domingo, 22 de enero de 2012

Una tumba



Esa es la tumba de una niña: de una niña blanca como el mármol de esa lápida, pálida como las hojas de ese sauce que inclina sus ramas mustias y llorosas sobre la sencilla tumba. Blanca se llamaba la niña, y era buena, cariñosa y modesta. En la escuela todas la queríamos: maestras y alumnas, chicas y grandes. Faltaba mucho a clase porque era enfermiza; en invierno pasaba muchos días en cama, tosiendo continuamente.

No había día que no recibiera carta de sus compañeras de clase. Los domingos íbamos a verla y a llevarle margaritas y violetas, que eran sus flores queridas. Cuando su mamá se lo permitía, nos escribía unas cartas tan cariñosas y melancólicas que nos hacían llorar y pasar el día calladas y tristes.

Pertenecía a la clase superior, tenía quince años, aunque apenas aparentaba diez, y hacía cuatro que en lugar de crecer, parecía que se achicaba: cada día estaba más demacrada y más débil. Hace dos años, en primavera, un pulmonía fulminante se la llevó... ¡Que día tan triste fue para nosotros el de su muerte! En la escuela no se trabajó ese día: no se hizo más que llorar.

Al día siguiente fuimos temprano a la escuela llevando todas las violetas, margaritas y azucenas que pudimos recoger; y dirigidas por la Directora, tejimos dos hermosas coronas, una de violetas y margaritas y otra de azucenas. Cuando estuvieron prontas, nos pusimos en camino acompañadas de la Directora, para la casa de nuestra pobre compañera. 

Allí contemplamos por última vez aquel rostro pálido y bello que parecía dormir en apacible sueño sobre su lecho de flores. Depositamos nuestra ofrenda, y mudas y llorosas permanecimos largo rato a su lado. Llegó la hora del entierro, y todas vestidas de blanco, con las manos llenas de ramos y coronas, la acompañamos al cementerio. ¡Pero nada fue tan doloroso como tener que dejarla sola en tan triste lugar!

Me parecía que ella sentía, y que nos llamaba y nos pedía que la acompañásemos como cuando estaba enferma y nos mandaba buscar. La pobre madre, cumpliendo la última voluntad de su hija, ha colocado sobre su tumba, abierta en la tierra, una sencilla lápida de mármol circundada de violetas y margaritas, a la sombra de un sauce llorón, y sin más inscripción que su nombre: BLANCA.

Si los objetos materiales pueden representar los caracteres físicos y morales de un ser humano, nada más a propósito para despertar el recuerdo de la modesta y tierna niña, que esa lápida circundada de   violetas y margaritas, a la sombra de ese árbol descolorido y melancólico...


Del libro escolar "Ejercicios progresivos de Lectura, Ortología y Ortografía" por Emma Catalá de Princivalle; Imprenta El Siglo Ilustrado, Montevideo, 1913.

2 comentarios:

Gabi dijo...

No me gustó esta historia, me parece de mal gusto para estar en un libro escolar.

Parlanchín dijo...

Para valorar este relato no debemos hacerlo con la cabeza actual. Los valores de hacer 100 años no eran los mismos de hoy y la concepción de la muerte de esa época no era la misma que la actual. Por lo tanto no debemos caer en el error de juzgar un documento de 1913 con la idiosincrasia del 2012. Para la época no era un relato de mal gusto y bien podía estar en un libro escolar. Aprovecho para saludarte Gabi y espero que estes de acuerdo conmigo...