martes, 28 de febrero de 2012

Los gatos del Foro Trajano




Tomando la Vía Alejandrina para entrar en la del Corso, paso todas las tardes junto al Foro Trajano, o si queréis, junto a la Columna Trajana, que es lo único que verdaderamente queda en pie de aquel complejo monumento, acaso el de más sonada magnificencia entre cuanto vio levantarse y caer este sol de Roma. Un paralelogramo cercado, de nivel mucho más bajo que la calle, contiene, entre silvestres hierbas y lodosos charcos, truncas columnas de granito, algunas de ellas arraigadas al suelo, otras tumbadas; y en medio de estas ruinas resalta, entera y majestuosa, la Columna Trajana, de mármol esculpido, en toda la extensión del fuste, con bajorrelieves que recuerdan el sometimiento de los dacios por el magnánimo y glorioso Emperador. Sus cenizas reposan, o reposaron, dentro del pedestal, dispuesto como sarcófago. Sobre el dórico capitel, en vez de la imagen de Trajano que lo coronaba, descuella, desde tiempos de Sixto V, un San Pedro de bronce.

La primera vez que pasé junto al Foro Trajano, ya casi entrada la noche, y me asomé a la oscura hondonada, vi deslizarse, entre las rotas piedras y las matas de pasto, una sombra fugaz. A esta sombra siguieron otras y otras, en varias direcciones. Luego advertí que con aquellas cosas pasajeras solían correr unas extrañas lucecillas. ¿Almas de tribunos, de mártires, de héroes, como las que en este venerado suelo de Roma han de reconocer un despojo de su vestidura corporal en cada grano de polvo, en cada hilo de hierba?...

Volví a pasar de día, y las sombras me revelaron su secreto. El ruinoso Foro está poblado de gatos. Allí ha puesto su cuartel general, su concilio ecuménico, su populosa metrópoli, la que llamó Quevedo "la gente de la uña".

Los hay de todas pintas, barcinos y atigrados, amarillos y grises, blancos y negros. En los cuadros de sol, sobre la fresca hierba, disfrutan, con envidiable e indolente placidez, su dicha de vivir ya gravemente sentados, ya tendiéndose en esas actitudes inverosímiles y absurdas con que encantaban a Teófilo Gautier. Uno, negro como la tinta, inmóvil, sobre una tronchada columna que le forma pedestal, parece una esfinge de ébano. Micifuz se relame sobre un derribado capitel. Zapirón remeda, rascándose "la pata coja de Mefistófeles". Zapaquilda amamanta a sus bebés en el hueco de dos piedras donde ha tendido el césped blanco tálamo. Ignoro si el problema económico de esta comunidad se resuelve mediante la protección del vecindario, o si ella vive de su propia industria con la libre caza de sabandijas; pero observo que todos los asociados están gordos y lucios y que el rayo del sol arranca de los esponjados pelambres reflejos, ya de oro, ya de azabache, ya de nieve.

No quiero a los gatos. Me han parecido siempre seres de degeneración y de parodia: degeneración y parodia de la fiera. Son la fiera sin la energía; son el tigre achicado, el tigre de Liliput; el instinto contenido por la debilidad; la intención pérfida y sinuosa que sustituye el arrebato de la fuerza: la mansedumbre delante del hombre y la ferocidad delante del ratón.

Cuando la corona de los seres vivientes está sobre la frente del león, como en la hermosa fábula de Goethe, la propia tiranía se ennoblece y la propia crueldad cobra prestigios de justicias. ¡Ay del reino animal cuando manden los gatos!

Contemplando a la plebe felina adueñada de aquellos despojos de la grandeza imperial, se me figuró ver cifrado en este caso un carácter constante de las decadencias. Caer en manos de los gatos, ¿no es el destino de todos los poderes que envejecen, de todas las glorias que se gastan, de todas las ideas que se usan?... Luego otra figuración embargó mi pensamiento. Me pareció como si se presentara entre las minas el alma de un antiguo romano y, con la amarga ironía de su orgullo, señalase en aquella vasta gatería una pintura de nuestra civilización, un símbolo de nuestra edad.

Somos, para los antiguos, gatos para fieras. Reproducimos su genio y su cultura, como el gato los rasgos del felino indómito y gigante. Para dar voz a otros hombres y otros tiempos, el Ramayana, la Ilíada, la Comedia. Para expresar la democracia utilitaria y niveladora, la Gatomaquía. Carecemos de la crueldad que empurpuró la arena del Circo y maceró las carnes del esclavo; pero tenemos la perversidad del rasguño, de la pupila que escudriña en la noche, de la mano esponjosa que dilata la agonía del ratón. Gatunos son nuestros crímenes. Económicas, tibias y falaces nuestras virtudes, pulcritud de gato. Si se aparece entre nosotros el Héroe, el miedo nos infunde valor y le saltamos a la cara, como nuestros congéneres hicieron con Don Quijote. Suplimos nuestra timidez para afrontar las puertas bien guardadas con nuestra habilidad para marchar por las comisas y trepar por los muros.

Las lamentaciones de Isaías, las amenazas de Daniel, las maldiciones de Dante, las quejas de Prometeo Encadenado, retumban en las concavidades del tiempo como rugidos en la selva. Los ayes de nuestros dolores, la declaración de nuestro moderno pesimismo, el clamor de nuestras rebeliones y nuestras esperanzas, ¿no sonarán en los oídos del futuro como maullidos de azotea?

El patriotismo romano, propagandista y conquistador, fue un inextinguible anhelo de espacio, y rebosando sobre el mundo, hizo nacer de la idea de la patria el sentimiento de la humanidad. Nuestro patriotismo, contenido y prudente, egoísta y sensual, ¿no tiene mucho del apego del gato a la casa donde disfruta su rincón?... ¡Oh, tú, que te levantas allá enfrente!, sombra del Coliseo, erguido fantasma de la antigüedad, genio de una civilización de águilas y leones: ¿no será esta de que nos envanecemos una civilización de gatos? 

José Enrique Rodó, Roma, 1917.


De "El Camino de Paros" de José Enrique Rodó; C. García editor, Montevideo, 1945.

1 comentario:

Parlanchín dijo...

JOSÉ ENRIQUE RODÓ (1871-1917): La estatura de su prosa y la dimensión de su talento quedaron nítidamente establecidas ya en 1900, con la publicación de Ariel, el cual tuvo una resonancia amplísima en todo el ámbito de habla española. Anteriormente había publicado La Vida Nueva (1897) y el estudio critico sobre Rubén Darío (1899). Reconocido, pues, tempranamente, alternando su labor de escritor con las actividades políticas (fundador del “Club Libertad”, que pugna por la unificación del Partido Colorado Representante por Montevideo en la XXI Legislatura, electo para la XXIII Legislatura y vuelto a elegir para la legislatura siguiente) José Enrique Rodó se convirtió en uno de los principales integrantes de la generación del 900.

Comparte con Vaz Ferreira el magisterio ideológico, la prédica incesante, el afán por dirigirse a la juventud y hacer de ésta la palanca de renovación de una sociedad que necesitaba el cambio y de un espíritu al que se debía sostener, levantar y engrandecer. Pero a diferencia del autor de Lógica viva, el medio del que se vale su expresión es una prosa cuidada, a veces rotunda, a veces llena de matices y de sabias modulaciones. Heredando del modernismo la pasión de la forma, no confundió sin embargo estilo con “fermosa cobertura”. Para Rodó el estilo es una forma de ser (tal vez del ser) en la que se identifican la verdad y la belleza. “Era el que escribía mejor”, señaló Alfonso Reyes en 1917, “y era el más bueno”. El propio Rodó dijo: “Decir las cosas bien, (...) ¿no es una forma de ser bueno?...” El desarrollo de la prosa hispanoamericana tiene en él un hito relevante. “Color”, “resalte”, “melodía”: tales características, que Rodó manifestó expresamente como autoimposiciones de su ideal artístico, corren desde entonces en la sangre de nuestra prosa. Tratarla después de Rodó es -reflexiva o irreflexivamente- contar con ellas y hacérsenos carne la realidad y densidad del idioma. Crítico, pensador, periodista, educador, político, Rodó es el ensayista (obviamente, nuestro mejor ensayista). Cuantos ataques se han llevado, o quieran llevarse aún, contra su arielismo, su esteticismo, su pretensa evasión o su desdén hacia los problemas reales que fundamentan las crisis de una sociedad, resultan improcedentes. Un alma tensa, una pudorosa angustia, una desazón creciente ante lo que significa escribir en estas latitudes, muestran en sus últimas páginas a un escritor cuya palabra resuena con fuerza en nuestros días y cuya capacidad emotiva y suscitadora se orienta hacia el futuro.

Obras: “La Vida Nueva”, “El que vendrá” (1896-97), “La novela nueva” (1897), “Rubén Darío” (1899); Ariel (1900); “Liberalismo y jacobinismo” (1906); “Motivos de Proteo” (1909); “El mirador de Próspero” (1913); “El camino de Paros” (Barcelona, 1918); “Epistolario” (París, 1921); “Hombres de América” (Barcelona, 1920); “Nuevos Motivos de Proteo (Barcelona, 1927); “Últimos Motivos de Proteo” (Montevideo, 1932).