domingo, 16 de septiembre de 2012

Los que no quisieron vivir VII: Enrique Loncán


Enrique Loncán (1892-1940), a la izquierda, junto a colegas de la Cancillería argentina.

Enrique Loncán era un humorista típicamente porteño. Hay que conocer mucho Buenos Aires, el Buenos Aires de 1910, para apreciar la gracia de Loncán. Recuerdo su libro La conquista de Buenos Aires, colección de cuentos o relatos. En uno de ellos, le van a dar un banquete a cierto "llegador". La lista de los firmantes de la invitación tiene una gracia extraordinaria, si bien pocos son los que pueden saborearla. Loncán fue  uno de nuestros más claros y elegantes prosistas. Su frase desarrollábase con fluidez, sin un tropiezo ni una dureza. Algunas de sus páginas están a la altura de las del español, Julio Camba, pero Loncán no era un pensador, como Camba.. Conocía profunda y minuciosamente el espíritu de Buenos Aires, los defectos y las virtudes del porteño. Es decir, del porteño de las clases medias y superiores, no del pueblo. Lástima que su obra fuese fragmentaria.

He sentido verdadero afecto por Loncán. Muchos años antes el había escrito un excelente artículo sobre La maestra normal y me recordó en varias ocasiones. En la sociedad distinguida se le apreciaba mucho, como persona y como orador: no tanto como escritor. Era un orador de excepción, y algunos le consideraban como el sucesor de Belisario Roldán. Pero en el ambiente literario, en el que dominaba una camarilla izquierdista, se le negaba todo mérito y era porque frecuentaba la sociedad principal y el Jockey Club... También le juzgaban snob, no literario sino social. Decían que, de origen modesto -su padre había sido maestro de escuela- se había metido en la aristocracia a fuerza de adulaciones. Pero Loncán nada tenía de adulón, y su espíritu era fino y distinguido.

Yo solía encontrarme con él en el Jockey Club, sobre todo en el vestíbulo, o en el frente, mirando pasar a las mujeres. Hablábamos generalmente de nuestros colegas. Uno de sus temas preferidos era quejarse de los escritores, y recuerdo como le ofendió que al último de sus libros no se diese el tercer Premio Nacional. El jurado, del que formaban parte Manuel Ugarte y Jorge Luis Borges, había concedido el premio a María Alicia Domínguez y el tercero a Loncán. El primer premio tenía que ser otorgado siempre a escritores de alta categoría: Lugones, Rojas, Guiraldes, Capdevilla, Hugo Wast, y en el ambiente literario indignó ver premiada a María Alicia. Entonces, la Comisión de Cultura, cuyo presidente era Carlos Ibarguren, la que tenía facultades para no aprobar las decisiones del jurado -publicadas en los diarios antes de tiempo- no reconoció el fallo y declaró desierto el primer premio, dando el segundo a María Alicia y el tercero al que antes figuró como segundo. Loncán quedó fuera.

Quisquilloso, mostrábase muy enojado con Ibarguren, y más aún con Antonio Aita, de quien decía que había influido sobre Ibarguren. No tardó en vengarse, y en forma cruel. Publicó un cuento largo, en el que remedaba el congreso del PEN Club y en que Aita, con nombre cambiado, figuraba como protagonista. Pero no era un congreso de escritores sino de filatélicos. Este cuento, que Loncán puso al frente de la colección de páginas suyas que hizo publicar en París, en francés, era sarcástico e injusto contra Aita. Con Ibarguren no "se metió" tanto, solo que, como Ibarguren presidía la Comisión de Cultura, la Academia de Letras y la Cooperación Intelectual, y acaso perteneciera a otras comisiones, le llamó "comisionófilo polivalente".

Loncán tenía un tipo algo raro: baja estatura, anchas y un tanto encorvadas espaldas, cara grande -carota podría decirse-, rostro cuadrado y blanquísimo en el que se perdía una nariz minúscula, con los agujeritos a la vista. Daba la impresión de un hombre simpático, y lo era en alto grado. Su literatura es sana, optimista. ¿Por qué se pegó un tiro?

Loncán, por esos días, de los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, acababa de llegar de París, donde había ocupado un alto cargo en nuestra embajada. En París, Loncán había chocado con el embajador, Miguel Ángel Cárcano. Al volver a Buenos Aires, publicó una página violenta contra Cárcano, con motivo de su conducta cuando, por causa de la guerra, debió salir de París el personal de la embajada.. Ahora, ¿qué ocurriría? ¿Iba Loncán a ser destituido o iba a ser amonestado? El caso fue que, una tarde, Loncán se entrevistó con el ministro, José María Cantilo, que era también escritor y había publicado una novela. ¿De qué hablaron? Se ignora, como se ignora lo que Loncán pudo decir a su jefe. Debe saberse que Loncán, como muchos escritores, tenía cierta afición al alcohol, pero sin ser alcoholista precisamente. Es probable que esa tarde de su entrevista con Cantilo se hubiera echado dentro del cuerpo, a fin de templarse, unos cuantos tragos. El caso fue que, terminada la entrevista, se metió en un bar de la avenida Alem y Sarmiento, y junto a una mesa de un rincón oscuro, se pegó un tiro.


De "Entre la Novela y la Historia" de Manuel Gálvez; Librería Hachette, Buenos Aires, 1962.

1 comentario:

Anónimo dijo...

http://evita3.marianobayona.com/13dic06.jpg quiero aportar algo y que busques algo referente a la profanacion de peron.. en si dejo la imagen de el en su cadaver ya obsoleto de su profanacion,saludos