sábado, 4 de febrero de 2012

La muerte de Chopin




En el salón próximo a la alcoba de Chopin estaban constantemente reunidas algunas personas que venían y se turnaban para estar cerca de él, recoger su gesto y su mirada a defecto de palabra desfalleciente. El domingo 15 de octubre, varias crisis, cada vez más dolorosas que las precedentes, duraban horas enteras. Las soportaba con paciencia y con gran fuerza de alma. La condesa Delfina Potocka, presente en estos instantes, estaba vivamente conmovida, corrían sus lágrimas, el la vio de pie junto a la cama, alta, esbelta, vestida de blanco, semejando las más bellas figuras de ángeles que pudo imaginar jamás el más religioso de los pintores; la tomó sin duda por celeste aparición, y como la crisis le dejase unos instantes de reposo, le pidió que cantase; al principio se creyó que deliraba pero repitió su ruego con insistencia. ¿Quién se hubiera negado a oponerse?

El piano del salón lo rodaron hasta la puerta de la alcoba. La condesa cantó con verdaderos sollozos en su voz; el llanto corría a lo largo de sus mejillas y ciertamente que esta voz admirable y su talento no hubieran llegado nunca a tan patética expresión. Chopin parecía sufrir menos mientras la escuchaba; ella cantó el famoso  canto a la Virgen que había salvado la vida, según se dice, a Stradella: - "¡Qué bello es, Dios mío!", "¡qué bello es!", dijo otra vez; - "¡Todavía... todavía!". Aunque agotada por la emoción, la condesa tuvo el noble valor de responder a esta última solicitud de un amigo y de su compatriota; se puso otra vez al piano y cantó un salmo de Marcello. Chopin se encontró peor. Todo el mundo se sobrecogió de emoción; por un movimiento espontáneo se pusieron todos de rodillas, nadie se atrevió a hablar y solo se oía la voz de la condesa planeando como una celeste melodía por cima de suspiros y sollozos que formaban el sordo y lúgubre acompañamiento. Era la caída de la tarde; una semioscuridad penetraba sus sombras misteriosas a esta triste escena; la hermana de Chopin, prosternada junto al lecho, lloraba y rezaba, sin dejar esta actitud mientras que vivió este hermano tan querido de ella.

Durante la noche empeoró el estado del enfermo que mejoró en la mañana del lunes, y como si por anticipado hubiera conocido el instante designado y propicio, solicitó enseguida recibir los últimos sacramentos. Por ausencia del sacerdote ***, con el cual había intimado mucho desde su común expatriación, fue el Padre Alejandro Jelowicki, uno de los hombres más distinguidos de la emigración polaca, al que hizo llamar. Lo vió en dos ocasiones; cuando le fue suministrado el Santo Viático lo recibió con gran devoción, en presencia de sus amigos. Poco después hizo que se aproximase uno a uno a su lecho para darles a cada uno la última bendición; pidió para ellos la gracia de Dios, sus afectos y sus esperanzas; todos se arrodillaron, inclinaron la frente, con los párpados humedecidos, los corazones oprimidos y elevados.

Crisis cada vez más penosas volvieron y continuaron en el resto del día; la noche del lunes al martes pasó sin que pronunciase una sola palabra y parecía que  no distinguía a quienes le rodeaban; hacia las once de la noche se sintió un poco aliviado. El padre Jelowicki no le había dejado: apenas hubo recobrado la palabra, quizo rezar con él las oraciones y letanías de los agonizantes. Lo hizo en latín, con voz clara e inteligible,. A partir de este momento apoyó la cabeza sobre los hombros de su amigo Gutmann, que durante todo el curso de su enfermedad le había consagrado sus días y sus noches.

Una somnolencia convulsiva duró hasta el 17 de octubre de 1849. Hacia las dos de la madrugada comenzó la agonía, un sudor frío corría por su frente; tras un corto desvanecimiento preguntó con voz apenas perceptible: _ "¿Quién está junto a mí?" Inclinó su cabeza para besar la mano de M. Gutmann, que le sostenía, y rindió el alma en este último testimonio de amistad y reconocimiento. Expiró como había viido, en amante. Cuando las puertas del salón se abrieron, todos se precipitaron en torno a su cuerpo inanimado, y en mucho tiempo no pudieron cesar las lágrimas derramadas a su alrededor.

Siendo bien conocida su predilección por las flores, al día siguiente fueron enviadas en tal cantidad, que el lecho sobre el cual estaba y la habitación entera desaparecían  bajo sus variados olores; parecía reposar en un jardín; su figura recobró una juventud, una pureza, una serenidad excepcionales. Su juvenil belleza, eclipsada tanto tiempo por el sufrimiento, reapareció. Clesinger reprodujo sus facciones encantadoras, a las cuales había devuelto la muerte su gracia primitiva, en un bosquejo que modeló enseguida y que ejecutó después en mármol para su tumba.

La piadosa admiración de Chopin por el genio de Mozart le hizo pedir que su Réquiem fuese ejecutado en sus funerales; éste deseo fue cumplido. Sus exequias tuvieron lugar en la iglesia de la Magdalena, el 30 de octubre de 1849, retrasadas hasta ese día con el fin de que la ejecución de tan magna obra fuese digna del maestro y del discípulo. Los principales artista de París solicitaron tomar parte en ellas; en el Introito se escuchó la Marcha Fúnebre de Chopin, instrumentada para la ocasión por M. Rebert, y en el Ofertorio, M. Lefébure Vély ejecutó en el órgano sus admirables preludios en si y mi menores; las partes de los solos del Réquiem fueron reclamadas para las célebres cantantes Viardot y Castellán, y M. Lablache, que había cantado del "Tuba mirum" de este mismo "Réquiem" en 1827, en el entierro de Beethoven, lo cantó también en esta ocasión. Meyerbeer, que había tocado la parte de los timbales, presidió el duelo con el príncipe Adam Czartorisky. Las cintas eran llevadas por el príncipe Alejandro Czartorisky, el pintor Delacroix, Franchomme y Gutmann.


De "Chopin" por Franz Liszt; Colección Austral, Editorial Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1952.

2 comentarios:

Parlanchín dijo...

En este singular libro, que el gran Franz Liszt dedicó a su amigo Chopin, se combinan perfectamente el análisis musical con la emoción biográfica. Desentraña Liszt con clarividencia la enigmática personalidad chopiniana, dando la cifra de algunos de esos indescifrables impulsos que constituyen el genio del incomparable artista del piano, cuya sola presencia física movía a cuantos le conocieron a tratarle "a lo príncipe", resultando muy curioso en este estudio las frecuentes citas que hace Liszt de la novela de George Sand, "Lucrecia Floriani", qué, como es sabido, fue la causa principal de la ruptura entre Sand y Chopin, al que disgustó el retrato que la escritora había hecho de él. En CHOPIN, por Liszt, que publica la COLECCIÓN AUSTRAL, está transcrito el homenaje que rinde a un genio de la música otro genio, intérprete y compositor al mismo tiempo. Liszt, que visitó el país donde nació Chopin, declara como es necesario este conocimiento para comprender plenamente al músico polaco, y por ese camino le vemos desentrañar la "Polonesa", que le hace pensar en esos cuadros del Veronés, en los que hay magníficos grupos de seres diferentes y llenos de prestancia. En le repaso de Liszt pasan las "Mazurkas", los "Nocturnos", los "Preludios", logrando sobre todo al definir estos últimos, verdaderas imágenes de escritor, como cuando los compara a "esas rosas negras que entristecen con su propio perfume". También quedan aclaradas muchas oscuridades del famoso idilio Sand-Chopin, culminando esta hermosa biografía y estudio técnico musical, en la descripción de la muerte del desdichado músico, de la que Liszt fue testigo, siendo un detalle de esa escena final la petición del artista que siempre había rehusado dar conciertos, exigiendo ser enterrado con su traje de concertista.

Miguel Angel dijo...

Hola. ¿Quién es el autor de la pintura que ilustra el texto?