miércoles, 30 de marzo de 2016

La más triste mañana


Mi padre enfermó de pronto, se puso grave tres días después, y no hubo esperanza de salvarlo. Fué aquella de su muerte la más triste mañana de mi vida. Aclaraba, llegaba del nuevo día; los árboles y los pájaros lo saludaban... ¡Y mi padre moría!... ¡Todo ajeno a mi dolor! ¡Todo lo mismo que antes! ¡Todo completamente como si yo fuera el mismo niño que ayer!... 

Aquel contraste entre la naturaleza y mi alma, me parecía inexplicable. Inexplicable aquella indiferencia ante el desamparo en que yo quedaba. Salía a cada momento de la casa para andar bajo los árboles, para mostrarles a todas las cosas y a todos los seres mi casa empapada en lágrimas. 

Yo quería que las plantas, los insectos y los pájaros queridos vieran mi dolor al quedar huérfano. En mi inocencia de niño, creí que mi tragedia iba a ser compartida por los pájaros; creí que ellos cantarían tristemene al comprender mi pena.

Pero el sol iluminaba como antes; los pájaros trinaban con la alegría de siempre; las flores no se marchitaban. Me detuve ante una arañita que tejía su tela y ví que no dejaba su trabajo y que tampoco estaba triste. ¿A nadie, pues, le importaba mi dolor, en aquel mundo que yo amaba tanto?... ¿Nadie ni nada comprendía que yo no era el de antes, y que lloraba porque quedaba sin mi padre?...

De "Mangocho" por Constancio C. Vigil. Editoria Atlántida, Buenos Aires, s/f.

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