sábado, 12 de mayo de 2012

Los últimos días de Rodó: Informe Oficial


José Enrique Rodó (1871-1917)

Las informaciones relativas al fallecimiento de Rodó en Palermo, llegaron a Montevideo dos días después del 1º de mayo de 1917. El gobierno presidido por el Dr. Feliciano Viera dispuso que los funcionarios diplomáticos acreditados en Italia, llevaran a cabo una investigación que permitiera establecer las causas del deceso.

El cónsul uruguayo en Nápoles, Alvaro Armando Vasseur, fue designado para dar cumplimiento a la misión. Al escribir sus memorias en la década del cincuenta (publicadas fragmentariamente recién en 1969), Vasseur estampará con indisimulada satisfacción: Telegrafiamos al Ministro en Roma a fin de que, estando enfermo, estando enfermo, vaya otro a hacerse cargo de tales tareas. Interviene entonces el Cónsul Enrique José Rovira, cuyo informe se transcribe, en lo sustancial, más adelante.

Los resultados de otra investigación de carácter particular, iniciada por un ex-crítico teatral de El Día, Julián Nogueira, fueron publicados en ese diario el 28 de enero de 1920. La crónica, de evidente tinte sensacionalista anunciaba, entre otras cosas, el hallazgo de un  certificado expedido por cierto médico de Turín o de Roma en el que había constado la impotencia sexual del escritor. Dicho documento nunca fue encontrado. El testimonio de Nogueira carece por ese y otros conceptos, de rigor e imparcialidad. El informe del cónsul Rovira es el siguiente:

Grand Hotel des Palmes. M.V. Marcucci y Paggiarin. Palermo. Dirección Palermo, mayo 6 de 1917. Los que suscriben propietarios del Hotel des Palmes en Palermo a pedido del Sr. Cónsul del Uruguay en Roma, en misión en Palermo, don Enrique Rovira, declaramos que:

El día 2 de abril a las 15.45 llegó a nuestro hotel el Sr. José Enrique Rodó, a quien le fue asignado el cuarto Nº 215, en el 2º piso. Al llegar quiso arreglar un precio de pensión al cual el mismo día renunció, declarando encontrarse imposibilitado de aceptar todas las comidas porque debía seguir un tratamiento especial y riguroso. En realidad de su aspecto cualquiera comprendía deberse tratar de una persona enferma, flaca, caminaba lentamente apoyándose en un bastón. Era bastante descuidado en su persona. El Sr. Rodó vivía muy poco en el hotel, pasaba la mayor parte del tiempo afuera y se mostraba muy reservado. Pasaron así diversos días. 

Pagó regularmente las primeras dos cuentas semanales, y proseguía sin pagar la tercera. En la cuarta semana de permanencia en nuestro hotel modificó sus costumbres, se detenía en el propio cuarto, tomaba café y varias veces en el curso del día bajaba en el hall donde se hacía servir algún caldo y huevos. El día 29 de abril no salió de su cuarto, tomó un solo café y parecía muy enfermo. Se le preguntó si tenía necesidad de la asistencia de un médico, ofrecimiento que fue rechazado y nada más pidió durante el día. 

Solamente a la hora 22, más o menos, la sirvienta oyó que el Sr. Rodó se lamentaba acusando fuertes dolores. La sirvienta misma nos advirtió enseguida y nosotros fuimos al cuarto donde encontramos al Sr. Rodó en un estado más bien grave, tanto que él mismo manifestó el deseo de que se llamase enseguida a un médico. Llamamos telefónicamente a nuestro profesor, pero no encontrándose en casa, una persona del hotel fue a buscar a otro sanitario.

Mientras tanto se trasladaron al cuarto del Sr. Rodó, llamados por los lamentos, diversos clientes nuestros, quienes nos ayudaron a envolverlo en paños calientes y a poner en la cama botellas de agua hirviente y esto porque el Sr. Rodó en un estado de fuerte frío. A las 23 horas llegó el médico, doctor Sapuppo, quien juzgó grave el estado del Sr. Rodó, siguió en la aplicación de paños calientes, practicó inyecciones excitantes, aplicó dos ventosas, y nos aconsejó de transportarlo enseguida al hospital donde el enfermo recibiría mejores asistencias, tanto más en cuanto el señor Rodó continuaba a emitir lamentos sin hablar, excepción hecha de algunas palabras truncas como "dolore", "grazie". Enseguida fuimos a buscar un medio de transporte y lo encontramos en la Cruz Roja.

En una litera, donde nosotros mismos lo colocamos con todos los cuidados del caso, fue transportado al Hospital de San Saverio, donde fue aceptado enseguida y recibido en una sala. El médico de servicio que hizo en el primer momento una visita sumaria, juzgó tratarse de fiebre tifoidea o de meningitis cerebro-espinal, encontrando síntomas de dichas enfermedades.

Después de salido el Sr. Rodó, cerramos el cuarto abriéndolo solo a nuestro regreso del hospital para depositar el colchón y la ropa blanca usada en el transporte. En la suposición de que el Sr. Rodó fuera de nacionalidad argentina, nos trasladamos al Consulado de este país, en la mañana del 30 de abril, siendo recibidos por el vice-cónsul para que nos acompañara al hospital a fin de tratar de hablar con el Sr. Rodó y para informarnos de su estado de salud. En el hospital encontramos al mismo médico que había visitado al enfermo la noche anterior, quien nos informó del estado gravísimo del Sr. Rodó, entrando ya en el período comatoso.

La dirección del hospital de San Saverio para asegurarse si se trataba de un caso de meningitis cerebro-espinal hizo practicar al enfermo una inyección lubal, la que dio resultado negativo. Quedaba pues, la diagnosis de fiebre tifoidea y más preciso de Tifus Abdominal. Según el médico del hospital ninguna asistencia favorable podía prestarse al enfermo. Entretanto el vice cónsul llamaba a Palermo al titular.

A las 6 del día 1º de mayo vinieron agentes de la Oficina de Higiene para la desinfección de la ropa del Sr. Rodó y del cuarto; desinfección a la cual asistió nuestro socio, el Sr. Manfredo Paggiarin. Buscando en los trajes que habitualmente usaba y antes de mandarlos a la estufa para la desinfección, en un bolsillo interior del chaleco se encontró en un sobre de papel la suma de 3.000 liras en billetes de bancos italianos, quince liras en una cartera negra con monograma y 27,70 liras en monedas de plata y cobre, por una suma total, pues, de 3.042, 70 liras.

En el mismo bolsillo interior del chaleco y en el mismo sobre se encontró también el pasaporte del Sr. Rodó por el cual conocimos ser nuestro cliente de nacionalidad uruguaya y no argentina, como creíamos. Conocida la ciudadanía del Sr. Rodó, nos apresuramos a ponerla en conocimiento del Consulado, o mejor dicho, del titular del Consulado argentino. El cónsul no quiso tomar a su cargo las gestiones que eran del caso no siendo de su competencia, y nos aconsejó dirigirnos al Consulado de Uruguay en Palermo, representado por el Sr. Comendador Ahrens.

Telefoneamos a dicho señor, sin obtener mejor resultado, declarándose el señor Ahrens que no tenía más a su cargo los intereses del Uruguay y que en Palermo no existía consulado. Entretanto fallecía el Sr. José Enrique Rodó, a las 10.30 del día 1º de mayo de 1917.

Dos meses más tarde hubiera cumplido cuarenta y seis años. De acuerdo a las anotaciones llevadas por Rodó en su Diario de salud, y a los exámenes a que fue sometido en Italia, puede afirmarse que la enfermedad fatal fue una nefritis.


De "José Enrique Rodó", Colección Figuras, de Wilfredo Penco; Editorial Arca, Montevideo, 1978. 

1 comentario:

Parlanchín dijo...

JOSÉ ENRIQUE RODÓ (1871-1917): Una de las mentes más universales en la Literatura Hispana fue la del uruguayo José Enrique Rodó. El autor de "Ariel", se le puede considerar el ensayista de mayor influencia del Modernismo. Sus obras causaron gran repercusión en la juventud de toda la sociedad hispana del Nuevo Mundo, tanto así que surgieron muchos llamados “arielitos” inspirados en su filosofía.

Nació en Montevideo, José Enrique Rodó llegó a formar parte de aquella revolución literaria, y política, que comenzó a finales del siglo XIX en el Uruguay. Su exposición fue tan aceptada que es considerado, con excepción de Rubén Darío, el modernista de mayor popularidad.

Además de ser reconocido como un distinguido escritor desde su juventud, Rodó también tomó parte activa en la sociedad. Por varios años sirvió como delegado en la Cámara de Diputados de su país, fue director de la Biblioteca Nacional, y profesor de la Universidad. Junto con otros talentos uruguayos editó publicaciones de alto valor literario y sirvió de corresponsal en varias revistas y periódicos, entre otros La Nación de Buenos Aires.