viernes, 1 de junio de 2012

Los que no quisieron vivir II: Leopoldo Lugones


En 1937 se pegó un tiro Horacio Quiroga. Ya se habían suicidado su primera mujer y su hija, y más tarde se mataría su hijo. Quiroga tenía cáncer de próstata. Era Quiroga ultrahuraño. En su vida había otras tragedias. Debe haber sido harto desgraciado.

Pocos meses después, el 18 de febrero de 1938, se quitó la vida Lugones. Dejó unas palabras significativas: "no hay sino lodo, lodo y más lodo". Esta disconformidad con el ambiente corrompido del país ¿basta para un hombre se mate? Sí, en el caso de él, porque era harto apasionado. Era verdad que no se veía sino lodo. El país, por otra parte, había caído en manos de gente vulgar. Lugones odiaba la democracia, que saca a la superficie a los mediocres y a los pillos.

Acaso tenía también motivos personales para buscar la muerte. Uno de ellos, su fracaso. Con tanto talento como tenía, era apenas el director de una biblioteca de segundo orden. Ganaba, creo, ochocientos pesos. En este país no haber sido siquiera diputado, o rector de una universidad, o director de un diario, o no poseer una gran fortuna o una alta posición social, es ser un pobre diablo. Lugones, para su mayor desgracia, había también fracasado como escritor. No había realizado la obra genial que, acaso, pudo realizar. Sé que estaba descontento de su obra, por lo menos de buena parte de ella, y por ésto no quería que se reeditasen sus libros. No había cumplido con su destino.

Su obra en prosa, excepto La guerra gaucha, nació muerta y sigue muerta.  Perdió años en un diccionario. La necesidad de escribir artículos para vivir, le perjudicó mucho. Sus versos interesaron a una minoría, y nada más. Le faltó suerte, vale decir, encontrar asuntos apropiados a su talento. Ricardo Güiraldes tenía menos talento que él, pero no le faltó la suerte: Don Segundo era un tema grande y muy para sus aptitudes.

Tal vez Lugones aspiró a ser "un hombre del Renacimiento", un Leonardo de Vinci. Sólo así se explica que, autodidacto, sin formación universitaria, escribiese sobre arqueología, arquitectura, estética, pedagogía, música, matemáticas, filología e historia natural y que se le ocurriese -lo que llevó a cabo- medir el dique San Roque. En el Elogio de Ameghino quiso mostrarse como un naturalista consumado e incurrió en la enormidad -ya referida en Amigos y maestros- de creer que las palabras alemanas tiesen y faultier designaban a dos sabios, cuando quieren decir "gigantesco perezoso", nombre de un animal antediluviano...

Fracasó también, ante el público. Sus libros no se vendieron jamás. No tuvo nunca el menor éxito de librería. Su editor me dijo que de los Poemas Solariegos habían salido apenas doscientos ejemplares. Ya he contado como los mil de La grande Argentina fueron comprados por la Comisión de Bibliotecas Populares y otras instituciones oficiales, quedando sólo doscientos para el público. No he oído absolutamente a nadie hablar de ese libro que, años después de su aparición, no estaba agotado aún. 

Esta diferencia del público -del público culto, se entiende- debe ser cruel para un escritor que se sabe con talento y tiene ambiciones. Sólo una obra suya se reeditó: La guerra gaucha, que se vendió muy lentamente. El magnífico film de Lucas Demare ha favorecido al barroco libro.

A este fracaso de su literatura debe asegurarse el fracaso ideológico y espiritual. Anarquista primero, socialista después, frecuentador de los conservadores más tarde, anarquista nuevamente, dio una última media vuelta -no una vuelta entera- para predica "el culto de la espada". Esto era militarismo puro o absolutismo, no fascismo. Los liberales lo atacaron con violencia. En ciertos diarios de la tarde se le dijeron horrores. Entonces lo rodearon algunos muchachos nacionalistas y católicos.

Empezó a mirar hacia la Iglesia, y escribió artículos sobre Esquiú, San Francisco de Asís y la Vírgen María. Pero no se hizo católico, pues no llegó a confesarse, aparte de que un católico no se mata. Debe haber existido en el alma de Lugones, en los días anteriores a su muerte, un angustioso drama de conciencia. Él, antiguo masón -lo era en 1906, como me lo dijo- ¿iba a volverse católico? ¿Él, que escribiera cosas terribles contra la Eucaristía, iba a hincarse ante Cristo?

Hombre honrado, debían torurarle los remordimientos. En Prometeo ¿no había dicho que la Cruz era "símbolo ideográfico del falo"? ¿Y no había llamado "miserable culto de los órganos a la devoción al Corazón de Jesús, es decir, a la piedad de Jesús, a su amor por todos los hombres? En su delirio, pues lo era, llegó a la espantosa afirmación de que Adán y Eva habían sido hermafroditas, lo mismo que Caín y Abel, y a sugerir que los hijos de Abel le fueron hechos por Caín, en su parte femenina...

Estas blasfemias, aunque escritas en 1910, tenían que atormentar a la conciencia recta de Lugones. Al padre  Fourlong, sabio historiador y virtuoso sacerdote, miembro de la Compañía de Jesús, le dijo: "Es terrible caer en la evidencia de haber trabajado en vano, desligado de los intereses trascendentales y de haber conspirado contra la verdad, en vez de haberla hallado, esclarecido y defendido".

Creo que todo lo anterior explica que un hombre de su temple se suicidará. Dicen que hubo motivos sentimentales... En La Nación cuentan haber oído por teléfono ciertas palabras... En fin, no quiero continuar con un tema que pudiera herir los sentimientos de personas que viven. Aparte del crimen cometido ante Dios, el error de Lugones, al suicidarse, fue una catástrofe para el país. Si hubiera vivido siquiera diez años más, habría hecho a la patria un bien enorme.


De "Entre la novela y la historia" de Manuel Gálvez; Librería Hachette, Buenos Aires, 1962.

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