martes, 7 de febrero de 2012

Los entierros en el Montevideo antiguo


"El entierro del borracho", óleo de Pedro Figari.

Por Real Cédula promulgada en estos reinos en octubre de 1752, se prescribió que en los mortuorios de adultos, fuese el forro de los cajones o ataúdes, de bayeta, paño u holandilla negra, clavazón pavonada y galón negro; pudiendo ser de cualquier color y tafeta doble los de los párvulos. En cuanto a las velas en los entierros se ordenaba que podrían ponerse doce hachas o cirios en el túmulo, y cuatro velas en la tumba. De ahí nació la costumbre de las cuatro velas puestas a los fallecidos en el velorio.

Arreglado a los prescripto, no se empleaba otra tela que la bayeta, paño o coco negro en el forro de los cajones mortuorios, en tiempo de nuestros antepasados. Eso vino a modificarse desde la época de la dominación portuguesa, en que se alternaba con tela de más valor, tachonado amarillo y galón de oro para los ataúdes de los pudientes.

Entre los más lujosos de ese tiempo, descollaron los de la señora del general Maggessi, cuyo féretro tuvo su capilla ardiente en la del Fuerte, que apareció toda enlutada, como una gran novedad, y conducido con pompa a la iglesia Matriz, donde se le dio sepultura inmediato al altar de Santa Catalina. Dos años depués fue exhumado y llevado sus restos mortales a Europa.

Otro entierro de lujo fue el de la señora Dolores Oribe, esposa del brigadier Calado, y el del brigadier Márquez, ocurrido en el año 24, en el cual fue enlutada la casa que habitaba, conocida por de Aldana.

En la época del gobierno patrio, la primera casa de particulares que se enlutó fue la del jefe de la familia Bustamante, calle de San Joaquín, cuando falleció, destinándose todo el género en el tapizado a los pobres. Bien empleado.

En los tiempos que venimos hablando, y hasta el año treinta y tantos, era costumbre amortajar de hábito del Carmen, de Dolores y de San Francisco a las personas pudientes y a las demás de tela blanca. Se pagaban hasta 25 pesos por un hábito franciscano de los Padres Conventuales, que cuanto más viejo era, más caro costaba, por las indulgencias que se le atribuían.

Sucedió una vez en cierta casa de extramuros, en tiempo de los imperiales, donde había fallecido don Manuel de los Santos, que se llamó un sastre para que cortase la mortaja. El pobre sastre tomaba la medida, pero no daba pie en bola. La cosa urgía y era menester salir del paso. Se recurre a una buena señora, doña Pepa, práctica en eso de mortajas, quien un verbo toma las tijeras y corta el hábito con no poca admiración del sastre.

Todavía por los años treinta y tantos subsistía la costumbre antigua de amortajar de hábitos religiosos, como sucedió con el capitán don Pedro Villagrán, y aún después, con otro sujeto de distinción, que fueron amortajados del Carmen.

Los cuerpos de los fallecidos se conducían al depósito de la iglesia Matriz, para los oficios de sepultura o misa de cuerpo presente. Esa operación se efectuaba de noche, en la que los acompañantes, a manera de procesión, llevaban faroles encendidos.

Efectuado el entierro, mediante el pago del permiso de sepultura, que antiguamente no pasaba de cuatro reales, era de regla volver el cortejo a la casa mortuoria, de donde no se despedía el duelo sin el obligado chocolate con bizcochuelos, con gran satisfacción, sin duda, de nuestro buen Martorell y de don Bartolo el confitero, que daban salida honradamente a sus artículos.

Se acabaron las mortajas de uso de aquellos tiempos, los faroles, el chocolate, los responsos del buen padre Cocobí, y todo lo llamado antiguo en punto a entierros, quedando apenas, en uno que otro velorio de personas religiosas, la costumbre del rezo del rosario en sufragio del alma del difunto.

A otros tiempos otras costumbres. En el día todo aparece transformado, como el viejo Montevideo, por la ley del progreso moderno. Ahora está en moda la frase de orden -"el duelo se despide en el cementerio"-, el enlutado de la casa mortuoria con olor a desinfectante, los ataúdes lujosísimos, la profusión de coronas, los coches fúnebres de gala con o sin palafreneros de la aristocracia, los discursos fúnebres, el álbum, y todo lo que puede responder a la pompa que ha sustituido a la sencillez de los antiguos tiempos.


De "Montevideo Antiguo" de Isidoro de María; Colección de Clásicos Uruguayos del Ministerio de Instrucción Pública y Acción Social, Montevideo, 1957.

1 comentario:

Parlanchín dijo...

ISIDORO DE MARÍA (1815-1906: Escritor, historiador, periodista, político y pedagogo uruguayo.
Hijo de Juan María de María, italiano, y María Luisa Gómez, argentina, Isidoro realizó estudios primarios en la Escuela Lancasteriana en Montevideo. En 1829 ingresó como tipógrafo en la Imprenta del Estado. Fundó el periódico "El Constitucional" (1838-1846), sobre temas políticos. Fue Vice Cónsul del Uruguay en Gualeguaychú (República Argentina). Integró la Comisión de Instrucción Primaria del Departamento de Montevideo y del Instituto de Instrucción Pública. También actuó en política: fue diputado por el Departamento de Soriano y Vice Presidente de la Cámara de Representantes. En 1860 escribe "Vida del Brigadier General José Gervasio Artigas fundador de la Nacionalidad Oriental". Fundó "La Revista del Plata" (1877-1878), publicación dedicada a la historia del Uruguay. Su libro más conocido es "Tradiciones y recuerdos. Montevideo antiguo", que consta de cuatro volúmenes. Edita "Compendio de la Historia de la República Oriental del Uruguay", que comprende el período entre la época del descubrimiento al año 1830.