domingo, 9 de septiembre de 2012

Manuela y Santiago Mussio, juntos en la eternidad



Siguiendo nuestra recorrida por el Cementerio Central de Montevideo nos encontramos con un monumento imponente que nos deja una impresión muy triste en el alma. Se trata del conocido vulgarmente por el del zapatero. En la lápida se lee sencillamente:

"Aquí yacen los restos de Da. Manuela Mussio que falleció el 9 de octubre de 1863. Su esposo, Santiago Mussio consagra este monumento".

El monumento se compone de un lecho mortuorio donde duerme ella el sueño de la muerte y él de pie, con la mirada triste y llorosa contemplándola. En una mano descansa la sien izquierda y la otra mano la tiene algo caída y en ella tiene un pañuelo.

La estatua nos da una idea completa, representa unos 50 años, rostro simpático, viste levita y zapatos de punta cuadrada. En cambio el ropaje de ella es muy sencillo; donde el escultor ha desplegado su genio es en las ropas de cama. Las almohadas se destacan perfectamente, pero sobre todo lo que está inimitable son las sábanas y el dibujo de crochet y los festones.

Tengo datos preciosos sobre este monumento. Cuando falleció la esposa de Mussio, éste hizo sacar una fotografía de ella cuando yacía cadáver sobre el lecho mortuorio. Después se embarcó para Italia, y en Génova la encomendó a Lavarello Tece que hiciera ese trabajo escultórico. Entonces él se hizo retratar en la posición que se ve en el monumento, clavando su mirada triste en la que fue su compañera de hogar.

De sus ojos brotaban dos lágrimas silenciosas, sin duda comprendiendo que mañana cuando él también fuera cadáver y durmiera el sueño de la muerte al lado de su adorada e inolvidable Manuela, un espectador o transeúnte indiferente detuviera su paso viendo simbolizado en mármol el dolor y la pena de él al exhalar el postrer suspiro la que fue su esposa.

Cuando el cincel y el buril de Lavarello Tece estaba por concluir su obra, Mussio abandonó Génova y regresó a Montevideo.. Todos los días iba al cementerio y pasaba las horas al lado del sepulcro que guardaba cenizas tan queridas. Una tarde unos changadores entraron un monumento encajonado convenientemente, era el de Mussio.

El mismo, con la alegría del niño reflejada en su semblante ayudó a colocarlo en el mismo sitio en que actualmente se halla. Después estuvo contemplando absorto, profundamente, la estatua yacente de ella y la de él propio. El sol ocultaba sus rayos de oro en el horizonte y Mussio impasible, con un pañuelo en la mano se secaba las lágrimas que brotaban abundantemente de sus ojos.

Su larga permanencia y lo avanzado de la hora llamó la atención de uno de los guardianes a cuya vigilancia está nuestra necrópolis. La advirtió que el cementerio se iba a cerrar y que el reglamento no permitía que nadie quedase después de la oración. No pudo convencerlo. Entonces, el estimable Inspector del Cementerio, D. Eloy García, trató con su habitual bondad y dulzura de convencerlo y no poco trabajo le costó sacarlo del cementerio.

Santiago Mussio ya iba enfermo. A los pocos días un cortejo fúnebre dejaba un féretro cerca de este monumento. Era Santiago Mussio que no pudo advenirse a vivir separado de su esposa y que iba a dormir en la misma tumba que ella.

3 comentarios:

Andrea Rodríguez dijo...

Que hermosa historia, cuanta nostalgia de lo que no se tiene. En verdad es bendición un amor así de grande.. tanto, que pocos lo conocen.

Gracias por compartir.
Saludos y éxitos.

Parlanchín dijo...

Gracias por tu comentario Andrea y es mi deseo seguir rescatando historias olvidadas de amores que vencen
a la muerte. Saludos.

ana cardoso dijo...

Muchas gracias por compartir esa historia divina! aparte de ayudarme con un trabajo de la facultad donde solo acá encontré quienes eran los protagonistas de la misma, me ayuda a cuestionarme aun mas sobre las historias detrás de las esculturas de féretros de nuestra ciudad.
Saludos