mundo elegante pero aun a la ignorada de una familia modesta. Todo lo encontrará allí  brillante de aseo y  de buen gusto. Los muebles, como las personas, las ropas como los adornos, los patios, como los jardines, lodo mostrará el orden, el cuidado, la limpieza y la salud. Desde el brillante  llamador de  bronce hasta la flor que la belleza juvenil cultiva con sus propias manos, todo podrá mirarse y escudriñarse sin rubor del dueño. Pero salgamos a la calle, en donde empieza la acción de la autoridad. Si llueve las calles están llenas de fango para tres o cuatro días. Si sale el sol, la evaporación de aquella humedad nauseabunda se aspira con temor y repugnancia. Al lado de los pisos de mármol, cerca de las ventanas por donde se escapan las armonías del piano, hay una cosa asquerosa, que o se sabe lo que es, pero que fermenta con el calor y vuelve pestilente la atmósfera. Son los cajones de la basura, que forman en primera línea delante de las puertas de la calle, con asombro y asco de propios y extraños.

La autoridad no ha hecho ni siquiera un grande albañal para que salgan esas basuras y ellas están  esperando que vengan a buscarlas entre 10 de la mañana y dos de la tarde los basureros que las pasean por toda la ciudad. Teníamos un río interior, con buena agua, que podía ser un  gran puerto de cabotaje. Pero los saladeristas lo necesitaban. También una vez por haber saladeros afuera se robaron muchos cueros,  en tiempo del sitio. Así, el Riachuelo se regaló a los saladeristas para que lo  envenenasen. Envenenado el Riachuelo, sus aguas se ensayan en matar  los pescados del Rio de la Plata mientras sus miasmas, incorporados a la atmósfera propagan la fiebre amarilla. Teníamos una corriente subterránea que daba muy regular agua. También la hemos envenenado. La elaboración de lo inmundo, durante siglos, ha sido arrojado dentro de la tierra, justamente á la  profundidad  del agua. Durante siglos se han abierto y llenado así las letrinas y resumideros. 

Cuando unos se obstruían, se cavan otros  ya para servirse de ellos directamente, ya para que fuesen  el receptáculo de lo que sobraba a los demás. Teníamos un río magnífico, verdadera bendición de Dios, con aguas de virtudes medicinales, y lo hemos contaminado frente a la ciudad con ]a corriente envenenada del Riachuelo que la derrama en él precisamente en el sentido que más le daña. Si una mano poderosa levantase el piso de nuestras casas, sus habitantes caerían muertos como por el rayo. La corriente subterránea está envenenada también, porque ha absorbido la infiltración de las letrinas y resumideros. El aljibe es él único depósito que se defiende por el estuco que lo cubre y sobre todo, por su  poca profundidad. Antiguamente, el cavar pozos era una industria sin peligro. Hoy el pocero va a su trabajo  como pudiera ir al campo de batalla. Va a desafiar a la muerte, que más de una vez le ha sorprendido en su tarea. Otra ciudad subterránea y asquerosa vive y muere a nuestros  pies. Minada de enormes ratones, que cruzan la ciudad en todos sentidos, entran y salen por los albañales, reducidos a una casi domesticidad. Su número ha acobardado a los perezosos gatos,  que ya no los ofenden, y así crecen, se multiplican con  profusión  horrible y  mueren  aumentando con sus restos infectos el capital de lo inmundo. Nuestras calles eran antes pantanos. ¿Con que ha sido levantado su nivel? ¡Con basuras!

Con basuras se han rellenado las barrancas del paseo de Julio, con basuras se han rellenado todos los puntos bajos del oeste y del sud, basuras hay hasta debajo del adoquinado de la calle de Rivadavia. Nuestros empedrados son la losa de un sepulcro. Debajo de ella está la corrupción, y la muerte se escapa de sus grietas, para visitar la ciudad con su aliento letal, cada vez que la humedad afloja la tierra y cada vez que entreabren su seno los ardores del sol. Nuestras infiltraciones de agua están envenenadas; nuestro bajo suelo son las basuras y las letrinas, nuestra atmósfera es una infiltración invisible de todas esas corrupciones. Nuestros cementerios están de a pares, en los  barrios poblados. El cementerio del Norte es el paso preciso de los que salen a pasear fuera de la ciudad y está entre las casas y quintas de su costado derecho. Los vivos y los muertos cohabitan allí en una promiscuidad aterrante y tomando filosóficamente el hecho, han hecho del cementerio un paseo puesto que enfrente se había colocado la estación de un tramways!

Y como si este no bastara, el cementerio tiene sus prácticas especiales. Los cadáveres, puestos dentro de un cajón de plomo y otro de madera, se colocan generalmente en nichos practicados al aire, en el interior del mausoleo, que solo está cerrado por una reja de fierro. Cuando viene la fermentación pútrida, los gases que despide al cadáver, no encontrando salida, suelen hacer explosión, abriendo las junturas del plomo. Entonces quedan en libre comunicación con el aire. Al  lado de la iglesia del Socorro, hay otro cementerio. Es preciso poner el  fuego en todas partes!Como si los  cadáveres  humanos no  bastasen,  tenemos encima los restos de los primales  que  se matan  para el consumo. La sangre y las entrañas de todo lo que se come en  Buenos Aires, se pudre sobre la tierra. Si los muertos no nos inspiran horror y los tenemos tan cerca, menos zozobra deben  causarnos los enfermos. El hospital de hombres está en el centro de la parroquia de San Telmo,  agregándose este combustible  mas en un punto siempre perseguido por los flagelos. El hospital  de mujeres todos saben que está en el corazón de la ciudad, en la  calle de la Esmeralda, entre Piedad y Cangallo.

A esta multitud de focos miasmáticos se une hoy por desgracia la aglomeración en locales estrechos de centenares de personas, principalmente inmigrantes, que viven en el mas repugnaste desaseo. Un solo hecho vamos a citar para que se toque la influencia de la inmundicia sobre el desarrollo  de las pestes. Es sabido que la fiebre amarilla, estableciendo su cuartel general en la parroquia de San Telmo, ha dado verdadero asalto a otros puntos de la ciudad. Todos ellos han tenido lugar uniformemente. La fiebre ha buscado el punto  de la mayor aglomeración y desaseo y lo ha atacado sin piedad. Inmediatamente que se han  hecho cesar las causas de la propagación, la peste ha  desaparecido encerrándose  de nuevo en su guardia primera. Sabido es que un nuevo foco de peste se había  anunciado en la calle de Paraguay, entre Artes y Cerrito. Averiguando el hecho, resultó que el local atacado, teniendo apenas capacidad para cincuenta personas, alojaba trescientos veinte. Pero había algo peor, si es que algo peor puede darse. Con un objeto ¡que no es fácil adivinar, el locador  o dueño  de  una no consentía en que se sacasen las basuras  que se, hacían  diariamente en ella, que no  serian pocas ni de buena  calidad. Íbalas amontonando en el fondo de la casa donde hacia diez meses, se estacionaban, por manera que, cuando se sacaron, fue necesario ocupar diez grandes carros de los que hacen el servicio municipal.

Allí dio su asalto la fiebre amarilla, atraída sin duda por los inmundos efluvios de aquella atmósfera,  y la primera víctima que hizo fue el mismo dueño o arrendatario de la casa. En seguida fue atacada su mujer y murió. Casi simultáneamente se contagiaron los hijos y también  murieron. Entonces fue que acudió la autoridad. Los habitantes de la casa, aterrados, la desampararon, una parte espontáneamente, otra parte inducidos a ello. Limpia y despejada la casa, desapareció la fiebre  amarilla  de aquel barrio, sin que haya noticia de que volviese a aparecer por ninguna casa de las inmediaciones. Tales son las deplorables condiciones higiénicas en  que nos encontramos, tal es el desaseo, la falta de policía y  los  focos  de  corrupción que nos envuelven y que causan el alarmante incremento de mortalidad que hemos notado y que nos coloca hoy entre las ciudades mas  insalu­bres dei mundo,  habiendo sido la mas sana. Demasiado buenos son nuestros aires cuando no  tenemos la  epidemia permanente.

Sin nuestra rica vegetación, sin nuestra pampa abierta, sin los vientos que purifican la atmósfera, no sería posible vivir, como nosotros entre el Riachuelo, las corrientes subterráneas envenenadas; el  aire  corrompido, los cementerios, hospitales, los mataderos, el fango, las basuras abajo y arriba de la tierra y las acumulaciones humanas en que viven trescientos hombres en el espacio insuficiente  para diez y cuando las emanaciones de cada uno de esos cuerpos era bastante para infestar una casa entera. El Riachuelo no es pues sino una llaga que se descubre en un enfermo cuyo cuerpo está cubierto  de podredumbre interna. Si las fuerzas morales y materiales de la sociedad,  si la  opinión con su  exigencia y la autoridad con sus recursos, no concurren a  salvarlos, estamos perdidos. Por el  contrarío, si nos ponemos á la obra con energía, con perseverancia, con pasión absorbente y exclusiva,  no levantando la frente hasta terminarla, habremos salvado la crisis en uno ó dos años,  y Buenos Aires, digno de su nombre antiguo, salvando el bienestar y la vida de sus ciudadanos, podrá ser como antes, para sus  huéspedes,  el suelo de la libertad, de la salud y de la fortuna. Hoy hasta los huéspedes que venian á  buscar un  hogar en  nuestro clima salubre y hospitalario, nos vuelven la espalda:— «El ltalo Platense» ha llevado mas de 400 inmigrantes de regreso, que huyen de estas  playas habitadas por la muerte. El  mejor Ministro de Hacienda, ha dicho un economista, es el que pueda presentar una cifra mayor de inmigración. El mejor gobernante, diremos ahora, será el que  cortando la corriente de la inmigración que no vuelve, haga bajar las tablas de la mortalidad  de Buenos Aires, atacando vigorosamente las causas manifestadas que la producción. 

De "La Bandera Radical", revista semanal de intereses generales. N° 7, Montevideo, 12 de marzo de 1871.

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