miércoles, 8 de agosto de 2012

Fantasmas



Los fantasmas, que antes pululaban por el mundo, se van retrayendo cada día más del trato humano. Son unos seres susceptibles, y la idea de tropezar con gentes incrédulas que no quieran verlos o no se dignen hacerles caso, y que si los llegan a ver les nieguen descaradamente la existencia llamándoles una alucinación, les detiene cuando van a aproximarse al mundo de los vivos. Para un fantasma que tenga algo de dignidad y de amor propio, verse llamado una alucinación es una injuria intolerable.

Además, los fantasmas encuentran ahora en el mundo una porción de artefactos y utensilios raros que les inspiran extrañeza y temor: hilos de telégrafo, focos de luz eléctrica, cámaras fotográficas, en que algún miembro de cualquier sociedad de investigaciones psíquicas puede tratar de fijar la flotante imagen de la aparición; fonógrafos que pueden recoger el rumor de sus pasos, de sus lamentos, de su arrastrar de cadenas. A los fantasmas les distraía observar a los hombres y sorprenderles con su presencia; pero el verse observados por ellos, les molesta y hasta les ofende. Especialmente la fotografía les incomoda tanto como a los súbditos de Abd-el-Aziz.

Sin embargo, hay todavía algunos fantasmas, más testarudos o menos experimentados, que siguen visitando a los hombres, y se complacen en dar un susto a los escépticos, casi siempre a los escépticos impresionables e imaginativos. Un escritor francés, Paul Ginisty, acaba de comentar donosamente una de esas historias fantásticas, dignas de la pluma de un  Hoffmann. Un médico, que no creía en fantasmas, fue a una casa encantada; se encerró por dentro, con llave, en una de las habitaciones, después de haber registrado todos los econdrijos, y exclamó en voz alta y en son de desafío: - ¡Ahora, que entren los fantasmas!

Entonces ocurrió el prodigio: la llave fue disminuyendo, pareció evaporarse y pasó al otro lado de la cerradura; de suerte que el incrédulo galeno, que se había encerrado por dentro, se encontró encerrado por fuera, prisionero de los fantasmas, que enseguida comenzaron a mover una porción de ruidos desagradables y terroríficos, aunque no llegaron a entrar, sin duda por repugnancia a dejarse ver de un incrédulo. Es de esperar, sin embargo, que el médico en cuestión llegara a verlos algún día, porque desde su aventura en la casa del duende, cree firmemente en los fantasmas, y para estas cosas no hay como la fe.

Ginisty opina que el médico debió hacer lo que el personaje de Dickens que se encontró en una situación parecida. También había ido este sujeto a una casa encantada; pero no con ánimo de provocar a los fantasmas, sino de tener una habitación a poco precio, pues la mala fama del inmueble entre los inquilinos, poco aficionados al comercio con lo sobrenatural, había hecho bajar considerablemente los alquileres. El inquilino iba resuelto a soportar a los aparecidos, con tal de que el casero le fuera soportable. ´

La primera noche que pasó en la casa se le apareció un fantasma. El hombre no perdió la serenidad. Dió las buenas noches al visitante de ultratumba, para que no fuera contando que era un sujeto mal educado, y le dijo: - Le esperaba a usted, y aunque la hora no es muy a propósito para visitas, tendré mucho gusto en que echemos un párrafo. Siéntese usted. Lamento que esa silla esté algo coja. Bueno; pues ahora dígame usted si piensa venir a visitarme con frecuencia a estas horas. No se lo aconsejo. Esto está muy poco confortable, no hay más que trastos viejos. ¿Qué gusto puede usted hallar en esta perrera, cuando hay tantas casas elegantes y  cómodas donde podría usted deslizarse y pasar el rato, pero no pienso prestar mucha atención a sus gestos infernales, que me parecen algo ridículos. Estoy cansado. Perdóneme usted si me quedo dormido.

El fantasma se quedó perplejo y desorientado ante aquella acogida, y acabó por irse. No volvió en las sucesivas noches. Yo no me acuerdo si lo refiere Dickens; pero sé de buena tinta que, a consecuencia de esto, la casa perdió su medrosa fama y el casero le subió el alquiler al inquilino, quien se convenció de que no se debe bromear con lo sobrenatural, y de que los fantasmas le habían jugado una mala pasada.

Con todo, yo te aconsejo, lector, que imites la serenidad del personaje de Dickens en el trato con los fantasmas de la vida real, que no nos asustan, pero nos manejan y gobiernan. Si a todos esos ídolos o fantasmas de la raza, del antro, de la plaza pública, del teatro, que clasifica el sabio canciller lord Francisco Becon de Verulam, en su Novum Organum, les miramos y les hablamos con la serenidad con que habló al aparecido el habitante de la casa encantada, es seguro que nos resultarán menos imponentes, y que conservaremos frente a ellos más personalidad y mayor independencia. ¡No nos asustan los fantasmas!

Y esos fantasmas de la vida real que son hombres, que son ideas, que son costumbres que se adueñan de nosotros y nos reducen a unidades del rebaño, son mucho más de temer que aquellos otros fantasmas del reino del misterio, que ya rara vez se aventuran por el mundo, para no tropezar con incrédulos.


De "Diálogos filosóficos y comentarios de costumbres" de Eduardo Gómez de Baquero; París, 1909.

1 comentario:

Parlanchín dijo...

Eduardo Gómez de Baquero (Madrid, 1866 - Madrid, 1929), es más conocido por su seudónimo "Andrenio". Fue un periodista y crítico literario español.